Reflexiones sobre los valores morales y cristianos – Parte 8 de 10

Fuente: Catholic.net

 

Capítulo 8: Algunos valores: generosidad, audacia, constancia

 

Muy variada es la rica gama de los valores sobre los que se cimienta la vida humana y la existencia cristiana. En la imposibilidad de detenerme en todos ellos, quisiera hacerlo brevemente en algunos que pueden ayudarnos especialmente a cumplir con mayor perfección la misión que el Señor ha querido confiarnos. Me refiero a la generosidad, a la audacia y espíritu de iniciativa, y a la constancia.

 

a. La generosidad

 

Generoso es el hombre que está en todo momento dispuesto a dar, más aún a darse a sí mismo en aras de un ideal. Un primer grado de generosidad es compartir con los demás aquello que es nuestro: poner a disposición de los demás nuestras pertenencias, ayudar económicamente a una persona necesitada, etc. En este sentido, la generosidad está emparentada con el desprendimiento.

 

Pero el hombre verdaderamente generoso va más allá de la donación de las cosas: llega hasta la donación de sí mismo, de su tiempo, de sus facultades, de su persona. Solamente el hombre generoso puede vencer la fuerza centrípeta del egoísmo, que busca todo para sí.

 

El hombre generoso sabe realizar aquel don sincero de sí que constituye la quintaesencia de la madurez. Es maduro quien no sólo recibe, sino da, quien se da a sí mismo. Por eso para llegar a la verdadera madurez es necesario pasar por la generosidad. En mis ya largos años de vida, me he encontrado con hombres generosos y con hombres egoístas; con hombres y mujeres que se han entregado en cuerpo y alma a su ideal y con otros que han preferido protegerse bajo un caparazón de excusas para retener para sí los dones que Dios les había concedido. Aunque los egoístas podrían parecer tener más oportunidades de gozar de la vida, he visto sin embargo que son personas profundamente amargadas, llenas de temor por el futuro, de perder sus posesiones o su felicidad. Los generosos, en cambio, son más felices cuanto más dan.

 

Cuando se quedan sin nada es cuando más gozan. Y es que es verdad que hay más alegría en dar que en recibir (Hch 20, 35) y que el Señor ama a quien da con alegría (cf. 2 Co 9, 7). Los generosos son personas abiertas, olvidadas de sí, serviciales, llenos de optimismo y de buen espíritu. No tienen miedo de perder ni de perderse, porque saben que cuanto más dan, mas reciben; cuanto más se pierden, más se encuentran, cuanto más generosos son, mayor grado de felicidad alcanzan.

 

Les recomiendo muy especialmente que vivan la generosidad para con Dios. A veces el demonio nos inculca cierto, recelo de Dios, una especie de miedo inexplicable a lo que Él nos pueda pedir, a esas exigencias suyas que nos parecen intolerables. Nada más irracional que este miedo, porque Dios es amor que se dona y si nos pide algo es porque antes nos ha dado la gracia de responderle.

 

Generoso fue Abraham con Dios, cuando dejó su tierra para ir hacia aquella otra que le indicaba el Señor. Generosa fue María con su sí incondicional a la propuesta del ángel. Generoso fue Cristo que en la cruz murió completamente desnudo de todo lo humano, porque nos lo había dado absolutamente todo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Generosos son los laicos que cooperan con medios materiales y con su tiempo a la construcción de la Iglesia. Generoso quien perdona y olvida las ofensas recibidas. Generoso es quien sabe perderse a sí mismo para encontrarse en Dios.

