Las Obras de Misericordia

Las Obras de Misericordia

 

Las obras de misericordia son un hermoso catálogo de acciones que hacen efectivo y concreto el precepto del amor fraterno, distintivo de los cristianos.

 

La Iglesia nos propone practicar y vivir estas obras de misericordia en todo tiempo y en toda ocasión; pero especialmente, nos las recuerda para que sepamos ponerlas en práctica a lo largo de la Cuaresma, como una buena preparación al Misterio Pascual de Cristo; y también en el Adviento, como preparación para la Navidad.

 

Las obras de misericordia son 14: 7 corporales y 7 espirituales

 

Las 7 Obras de Misericordia Corporales:

 

1. Dar de comer al hambriento

2. Dar de beber al sediento

3. Dar posada al peregrino y al necesitado

4. Dar vestidos a los pobres

5. Visitar y atender a los enfermos

6. Visitar y ayudar a los presos

7. Dar sepultura (enterrar) a los muertos

 

Explicaciones:

 

1) Dar de comer al hambriento y 2) Dar de beber al sediento

 

Estas dos primeras son complementarias y se refieren a la ayuda que podemos dar en alimento o en dinero a los necesitados.

 

Los bienes que poseemos, ¡si son bien habidos!, también nos vienen de Dios. Y debemos responder a Dios por éstos y por el uso que le hayamos dado.

 

Dios nos exigirá de acuerdo a lo que nos ha dado:

 

Parábola de los Talentos (Evang. según San Mateo 25, 14-30). Por cierto, no es por casualidad, que viene contada en el Evangelio de San Mateo, justamente antes de la escena del Juicio Final, donde habla de las Obras de Misericordia.

 

“A quien mucho se le da, mucho se le exigirá (Evang. según San Lucas  12, 48). Esta exigencia se refiere tanto a lo espiritual, como a lo material. Podemos dar de lo que nos sobra. Esto está bien. Pero podemos dar de lo que no nos sobra. Por supuesto, el Señor ve esto último con mejores ojos.

 

Recordemos a la pobre viuda muy pobre que dio para el Templo las últimas dos moneditas que le quedaban. No es una parábola, es un hecho real que nos relata el Evangelio. Cuando Jesús vio lo que daban unos y otros hizo notar esto:“Todos dan a Dios de lo que les sobra. Ella, en cambio, dio todo lo que tenía para vivir” (Evang. según San Lucas 21, 1-4).

 

Esta viuda recuerda otra historia del Antiguo Testamento sobre la viuda de Sarepta, en tiempos del Profeta Elías. Ella alimentó al Profeta Elías con lo último que le quedaba para comer ella y su hijo, en un tiempo de una hambruna terrible. Y ¿qué sucedió Que no se le agotó ni la harina y ni el aceite con que preparó el pan para el Profeta (Primer Libro de los Reyes 17, 7-16).

 

A veces no sabemos a quién alimentamos: Abraham recibió a tres hombres que era ¡nada menos! que la Santísima Trinidad (algunos piensan que eran 3 Ángeles), los cuales le anunciaron el nacimiento de su hijo Isaac en menos de un año (Génesis 19, 1-21). Y, a pesar, de la risa de Sara, así fue (Por cierto el nombre de Isaac significa: “Aquel que hará reír” o “Aquél con el que Dios se reirá”).

 

Sobre dar de beber al sediento, la mejor historia de la Biblia es la de la Samaritana a quien el Señor le pide de beber (Evang. según San Juan 4, 1-45).

 

3) Dar posada al peregrino y al necesitado

 

En la antigüedad el dar posada a los viajeros era un asunto de vida o muerte, por lo complicado y arriesgado de las travesías. No es el caso hoy en día. Pero, aún así, podría tocarnos recibir a alguien en nuestra casa, no por pura hospitalidad de amistad o familia, sino por alguna verdadera necesidad.

 

Y no sabemos a quién ayudamos. Algunos han ayudado a Angeles bajo formas humanas: A Abraham y Lot les sucedió esto. Esto lo recuerda posteriormente San Pablo: “No dejen de practicar la hospitalidad, pues algunos dieron alojamiento a Angeles sin saberlo” (Epístola a los Hebreos 13, 2).

