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Por: Rommel Andaluz Arrieche | Dic 08, 2017

 

 

Hoy es la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, es decir celebramos que nuestra Madre del Cielo haya sido concebida completamente libre del pecado original y preservada también de toda mancha de pecado personal. Su alma se mantuvo siempre «llena de gracia», en un continuo y creciente amor a Dios y al prójimo.

 

Es hermoso saber que tenemos en el Cielo una Madre que es reflejo perfecto de la belleza, la bondad y el amor de Dios, pues no hay en Ella nada que opaque la imagen del Señor.

 

Hablar de la Santísima Virgen es siempre agradable. Hoy quiero compartir una experiencia que tuve en esta solemnidad hace 19 años. Fue algo bonito y sencillo: al participar en la Santa Misa me llamó mucho la atención la oración final, que dice así:

 

Señor, Dios nuestro, que el sacramento que hemos recibido repare en nosotros los efectos de aquel primer pecado del que fue preservada, de modo singular en su concepción, la Inmaculada Virgen María.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Misal Romano, Oración después de la comunión, Solemnidad de la Inmaculada Concepción)

 

Entendí en mi corazón que en esa oración se pide una restauración de nuestra alma, de todo nuestro ser, de tal modo que quedemos perfectamente limpios y renovados, a semejanza de nuestra Madre del Cielo. Me pareció maravilloso y quedé muy contento con ello.

 

Unos minutos después de terminada la Santa Misa, me acerqué al sacerdote -a quien tengo mucho aprecio- y le dije: "Padre: ¿se ha fijado en la oración final de la Santa Misa? En ella prácticamente le pedimos al Señor que «nos deje igualitos» a la Santísima Virgen". Él se quedó un poco sorprendido y extrañado, y me dijo: "¿Cómo? Vamos a ver el Misal para releer esa oración". Entonces buscamos el Misal y releímos la oración. Él se quedó callado y pensativo por unos segundos, luego me miró. "¿Vio que es cierto?", le dije, y él hizo un gesto facial que expresaba al mismo tiempo asentimiento y  desconcierto, pero no dijo nada y la cosa quedó allí. Desde entonces, cada año, al participar en la celebración de esta hermosa solemnidad mariana, recuerdo aquel episodio y se renueva en mi corazón la alegría por tan entrañable "descubrimiento".

 

Bueno, hermano, espero que tú también experimentes esos goces espirituales que el Señor y la Virgen suelen regalar, ya sea al hacer tu oración personal, al leer algún libro de espiritualidad, al participar de la Santa Misa o al leer la Palabra de Dios.

 

Que Jesús y María Santísima te bendigan.

 

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