 

De modo especial me impresiona la generosidad de todos esos jóvenes, chicos y chicas, que abandonan sus proyectos de vida, sus ilusiones, la posibilidad de fundar una familia, de formar un hogar, de disfrutar los bienes materiales, para seguir la voz de Cristo que susurra en sus conciencias esta invitación dulce y fuerte: Sígueme. Ellos ofrecen a Cristo todo lo que son y lo que poseen, poniéndolo al servicio del Reino de Dios. La grandeza de este acto de generosidad consiste en que ellos se donan a sí mismos totalmente por amor, renunciando a otros bienes para dedicarse con exclusividad a seguir a Cristo por los caminos que Él los quiera conducir. Sé que ustedes aprecian este acto de generosidad que se esconde detrás de cada hombre o mujer que se consagra a Dios.

 

Ojalá que, siempre que les sea posible, ayuden a otras personas a valorar este acto de generosidad para crear un ambiente positivo en torno a aquellos que sientan en su alma la llamada de Dios. En muchas ocasiones, a la dificultad de la renuncia total se añade la de un ambiente hostil que no comprende la vocación sacerdotal y religiosa, haciendo todavía más difícil una opción que de suyo ya lo es mucho. Tengo también en mucho aprecio el acto de generosidad de los padres de aquellos a quienes Dios llama a su servicio.

 

Ellos ofrecen a Dios lo que más aman en este mundo que son sus hijos con un acto, a veces incluso heroico de desprendimiento, sumamente meritorio a los ojos de Dios. Ojalá que ustedes sostengan con sus oraciones y apoyo moral la generosidad de los llamados. Y si a alguno de ustedes, jóvenes, Dios le pidiera este acto de generosidad, no dude ni un solo instante en dejar sobre la orilla de su vida todos esos planes personales que se puedan oponer al llamado de Cristo y, lo siga con decisión, como un día lo hicieron Pedro y Andrés, Santiago y Juan (Mt 4, 22) y tantos otros hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, han comprendido, como María de Betania, que Él es «lo único necesario» (Lc 10, 42).

 

b. La valentía y la audacia

 

Algunos identifican la persona madura con el prudente que arriesga lo menos posible por temor a perder lo que tiene. Cierto que el hombre maduro ha de ser prudente, pero también ha de ser valiente y audaz. No hay que arriesgar en modo innecesario e irracional, sin embargo, en la vida, que es una lucha (Jb 7, 1), es preciso correr ciertos riesgos y para ello es necesario una buena dosis de valor. Hemos señalado que la vida humana es un proyecto, una misión en cuya realización se encuentra el pleno sentido al vivir. Ahora bien, todo proyecto implica cierto riesgo, aventura e imprevisto. Hay que prever y programar, pero es imposible hacerlo en modo absoluto. Quien estuviera esperando una programación perfecta sin ningún tipo de riesgo jamás podría actuar. La audacia y la valentía no son sólo valores humanos. Son también valores cristianos.

 

El mismo proyecto de la Encarnación, manifiesta, de la parte de Dios, una especie de audacia a lo divino. Cristo aceptó con valentía los tormentos de su pasión y en diversas ocasiones pidió a sus discípulos que superasen el miedo que los atenazaba. El cristiano también ha de ser valiente y audaz para emprender grandes obras en favor de la Iglesia y de la difusión de la fe. Numerosas son los cristianos que han defendido a lo largo de la historia con valentía su fe en Cristo. Basta mencionar el ejemplo de los mártires que, a lo largo de los siglos, han llenado de coronas la vida de la Iglesia. Hombres y mujeres que no han tenido miedo a proclamar su fe y su amor a Cristo con riesgo de sus vidas. Y no son ejemplos que pertenecen al pasado. En nuestros días, muchos cristianos siguen sufriendo valientemente la prisión, la cárcel y la tortura a causa de su fe, en las misiones o en países no cristianos. Pero también se requiere hoy día un gran valor para ser cristiano en medio de nuestras sociedades occidentales en las que priva un modelo de vida neopagano. El cristiano tiene que ser valiente para no dejarse arrastrar por esa forma de vida, para proclamar sin miedos su fe en Cristo, para sufrir la calumnia, las burlas y las incomprensiones de un ambiente lleno de hedonismo, de consumismo y de permisivismo. Este es otro tipo de persecución moral, no cruenta, pero no por ello menos demoledora, que es preciso afrontar con la audacia de la fe, de quien cree en las palabras de Cristo: «Confiad. Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