 

4) Dar vestidos a los pobres

 

Esta obra de misericordia se nos facilita con las recolecciones de ropa que se hacen en Parroquias y otros centros de recolección. Recordar que, aunque demos ropa usada, no es dar lo que está ya como para botar o para convertir en trapos de limpieza. En esto también podemos dar de lo que nos sobra o ya no nos sirve, pero también podemos dar de lo que aún es útil.

 

5) Visitar y atender a los enfermos

 

No se trata de visitas sociales, por cumplir.Se trata de una verdadera atención a los enfermos y ancianos, tanto en cuido físico, como en compañía. Y la atención más importante en casos de vejez y enfermedades graves es la atención espiritual.

 

El mejor ejemplo de la Sagrada Escritura es el de la Parábola del Buen Samaritano, que curó al herido y, al no poder continuar ocupándose directamente, confió los cuidados que necesitaba a otro a quien le ofreció pagarle (Evang. según San Lucas 10, 30-37).

 

El visitar al enfermo incluye el auxilio a los heridos.

 

6) Visitar y ayudar a los presos

 

Esto implica visitar a los presos y darles ayuda material y muy especialmente, asistencia espiritual (para ayudarlos a enmendarse y ser personas útiles y de bien cuando terminen el tiempo asignado por la justicia).

 

Significa también rescatar a los inocentes y secuestrados. En la antigüedad los cristianos pagaban para liberar esclavos o se cambiaban por prisioneros inocentes. Hoy en día este mandato es relevante con prisioneros inocentes y secuestrados ¿no?

 

7) Dar sepultura (enterrar) a los muertos

 

El más famoso muerto enterrado y en una tumba que no era propia fue el mismo Jesucristo. José de Arimatea facilitó una tumba de su propiedad para el Señor. Pero no sólo eso, sino que tuvo que tener valor para presentarse a Pilato y pedir el cuerpo de Jesús. Y también participó Nicodemo, quien ayudó a sepultarlo. (Evang. según San Juan 19, 38-42).

 

Esto de enterrar a los muertos parece un mandato superfluo, porque –de hecho- comúnmente todos son enterrados. Pero, por ejemplo, en tiempo de guerra, puede ser un mandato muy exigente.

 

¿Por qué es importante dar digna sepultura al cuerpo humano?

 

Porque el cuerpo humano ha sido alojamiento del Espíritu Santo. Somos “templos del Espíritu Santo”. (Primera Epístola a los Corintios 6, 19).

 

Pero… ¿saben que está sucediendo hoy en día con los cuerpos cremados, hechos cenizas?

 

Se está irrespetando a lo que ha sido templo del Espíritu Santo, porque la gente esparce las cenizas por donde se le ocurre, no dándole una sepultura digna. ¡Hasta se hacen dijes colgantes para guardar el recuerdo del difunto! O se tienen las cenizas expuestas en la casa.

 

Es muy conveniente que sepamos las Normas de la Iglesia sobre la Cremación y Cenizas:

 

“La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 2301).

 

Aunque la Iglesia claramente prefiere y urge que el cuerpo del difunto esté presente en los ritos funerales, estos ritos pueden celebrarse también en presencia de los restos incinerados del difunto.

 

Cuando por razones válidas no es posible que los ritos se celebren en presencia del cuerpo del difunto, debe darse a los restos incinerados el mismo tratamiento y respeto debido al cuerpo humano del cual proceden.

 

Este cuidado respetuoso significa el uso de un recipiente digno para contener las cenizas; debe expresarse en la manera cuidadosa en que sean conducidos y en el sitio de su colocación final. Los restos incinerados deben ser sepultados en una fosa o en un mausoleo o en un columbario (nicho).

 

La práctica de esparcir los restos incinerados en el mar, desde el aire o en la tierra, o de conservarlo en el hogar de la familia del difunto, no es la forma respetuosa que la Iglesia espera y requiere para sus miembros (Orden de Funerales Cristianos, Apéndice No. 2, Incineración, No. 417).

