Interrogantes en torno a Dios y la Fe

Por: Rommel Andaluz Arrieche | Dic 27, 2017

 

 

Hace tiempo, en una mañana cálida de verano, recibí un mensaje de WhatsApp en el que una de mis hijas espirituales -una paciente- me hizo llegar las interrogantes que uno de sus hermanos le planteó en torno a Dios. Las preguntas me cautivaron por su importancia y me puse de inmediato a tratar de dar una respuesta sencilla y sólida al mismo tiempo.

 

En las líneas que siguen, transcribo casi toda aquella conversación que mantuvimos por chat:

 

Me escribió:

01) ¿Cómo sabes que Dios es real?

02) ¿Cómo lo encuentras?

03) ¿Cómo te ayuda?

04) ¿Cómo aguantas tanto?

05) ¿Por qué pasamos por tanto?

Esas son las preguntas que me acaba de hacer mi hermano.

Y estoy un poco desconcertada porque no sé cómo explicarle de acuerdo a su lógica totalmente racional cada pregunta.

 

Respondí:

Hola hija, dame unos minutos para ir respondiendo a esas preguntas. Obviamente, serán respuestas relativamente cortas porque la idea no es hacer una especie de tratado, ¿de acuerdo?

 

Me dijo:

¡Gracias!!!

 

Pasada casi una hora, le dije:

Ahí va la primera respuesta.

 

01) ¿Cómo sabes que Dios es real?

 

En primer lugar, hay que aclarar que la realidad (el conjunto de todo lo real) abarca no sólo lo material sino también lo inmaterial. Si esta verdad fundamental no es admitida o aceptada, entonces no hay nada más que hablar porque el problema no estaría en la falta de argumentos sino en la cerrazón intelectual del interlocutor.

 

En este sentido, puede decirse parafraseando las palabras de un filósofo del siglo IV de nuestra era: Para los que tienen verdaderamente una mente abierta a aceptar verdades que hasta ahora desconocían, entonces se le pueden dar mil argumentos para que las conozcan. Sin embargo, para aquellos que están cerrados –a priori- a oír y aceptar la existencia de verdades que hasta ahora desconocen y que podrían cuestionar su modo de pensar y de ver las cosas, para esos no hay ningún argumento que dar. Efectivamente, sería perder el tiempo inútilmente porque no es problema de falta de argumentos sino de actitud cerrada.

 

Dicho lo anterior, paso a dar un breve ejemplo de realidades inmateriales cuya existencia no pondría en duda nadie que esté en su sano juicio: El Amor: nadie lo ha visto, tocado, medido, pesado, analizado químicamente luego, ¿no existe? ¿No es real?

¿Alguna vez has visto los buenos sentimientos de alguien? ¿Es posible determinar por el método científico la existencia de ideales en una persona (sacar adelante una familia, amor a la patria, respetar a los semejantes, luchar para que haya justicia en la sociedad)? ¿Son por eso inexistentes los sentimientos y los ideales?

Hemos de reconocer que hay realidades inmateriales o tendremos forzosamente que afirmar la siguiente burrada: el amor, los sentimientos y los ideales no existen.

 

Aclarado lo primero, pasamos a un segundo punto: La existencia de Dios pertenece al ámbito de las realidades inmateriales. ¿Quiere decir eso, entonces, que no es posible demostrar su existencia? No, no es eso. Lo que SÍ se quiero dejar claro es que la demostración de su existencia ha de hacerse por vía racional filosófica.

 

¿Ha demostrado alguien alguna vez la existencia de Dios? Sí, y no sólo una persona a lo largo de la historia sino varias. Algunas de ellas lo hicieron en la antigüedad, en el siglo IV (A.C): los filósofos Aristóteles y Platón. Otro pensador más moderno también: Tomás de Aquino, en el siglo XIII de nuestra era. Entiéndase, no obstante, que dichas demostraciones fueron estrictamente racionales, filosóficas, no de tipo material. Un resumen de esas vías para demostrar la existencia de Dios (porque su razonamiento es bastante profundo y resulta difícil de captar para quienes no tienen formación filosófica) aparecen en el cuadro que aparece más abajo.