 

El cristiano ha de ser valiente también para rechazar todo tipo de mal, especialmente el pecado. Cuánta fuerza de espíritu se requiere para rechazar las insidias del mal que brotan por todas partes. Sólo si, como Cristo, se afrontan con la oración y con una voluntad decidida, se podrán superar. Pero la tarea del cristiano no es sólo la de rechazar al mal. Él debe «vencer al mal con el bien» (Rm 12, 21). Y para hacer el bien hay que ser muy audaz, valiente y decidido. ¡Cuántos dejan de hacer obras buenas en favor de la Iglesia y de la humanidad por falta de valentía y de audacia, por respeto humano, por miedo! ¡Cuántos proyectos buenos arrumbados, que se quedan sólo en papel, porque no se han encontrado hombres y mujeres valientes, decididos a ejecutarlos! ¡Cuántas obras de evangelización abandonadas porque falta quien tenga el valor de secundarlas y de comprometer su vida en ellas! El Santo Padre nos ha dado en numerosas ocasiones durante su pontificado un gran ejemplo de hombre de valor que no tiene miedo a la critica ni a la posible contestación.

 

Él, como Cristo, sabe que debe proclamar la verdad sin detenerse a considerar si esta será aceptada o rechazada, si el Evangelio será acogido o no por la cultura laica, si gustará o no a los poderosos del mundo. No tiene miedo a proclamar la sacralidad de la vida desde el primer momento de la concepción hasta el fin natural de la misma, a presentar ante el mundo el esplendor de la verdad sobre Dios, de la verdad sobre el hombre, de esos derechos inalienables que le son debidos a su dignidad de hijo de Dios. Él expone sin ambages los valores de la familia, la ética cristiana sobre la sexualidad, la verdadera fe católica. Predica con valor, oportuna e importunamente, las enseñanzas del Evangelio, porque lo que importa en el fondo no es agradar a los hombres, sino cumplir en todo y por encima de todo la misión de servicio a la verdad y al hombre que Cristo le ha confiado.

 

Un valor unido al de la audacia es el del espíritu de iniciativa y la capacidad de emprender obras grandes. Este gran país de América se ha distinguido desde su fundación por haber contado con hombres y mujeres de una gran capacidad para proyectar y lanzar nuevas obras, para mirar siempre al futuro, para pensar en grande. Estos son valores muy importantes que es preciso mantener y cultivar. Cada uno construye con su iniciativa personal, esa vida que recibe como don. No se nos da todo hecho. Debemos trabajar y ser colaboradores con Dios en su obra creadora. Es, por lo tanto, imprescindible poseer estos valores si queremos triunfar en la vida, cumpliendo con la misión que Dios nos confía. El hombre está llamado a progresar, a proponerse continuamente nuevos objetivos, a realizar nuevas empresas. No hay espacio al conformismo. Conformarse con lo ya alcanzado, tanto en la vida personal como en la vida familiar, profesional y social es retroceder.

 

La perfección a que somos llamados como hombres y cristianos tiene un límite muy elevado: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). El crecimiento es la ley de la vida humana y espiritual. No es aceptable una vida estancada siempre en la misma posición. O se progresa o se retrocede. Esto es válido para todos los campos de la vida humana. Lo saben muy bien los ejecutivos, los hombres de negocios, los economistas, Esta ley humana tiene su traducción cristiana en la búsqueda y consecución de nuevas metas en la santidad, en la puesta en marcha en nuevas formas de apostolado y de nuevas obras apostólicas. El hombre maduro es, en este sentido, un hombre inquieto que siempre busca mayor rendimiento y eficacia, puesto que él se rige no por la ley del mínimo esfuerzo, sino por la ley del amor que busca siempre mayor perfección en la donación al amado.