 

Las 7 Obras de Misericordia Espirituales son:

 

1. Enseñar al que no sabe

2. Dar buen consejo al que lo necesita

3. Corregir al que está en el error

4. Perdonar las injurias y ofensas

5. Consolar al que está triste y abatido

6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás

7. Orar por los vivos y por los difuntos

 

Explicaciones:

 

1) Enseñar al que no sabe

 

Consiste en enseñar al ignorante sobre temas religiosos o sobre cualquier otra cosa de utilidad. Esta enseñanza puede ser a través de escritos o de palabra, por cualquier medio de comunicación o directamente.

 

“Quien instruye a muchos para que sean justos, brillarán como estrellas en el firmamento” (Libro del Profeta Daniel 12, 3b).

 

2) Dar buen consejo al que lo necesita

 

Aquí es bueno destacar que el consejo debe ser ofrecido, no forzado. Y, la mayoría de las veces es preferible esperar que el consejo sea requerido.

 

Asimismo, quien pretenda dar un buen consejo debe, primeramente, estar en sintonía con Dios. Sólo así su consejo podrá ser bueno. No se trata de dar opiniones personales, sino de veras aconsejar bien al necesitado de guía.

 

“Los guías espirituales brillarán como resplandor del firmamento” (Libro del Profeta Daniel 12, 3a).

 

3) Corregir al que está en el error

 

No se trata de estar corrigiendo cualquier tipo de error. Esta obra se refiere sobre todo al pecado. Otra manera de formular esta Obra de Misericordia es así: Corregir al pecador.

 

Es de suma importancia seguir los pasos de la corrección fraterna que Jesús nos dejó muy bien descritos: “Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea (o a los superiores)” (Evang. según San Mateo 19, 15-17).

 

Para cumplir esta Obra de Misericordia convenientemente hay que tener en cuenta dos cosas: que pueda preverse un resultado positivo a nuestra corrección y que no nos causemos un perjuicio a nosotros mismos.

 

Debemos corregir a nuestro prójimo con mansedumbre y suma consideración. Una corrección ruda puede tener el efecto contrario.

 

No podemos convertirnos en gendarmes de la gente; es decir en estar pendientes de todo lo que haga la gente. Sin embargo, corregir al errado en fe y moral es un consejo del Señor. Así termina el Apóstol Santiago su Carta: “Sepan esto: el que endereza a un pecador de su mal camino, salvará su alma de la muerte y consigue el perdón de muchos pecados” (Epístola de Santiago 5, 20).

 

4) Perdonar las injurias y ofensas

 

“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”,es un punto del Padre Nuestro, que el Señor aclara un poco más en San Mateo, al final del Padre Nuestro: “Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Evang. según San Mateo 6, 14-15).

 

Perdonar las ofensas significa que no buscamos vengarnos, ni tampoco conservamos resentimiento al respecto. Significa tratar a quien nos ha ofendido de manera amable. No significa que tenemos que renovar una antigua amistad, sino llegar a un trato aceptable.

 

El mejor ejemplo de perdón en el Antiguo Testamento es el de José, que perdonó a sus hermanos el que hubieran tratado de matarlo y luego hayan decidido venderlo. “No se apenen ni les pese por haberme vendido, porque Dios me ha enviado delante de ustedes para salvarles la vida” (Génesis 45, 5).

 

Y el mayor perdón del Nuevo Testamento:“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Evang. según San Lucas 23, 34).

 

5) Consolar al que está triste y abatido

 

El consuelo para el triste o deprimido se asemeja al cuido de un enfermo. Y es muy necesario, pues las palabras de consuelo en la aflicción pueden ser determinantes.

 

Aquí pueden entrar la atención de conversación con los ancianos, que tanto nos han dado y que en su vejez requieren que alguien les oiga, les converse, los distraiga.

 

6) Sufrir con paciencia los defectos de los demás

 

La tolerancia y la paciencia ante los defectos ajenos es virtud y es una obra de misericordia.

 

Sin embargo, hay un consejo muy útil: cuando el soportar esos defectos causa más daño que bien, no se debe ser tolerante. Con mucha caridad y suavidad, debe hacerse la advertencia.