 

LAS CINCO VÍAS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
PARA DEMOSTRAR LA EXISTENCIA DE DIOS
Por el movimientoPor la subordinación de las causas eficientesPor la contingencia de los seresPor los grados en las perfecciones de los seresPor el orden del universo y la finalidad interna de los seres naturales
Efecto Universal patente en los entes sensiblesLos sentidos nos muestran que en el mundo hay cosas que cambianLa experiencia muestra que en el mundo sensible hay causas eficientesEncontramos que las cosas pueden existir o no existir (son contingentes)En la naturaleza hay una jerarquía de valores o perfeccionesHay cosas que no tienen conocimiento y sin embargo obran por un fin
Principio de Causalidad (“tal hecho es causado”)Todo lo que se mueve es movido por otroNo hay nada que sea causa de sí mismoLos seres contingentes no tienen el principio de su existencia en sí mismosLo perfecto no puede tener su origen en lo imperfecto sino sólo en algo aún más perfectoLas cosas que carecen de conocimiento solo puede tender a un fin si alguien que entiende las dirige
Imposibilidad de un proceso hasta el infinito en la serie de causasEn la serie de motores no se puede seguir indefinidamenteEn las causas eficientes no es posible proceder indefinidamenteNo es posible la serie indefinida de seres relativamente necesarios
Existencia de una Causa PrimeraDebe haber un Primer Motor no movido por nadieDebe existir una Causa Eficiente PrimeraDebe existir un Ser absolutamente NecesarioDebe existir un Ser PerfectísimoDebe existir un Ser Inteligente que dirija a todas las cosas naturales
CONCLUSIÓNDIOS EXISTE

 

Con todo lo dicho, sin embargo, lo único que dejamos claro es que Dios existe, que es real. Pero esto termina siendo una verdad meramente racional, filosófica, ya que no me pone en contacto directo, personal, con Dios. Eso lo vamos a abordar en la respuesta a la pregunta No. 2.

 

Ya he avanzado parte de la segunda respuesta pero no la he terminado. Voy a almorzar y luego continuaré.

 

Ella respondió:

Gracias Rommel!!!

 

Luego de una hora y media, retomé la conversación:

02) ¿Cómo lo encuentras?

 

Estrictamente hablando, la primera pregunta era netamente racional, filosófica. Esta segunda pregunta, en cambio, va más dirigida al encuentro personal con Dios, a la experiencia de Él que podemos tener en nuestra vida. En este sentido, es claro que nos encontramos frente a una pregunta mucho más importante.

 

Encontrar a Dios no es algo que se logra en una determinada ubicación geográfica, en un lugar del mapa, no. Se trata de una experiencia personal. Y si hubiera que decir que a Dios se le puede encontrar en “algún lugar”, entonces diríamos que es en el propio corazón.

 

Para ser honestos, hasta ahora pareciera más bien que hemos respondido a la pregunta: ¿Dónde lo encuentras? Y no a la pregunta: ¿Cómo lo encuentras? Sin embargo, era conveniente esa introducción acerca del dónde para poder responder mejor el cómo.

 

La forma, el modo, de encontrar a Dios no es única. Más bien pudiéramos decir que existen tantas formas como personas hay en el mundo. Sin embargo, hay aspectos comunes que vale la pena resaltar. Citaré sólo algunos:

 

1) Asumir una actitud reflexiva ante la vida: y es que si uno pretende vivir simplemente “empujando” el carro de la propia existencia, entonces llevamos una vida de zombies, unos muertos en vida. Hemos de vivir en serio, es decir pensando de verdad en lo que hemos hecho, preguntándonos si hemos actuado bien o mal. También hemos de preguntarnos hacia dónde queremos encaminar nuestra vida. Si tenemos inteligencia es para pensar y uno de nuestros principales deberes es conocernos a nosotros mismos de verdad, a fondo. No basta con decir: soy Fulano, tengo tantos años y vivo en tal lado. Hay que revisar toda nuestra vida y ver si el recorrido hecho hasta ahora nos alegra, nos enorgullece, o más bien nos avergüenza, nos apena. Si no experimentamos alegría, satisfacción honda acerca de cómo hemos vivido hasta ahora, entonces hemos de reconocer que es necesario cambiar.

