Reflexiones sobre los valores morales y cristianos – Parte 10 de 10

Fuente: Catholic.net

 

Capítulo 10: Como el alma en el mundo

 

Hay un testimonio impresionante del segundo siglo de nuestra era que nos presenta el modo de difundir los valores humanos y evangélicos de los primeros cristianos en medio del mundo pagano y que arroja mucha luz sobre cómo debemos actuar nosotros en las presentes circunstancias. Se trata de una carta anónima de un cristiano, dirigida a un cierto Diogneto, que sorprendido de la conducta de los cristianos, ponía las siguientes preguntas: ¿A qué Dios se dirige su fe? ¿Qué culto le rinden? ¿De dónde viene su desprecio unánime del mundo y de la muerte? ¿Por qué no reconocen los dioses de los griegos y las supersticiones judías? ¿Cuál este gran amor que se tienen unos con otros? ¿Por qué este nuevo pueblo, este nuevo modo de vida no ha venido antes a la existencia? En otras palabras, podemos decir que Diogneto preguntaba por el sentido que los cristianos daban a su vida y los valores que los sostenían. El autor de la carta responde así: «Los cristianos ni por país, ni por lengua, ni por costumbres se distinguen de los demás hombres. Porque no habitan en ciudades propias, ni hablan un dialecto particular ni conducen una vida especial… Habitan indistintamente ciudades griegas y bárbaras, como a cada uno ha tocado en suerte; siguen los usos locales en el vestido, en la comida y en la manera de vivir, manifestando las leyes extraordinarias y verdaderamente paradójicas de su república espiritual…

 

Residen cada uno en su patria, pero como extranjeros domiciliados. Cumplen todos sus deberes de ciudadanos y soportan todas las cargas como extranjeros. Toda tierra extranjera es su patria y toda patria una tierra extranjera. Se casan como todo el mundo; tienen hijos, pero no abandonan a los recién nacidos. Comparten todos la misma mesa pero no el mismo lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Pasan la vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas y su modo de vivir es superior a las leyes. Aman a todos los hombres y todos los persiguen. Se les desconoce y condena; se les mata y por eso mismo ganan la vida. Son pobres enriqueciendo a muchos. Les falta todo y sobreabundan en todas las cosas. Se les desprecia y en este mismo desprecio encuentran su gloria. Se les calumnia y son justificados. Se les insulta y bendicen. Se les ultraja y rinden honor. Aunque solo hacen el bien, se les castiga como malhechores.

 

Castigados, viven en la alegría como sí nacieran a la vida. Los judíos les hacen guerra como si fueran extranjeros; son perseguidos por los griegos; y los que los detestan no sabrían explicar la causa de su odio… en una palabra, lo que el alma es en el cuerpo, los cristianos lo son en el mundo».

 

¡Qué bello programa apostólico nos propone este cristiano del siglo segundo: ser alma del mundo! ¡Ser alma en un mundo que se apaga y muere por falta de Cristo! Esta es la misión del cristiano, esta es nuestra misión. Una misión grande, providencial; un reto que debemos asumir con responsabilidad y amor; un desafío que es para hombres maduros, hombres auténticamente libres, apasionados; hombres de fe, de esperanza y de amor.

 

En los albores del cristianismo, hubo un puñado de hombres y mujeres que creyeron en la fuerza transformante de los valores evangélicos y que supieron ser fermento en la gran masa pagana del imperio romano, logrando transformarlo desde el interior con su testimonio convencido. Como una gran mancha de aceite, los grupos, las instituciones económicas, políticas, laborales hasta renovar desde dentro al imperio romano. Hoy la transformación cristiana de la sociedad, depende de nosotros, de los valores que nosotros le inyectemos, de la esperanza que seamos capaces de darle, de la convicción con la que testimoniemos y hablemos de Jesucristo, de la pureza de nuestra caridad, de la fe de nuestra oración. Pongamos nuestra vida al servicio de esta misión tan noble. Creamos en el valor de nuestra humanidad, unida a Cristo. Aunque nuestra vida sea pequeña y pobre, es lo más grande que tenemos. Puesta al servicio del Reino, podrá dar fruto y fruto abundante. Para esto nos ha escogido el Señor.

 

En el umbral del tercer milenio, nosotros tenemos el desafío de transformar nuestra sociedad, como los primeros cristianos lograron ser fermento en la masa pagana del imperio romano. Pidamos a Dios que conceda a la Iglesia una nueva pléyade de apóstoles intrépidos, dispuestos a crear esa nueva civilización del amor, esa cultura de los auténticos valores humanos y cristianos que oponga un dique férreo a la cultura del sin sentido y de la muerte que se quiere apoderar del mundo.

 

Antes de terminar, les invito a elevar la mirada hacia María. Ella escogió a Dios como valor supremo de su vida. Y Él fue siempre Aquél que le dio sentido y fin. Esto le permitió alcanzar una madurez humana y cristiana sin par en la historia de la humanidad, puesto que Dios, por especial privilegio, la eximió de la triste herencia del pecado original. Contemplarla a Ella como la creatura nueva redimida por Cristo y que nos espera en el cielo, nos estimula a caminar hacia la gloria donde saciaremos nuestra sed de Dios, y en Él alcanzaremos la plenitud de nuestra realización, como hombres y como cristianos, en comunión con todos los santos.

 

Agradeciendo de nuevo su presencia en este encuentro y pidiendo al Espíritu Santo que los convierta en hombres y mujeres maduros, en cristianos verdaderos, en apóstoles intrépidos y apasionados del Evangelio, quedo suyo afectísimo servidor en Jesucristo.

 

Artículo tomado y adaptado de Catholic.net. El original puede ser visto aquí. Copyright © Catholic.net Inc.

 

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