 

7) Orar por los vivos y por los difuntos

 

La oración por los demás, estén vivos y muertos, es una obra buena. San Pablo recomienda orar por todos, sin distinción, también por gobernantes y personas de responsabilidad, pues “El quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (Primera Epístola a Timoteo 2, 2-3).

 

Los difuntos que están en el Purgatorio dependen de nuestras oraciones. Es una buena obra rezar por éstos para que sean libres de sus pecados (Segundo Libro de los Macabeos 12, 46).

 

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Consideraciones importantes sobre las Obras de Misericordia

 

El ejercicio de las Obras de Misericordia comunica gracias a quien las ejerce. Veamos cómo nos beneficia a nosotros el hacer Obras de Misericordia…

 

Quien ejerce el amor al prójimo desde el amor a Dios recibe gracias, pues con las obras de misericordia, está haciendo la Voluntad de Dios. “Den y se les dará” (Evang. según San Lucas 6, 38).

 

Decíamos que una manera de ir borrando la pena purificante que merecen nuestros pecados ya perdonados (Purgatorio) es mediante obras buenas. Obras buenas son, por supuesto, las Obras de Misericordia. “Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos alcanzarán misericordia” (Evang. según San Mateo 5, 7), es una de las Bienaventuranzas.

 

Además las Obras de Misericordia nos van ayudando a avanzar en el camino al Cielo. Es como si ahorráramos para el Cielo. “No se hagan tesoros en la tierra”, dice el Señor, “Acumulen tesoros en el Cielo” (Evang. según San Mateo 6, 19 y 20). Al seguir esta máxima del Señor cambiamos los bienes temporales por los eternos, que son los que valen de verdad.

 

¿Qué sucede si ayudamos a alguien como un mero acto de filantropía?

 

Si la ayuda la damos independientemente del amor a Dios, no tiene ningún mérito para nuestra vida espiritual. Es filantropía o altruismo. Se resuelve el problema y la necesidad de alguien, pero no merecemos en nada para nuestra vida espiritual.

 

Cuando actuamos por filantropía, efectivamente la persona recibe la ayuda que requiere. Pero al ayudar desde nosotros mismos y no desde el amor a Dios, siempre se presenta el riesgo de yo ser portador de mí mismo y no de Dios. Eso no es amor cristiano, es ayuda; no es que sea mala, pero no es lo que Dios nos pide.

 

Bien lo dice Jesús en sus Diálogos a Santa Catalina de Siena, santa seglar de la Orden de Santo Domingo:

 

“Quiera o no quiera, el hombre se ve precisado a ejercer la caridad (la ayuda) con su prójimo. Aunque, si no la ejercita por amor a Mí, no tiene aquel acto ningún valor sobrenatural”.

 

Adicionalmente

 

Podríamos también hablar de otras 14 Obras de Misericordia y Liberación. Las 7 primeras son Individuales, las otras 7 son Colectivas.

 

Las 7 Individuales son éstas:

 

1. Acompañar y alegrar al que está sólo.

2. Llenar de esperanza al desilusionado.

3. Ayudar a encontrar trabajo.

4. Acoger y reinsertar al transeúnte y extranjero.

5. Educar y rehacer al delincuente.

6. Rescatar al cautivo de la droga.

7. Dignificar al que se ha prostituido.

 

Las 7 Colectivas son éstas:

 

1. Promocionar a los pueblos subdesarrollados.

2. Defender los derechos de los marginados.

3. Combatir las injusticias y la opresión.

4. Defender el desarme y la no-violencia.

5. Liberar de la tiranía del consumo.

6. Trabajar por la unión de los pueblos.

7. Construir la civilización del amor.

 

Cada uno puede añadir nuevas obras de liberación. Lo importante es que nos esforcemos en practicarlas, al menos algunas de ellas.

 

“Puede decirse que Cristo mismo, en la persona de los pobres, eleva su voz para solicitar la caridad de sus discípulos” (Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes, n. 88).

 

Fuente Bibliográfica:

 

 

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