Cuando asumimos de verdad una actitud reflexiva empezamos a abrirnos a Dios y Él empieza a hacerse sentir en el propio corazón. También vamos dejando de lado el reproche o la victimización (pobrecito yo, hay que ver cuántas cosas me han hecho, etc.) y vamos descubriendo nuestros propios errores y fallos, y crecemos en responsabilidad y valentía frente a los retos que tenemos por delante.

 

2) No perder la capacidad de asombro ante las cosas pequeñas y cotidianas: muchas veces nos vamos como acostumbrando a todo, especialmente cuando las cosas nos resultan cómodas, fáciles y agradables. ¿Te has puesto a detallar la belleza y maravilla de los pájaros, de los insectos, de las plantas, los ríos, los atardeceres y amaneceres? Eso sí, en cuanto hace un poco de calor o de frío inmediatamente surge la queja de nuestra boca. ¿Por qué no asombrarme con ese hermoso espectáculo que cada día me ofrece la naturaleza? Muchas veces estamos más pendientes de lo artificial (TV, internet, carros, edificios, etc.) pero no procuramos el contacto con la naturaleza, y realmente nos perdemos de mucho.

Percibir toda esa belleza y ponernos a reflexionar en torno a ella nos lleva a descubrir que casi todo lo que tenemos nos ha sido dado: la vida no nos la dimos nosotros mismos sino que la hemos recibido de otros (nuestros padres); pudimos crecer y estudiar porque otros nos alimentaron y cuidaron (con errores, claro está, pero lo cierto es que nos cuidaron y nos dieron mucho); etc.

 

3) Ser agradecidos: en lugar de pensar que merecemos todo hemos de saber dar las gracias continuamente por lo mucho que recibimos, diariamente, de los demás. Y como no todo lo recibimos de otros seres humanos, entonces nos vamos dando cuenta que hay cosas que tienen su origen más allá de lo que vemos con los ojos. Muchas veces al actuar con agradecimiento empezamos a sentir una particular alegría: la de quien se descubre y se percibe amado.

Si hay algo que se opone frontalmente al agradecimiento es la soberbia, el orgullo, la autosuficiencia. Si dejamos que en nuestro corazón reine la soberbia seremos unos amargados. Si somos agradecidos, en cambio, estaremos contentos.

 

4) Ser generosos y solidarios: si hay algo que viene como consecuencia inmediata de actuar en favor de los demás, de preocuparnos sinceramente por los otros y tener detalles de cariño y de servicio con las personas que tratamos frecuentemente, es la experiencia de una profunda alegría. ¿Te has fijado alguna vez en los voluntarios (es decir, que no cobran ni un céntimo por hacer lo que hacen) que cuidan niños, enfermos y ancianos? Todos o casi todos están contentos y sonrientes la mayor parte del tiempo. ¿Será por la remuneración económica que reciben? Je, je, si fuera por eso tendrían motivo de sobra para andar amargados o llorando. Su alegría y serenidad vienen de la experiencia de amor generoso, entregado, a los demás. Y ese darnos a los demás es de las cosas que más nos acerca a Dios, a encontrarlo en nuestro corazón.

El egoísmo se opone a la generosidad, así como la indiferencia a la solidaridad. No nos dejemos llevar por esos cánceres que pudren el corazón. Pensemos cada vez más en los demás y pasaremos a estar contentos e ilusionados.

 

5) Perdonar de corazón: pues todos recibimos ofensas de parte de otros en nuestro caminar terreno pero cuando les perdonamos de corazón nos hacemos auténticamente libres y cicatrizan de verdad esas heridas emocionales. No perdonar y guardar rencor es un proceder tan insensato como pretender matar al vecino tomándome yo un frasco de veneno. Obviamente seré yo quien muera, no el vecino. El continuo reproche a los demás es como querer quemarles con una brasa encendida que llevamos en la mano. El primero que se quema es uno mismo y luego es que empieza a quemar a los otros, pero lo más triste es que al final lo que quedan son dos personas heridas, ninguna sana. Cuando perdonamos tiramos lejos esa brasa encendida, ya no nos quemamos nosotros ni andaremos quemando a nadie.