 

c. La constancia

 

Muchas empresas, grandes o pequeñas, muchos proyectos de vida, muchos buenos propósitos e intenciones naufragan por falta de constancia y de perseverancia. Hay quizás un esfuerzo inicial, un fuego de artificio, pero luego todo se precipita sin resultado alguno porque no se supo poner un esfuerzo continuado. La constancia no es un valor que a primera vista parezca demasiado importante, pero sin ella es imposible la obtención de resultados en cualquier campo de la vida.

 

La edificación de un proyecto vital no es cosa de un día. Quien quiere construir la vida con sólidos valores no puede poner un esfuerzo intermitente al vaivén de los estados anímicos o de las circunstancias. No es posible levantar una gran empresa transnacional en un día o en un mes. Es necesario la voluntad y el empeño tenaz de muchos hombres que dediquen sus vidas a este proyecto. Por desgracia muchas obras quedan sin concluir por falta de constancia. Hay, por ejemplo, jóvenes que inician sus estudios universitarios y, después de un cierto tiempo, desanimados por las dificultades, los abandonan, sin poder obtener el título que tanto buscaban. Algunos se formulan bellos propósitos de superación y después de una jornada de reflexión o de un retiro y después de un período inicial de cumplimiento, no tienen la fuerza de voluntad para llevarlos a cabo.

 

También hay cristianos que sueñan con ganar el mundo para Cristo pero, desanimados por la oposición del mundo o por las persecuciones y dificultades no saben traducir sus sueños en realizaciones efectivas para bien de la Iglesia.

 

La constancia es necesaria para culminar cualquier proyecto humano y también lo es para conseguir el proyecto cristiano de santidad. De modo ordinario, la santidad no se consigue de la noche a la mañana. Se requiere la dura prueba de la perseverancia en el bien, sortear muchas dificultades, estar dispuesto a volver a comenzar una y otra vez, un día y otro día, sin desalentarse por los fracasos, por las derrotas parciales, por los problemas que normalmente aparecerán a lo largo del camino. He conocido a muchas personas que comenzaron con gran ilusión su camino de santidad cristiana. Todo parecía marchar serenamente. Había generosidad para superar las dificultades y los sacrificios.

 

Pero poco a poco, el paso del tiempo fue entibiando el alma, el esfuerzo iba disminuyendo, el amor se iba enfriando en el corazón, se iban abandonando poco a poco los medios de perseverancia y al final, ese barco que parecía iba a llegar a buen puerto, naufragó de modo estrepitoso por falta de lucha continuada, de estar día tras día renovando el amor primero.

 

No es suficiente comenzar una obra, un proyecto o un propósito. Hay que concluirlo: obra comenzada, obra concluida. En la formación de la constancia es imprescindible contar con una voluntad fuerte que se acera con el sacrificio personal, no sólo con grandes, pero aislados sacrificios, sino con pequeños actos de dominio de sí continuados, puestos día tras día, hasta formar sólidos hábitos de conducta. Quien quiere seguir, por ejemplo, un eficaz régimen alimenticio no estará todo un día sin comer, si al día siguiente, va a consumir el doble. Es necesario hacer pequeñas renuncias continuadas a lo largo de un periodo suficientemente largo para obtener resultados. Del mismo modo, quien se propone seriamente una vida de santidad cristiana debe ser consciente de que si no persevera en su empeño y si no lucha todos los días para conquistar ese ideal, no la podrá conseguir. Cuando Cristo nos aconsejó tomar la cruz y seguirle, añadió, con gran finura psicológica, «cada día» (Lc 9, 23). Por eso Él nos invita a perseverar en la oración, sin dejarnos vencer por el cansancio (Lc 18, 1).

 

Artículo tomado y adaptado de Catholic.net. El original puede ser visto aquí. Copyright © Catholic.net Inc.

 

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