Reflexiones sobre los valores morales y cristianos – Parte 3 de 10

Fuente: Catholic.net

 

Capítulo 3: Sólo Dios da sentido a la vida

 

La pregunta por el sentido de la vida, va unida normalmente a otros porqués: ¿Por qué morir? ¿Por qué el mal? ¿Por qué el dolor y el sufrimiento? En mis sencillas reflexiones de muchacho de pueblo, yo también me planteaba durante mi adolescencia esas preguntas fundamentales sobre la vida y la muerte, sobre el dolor y el sufrimiento, sobre la felicidad y la eternidad.

 

En aquellas ocasiones no podía encontrar la solución al enigma de la vida ni en mí mismo, ni en mis padres que me la habían transmitido, ni en los hombres y mujeres que como yo estaban destinados a pasar, ni en las cosas bellas de este mundo que también aparecían transitorias y caducas. Sólo veía con nitidez una solución posible y radiante al problema de la vida, que me llenaba el corazón de un gozo inexplicable. En el origen de mi vida encontraba 1a presencia de un amor sobreabundante y poderoso, un amor capaz de crearme de la nada y de llamarme a la existencia; del amor único e incomparable de Dios, mi Creador. Y al final de mi vida veía también el rostro del Padre que me acogía con los brazos abiertos después del peregrinar terreno. Y si Dios era el sentido de mi vida, el único modo seguro de construirla era vivirla junto a Él, de cara a Él, en su presencia y en su amor. Él habría de ser mi gran ideal. Por Él la vida merecía la pena ser vivida.

 

Él daba sentido al sufrimiento, al dolor, a los sinsabores, a las incomprensiones, a las tinieblas, a la soledad, a la amargura. Él sería el gran tesoro por el que merecía la pena venderlo todo con tal de cumplir su voluntad.

 

Yo sé por la fe que mi sencillo razonamiento de adolescente estaba sostenido por la acción del Espíritu Santo. Desde entonces, decidí apegarme a Dios como el tesoro de mayor valía, aferrarme a Él como base y fundamento de todo otro valor y dedicar mi vida a compartir con los demás esta verdad que llenaba de gozo mi alma. Me apena profundamente contemplar cómo, por diversas causas, otros hombres no han llegado a esta conclusión, por otra parte tan lógica y contundente, y viven sumidos en la desesperación o en la amargura, construyendo a tientas su existencia. Encontrando en Dios el valor supremo de mi vida, pronto me di cuenta de que mi vida cobraba pleno sentido en el cumplimiento de su voluntad, en la realización de aquello que Él tenía planeado para mí desde la eternidad y para lo que me había creado.

 

Así la vida se me presentó como una apasionante misión por realizar. Merecía la pena invertir todo el esfuerzo y la energía que fueran necesarias para llevarla a cabo, para decir al final de ella, como Jesucristo: «Todo ha sido cumplido» (Jn 19, 30) o, como san Pablo: «He combatido el buen combate, he llegado a la meta, he conservado la fe» (2 Tm 4, 7).

 

Mucho me ayudó la meditación de la parábola de los talentos (cfr. Mt 25, 14-30) para considerar que la vida se presenta como una misión por realizar de cuyo cumplimiento Dios nos pedirá cuentas al final de nuestra jornada terrestre; que el triunfo lo da la realización del proyecto de vida que Él nos asigna: triunfa quien cumple por amor la misión confiada; fracasa quien administra en modo negligente, perezoso o inconsciente los dones que Dios le ha otorgado.

 

Artículo tomado y adaptado de Catholic.net. El original puede ser visto aquí. Copyright © Catholic.net Inc.

 

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