Reflexiones sobre los valores morales y cristianos – Parte 9 de 10

Fuente: Catholic.net

 

Capítulo 9: Difundir los valores humanos y evangélicos

 

Al acercarnos al gran jubileo del año 2000, los cristianos hemos de tomar nueva conciencia de cuál es nuestra misión, como hombres y como discípulos de Jesucristo. El mundo necesita de sentido. El mundo necesita de valores y sólo Cristo se los puede dar.

 

Nosotros somos llamados por Cristo para dar sentido a la vida de los hombres y para difundir en el mundo los valores humanos y evangélicos.

 

Difundir en primer lugar los valores humanos es una tarea que compete a cada hombre. Todo lo verdaderamente humano debe interesarnos. No es suficiente vivir en la vida personal todos esos valores de que hemos venido hablando. No basta con adquirir la propia madurez humana. Si nos sentimos parte de la gran familia humana y del Cuerpo Místico de Cristo debemos ayudar a nuestros hermanos los hombres a construir sus vidas sobre los sólidos cimientos de los valores auténticos. Y el mejor modo de hacerlo será con el testimonio de una vida que encarna esos valores.

 

Pero también hemos de difundir los valores evangélicos. Cristo mismo nos ha dejado un mandato claro y preciso: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio» (Mc 16, 15). Y el Evangelio de Cristo, de cuyos valores nosotros somos herederos y depositarios, ha de ser predicado con decisión: «Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para la salvación del que cree» (Rm 1, 16). No tenemos nada que temer pues, en esta empresa. Cristo está con nosotros: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). La nueva evangelización a la que nos invita el Santo Padre requiere de nuevos métodos, nuevos areópagos, nuevo ardor para predicar a Cristo. Pienso, por ejemplo, en los medios de comunicación social, en donde todavía hay mucho por hacer para ponerlos al servicio del Evangelio. Aún se necesitan más pioneros que se aventuren en estos campos y que ensanchen los horizontes de la evangelización. La proclamación del Evangelio requiere de la generosidad de todos los cristianos.

 

Todos ellos por vocación bautismal, están llamados a colaborar en esta gran empresa de la evangelización. Se necesitan hombres y mujeres generosos que estén dispuestos a ponerse al servicio del Evangelio; generosos por lo que se refiere al tiempo que dedican, a los medios que aportan para ello y a la intensidad con que lo viven.

 

Transmitir a los demás los valores evangélicos es una tarea apasionante que requiere de corazones entusiastas y ardorosos. No es un trabajo para mercenarios ni para obreros a sueldo, sino exigencia de una experiencia interior de Cristo y de su amor. Por ello los mejores evangelizadores son los santos.

 

Ellos son los testigos de Dios, los mártires, en el sentido etimológico de la palabra, aquellos que manifiestan la hondura de su fe con la entrega de su vida; entrega sellada con el derramamiento de la sangre a veces, si Dios concede esa gracia; pero normalmente manifestada con una callada, imperceptible a los ojos de los hombres, pero fiel y constante donación de sí mismo a los demás. Las palabras no siempre son eficaces, pero el ejemplo arrastra. Hoy se necesitan hombres y mujeres que sean verdaderos testigos de Cristo, cuyas palabras estén corroboradas por una vida evangélica. La Iglesia necesita hoy de este tipo de apóstoles. Sólo ellos podrán llevar a cabo obras de envergadura y de profundidad. Así el Evangelio podrá penetrar ahí a donde no ha llegado todavía, a aquellos sectores de la sociedad no cristianizados, poniendo al servicio de la evangelización el poder de la creatividad que, por otra parte, se manifiesta con tanta evidencia en la realización de otras empresas humanas.

 

La madurez cristiana incluye necesariamente la vertiente apostólica. No sería maduro el cristiano que se contentara con ser bueno o piadoso. El tesoro del Evangelio es de un valor tan grande para los hombres que nos debe quemar el corazón el deseo de compartirlo con los demás. El Evangelio es luz y es sal. Su llama debe iluminar delante de todos los hombres para que todos den gloria al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16). Hoy, como ayer, como siempre, el mundo sigue necesitado del Evangelio del amor y de la gracia, del Evangelio de Cristo, de Cristo mismo, el Hijo de Dios hecho hombre: «No hay otro nombre en la tierra bajo el cual nos sea dado salvarnos» (Hch 4, 12).

 

Él es el tesoro más grande que tenemos los cristianos (cf. Mt 13, 44); un tesoro que debemos comunicar al mundo, que debemos gritar, predicar, proclamar. Sí, la vida vale la pena, si la edificamos sobre Cristo, la única piedra angular (cf. Hch 4, 11): Cristo es el único que da valor, sentido y significado a la vida humana.

 

Artículo tomado y adaptado de Catholic.net. El original puede ser visto aquí. Copyright © Catholic.net Inc.

 

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