 

Pasados unos quince minutos continué:

03) ¿Cómo te ayuda?

 

Si de verdad uno encuentra a Dios (poniendo en práctica la respuesta a la pregunta anterior), entonces Él nos da:

 

1) el verdadero y total perdón por todos nuestros errores

2) el optimismo para aprender de nuestros fallos y levantarnos

3) la fortaleza interior para afrontar las dificultades

4) la aceptación serena (no conformista sino calmada) de nuestras propias limitaciones

5) la paciencia ante las enfermedades y sufrimientos que nos toca vivir

6) de muchas otras maneras que tú mismo vas a experimentar si vives estas cosas

 

04) ¿Cómo aguantas tanto?

Con todas las ayudas de Dios que mencioné en la respuesta anterior.

 

Ella dijo:

Mil gracias por las respuestas.

En este momento se las transmitiré a mi hermano.

 

Le respondí:

Un momento, porque falta la quinta respuesta.

Ya me falta poco.

 

Ella dijo:

Ok!

 

Pasados unos diez minutos culminé:

05) ¿Por qué pasamos por tanto?

 

Conforme vamos avanzando en la vida con una actitud reflexiva, nos vamos percatando que un buen número de las cosas que nos suceden guardan relación con nuestras propias acciones.

 

¿Por qué tuve este accidente? Porque estaba conduciendo ebrio. ¿Por qué hice esta diabetes? Porque me excedí en las comidas por años.

 

Pero no todo va por ese camino ya que también hay cosas que no guardan relación con mi proceder: un terremoto, una enfermedad congénita o de origen desconocido, la muerte de un familiar sin culpa alguna de mi parte, injusticias que otros nos hacen sin que nosotros les hubiéramos hecho ningún daño u ofensa.

 

Ante estas realidades hemos de aprender a hacernos una pregunta mucho más útil y desafiante: ¿Para qué pasamos por tanto?

 

Y aunque en cada caso la respuesta será distinta, sin embargo encontraremos un denominador común a todas ellas: para nuestro aprendizaje y crecimiento personal.

 

¿Para qué fui diagnosticado de esta enfermedad? Para aprender a sobrellevar las dificultades y achaques que le son propias, y para poder solidarizarme con otros enfermos, compadecerme de ellos y ayudarles en lo que sea posible, ya sea con atenciones materiales o dándoles ánimo.

 

¿Para qué me vino la ruina económica? Para aprender que lo más importante no son las cosas materiales sino sobre todo el amor que tenemos a los demás y el que ellos nos tienen. También para aprender a ser más libres y no esclavizarnos al dinero y a las cosas, para descubrir que con muy poco podemos ser inmensamente felices. Para no quedarnos dormidos en los laureles (porque ya teníamos todo asegurado) sino a retomar la lucha para volver a empezar desde cero.

 

¿Para qué se murió tal persona que yo quería tanto? Para que aprenda a amar hoy y ahora, porque a las personas nos las tendremos siempre a nuestro lado y hemos de demostrarles nuestro cariño en cada oportunidad que se nos presente. También para que pudiera descansar de su penosa enfermedad y pudiera ir a gozar del Cielo con Dios. Para que yo sintiera que se me venía el mundo abajo y con el tiempo llegara a comprender que aquí estamos de paso. Para que el buen ejemplo de vida y los recuerdos que me dejó esa persona se quedaran profundamente grabados en mi corazón y me sienta llamado a imitarlos.

 

Me dijo:

Ojalá un día mi hermano pueda sentarse a conversar contigo.

 

Le respondí:

A mí también me gustaría conversar con él.

Espero que vaya abriendo su corazón.

 

Finalmente, nos despedimos.

 

*****************

 

Espero que esta conversación, amigo lector, pueda ser de provecho para ti o para alguna persona que tú conozcas.

 

Que el Niño Jesús, la Santísima Virgen María y San José te bendigan y acompañen siempre. Amén.

 

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