Acerca de la Fe y la Razón – 01

Acerca de la Fe y la Razón – 01

Por: Rommel Andaluz Arrieche

 

Acerca de la Fe y la Razón - 01

 

La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo.

(San Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et Ratio, párrafo inicial)

 

Tal como afirma Aristóteles al inicio de la Metafísica, “todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”. Y en este mismo sentido San Agustín afirma: “he encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar”. Y es que la inteligencia se nutre de la verdad, no simplemente de opiniones, corrientes de pensamiento, ni mucho menos de ideologías. En efecto, la verdad no es fruto del consenso sino la adequatio intellectus ad rei, la adecuación del pensamiento a la realidad, como bien la definió el Doctor Angélico (Cfr. San Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et Ratio, n. 25).

 

La inteligencia puede conocer la verdad a través del contacto con la naturaleza, del estudio, de la investigación científica y también mediante la fe, pues la fe es una forma de conocimiento. Existen verdades naturales, es decir aquellas que podemos conocer a través de la experiencia o mediante la reflexión intelectual. Sin embargo, existe otro conjunto de verdades que no pueden ser conocidas por la sola luz de la razón y que por superar las capacidades naturales del hombre son llamadas verdades sobrenaturales; estas últimas sólo pueden ser conocidas mediante la fe.

 

El cristianismo enseña fundamentalmente verdades sobrenaturales, pero también algunas verdades naturales (por ejemplo, la existencia de un único Dios personal, la existencia del alma humana y los mandamientos de la ley de Dios). Ya desde sus inicios, el cristianismo se encontró con la necesidad de sentar las bases racionales de las verdades naturales contenidas en el mensaje cristiano, así como profundizar, mediante el uso de la razón, en las verdades sobrenaturales.

 

A lo largo de la historia de las relaciones entre la fe y la razón corresponde un lugar singular a Santo Tomás de Aquino, “no sólo por el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo. En una época en la que los pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosofía antigua, y más concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí. Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación divina. La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los límites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo «ejercicio del pensamiento»; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente” (San Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et Ratio, n. 43)

 

El derrotero filosófico tomado por René Descartes dio inicio a un aparente divorcio entre la razón y la fe, que desafortunadamente se ha visto profundizado por filósofos posteriores a él. Así, pues, las filosofías moderna y contemporánea están fuertemente influenciadas por esta errónea idea. En el mundo de las ciencias naturales y aun de la vida diaria, la manifestación más clara de esta fuerte influencia está en el creciente positivismo que caracteriza nuestros tiempos. Se asume a priori, sin ningún cuestionamiento serio, que sólo pueden alcanzarse verdades si éstas son susceptibles de ser comprobadas mediante la experimentación científica, dejando de lado la reflexión intelectual en torno a realidades que no pertenecen a las ciencias positivas.

 

Es, pues, necesario que tengamos siempre presente que si bien la fe, como tal, no es una filosofía, hay un modo cristiano de filosofar, una forma cristiana de ver la realidad (Cfr. San Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et Ratio, n. 76). Cuando parecen oponerse la fe y la razón, es necesario revisar con honestidad las causas de dicha aparente oposición; para ello conviene descartar la posibilidad de que se haya pretendido extender la interpretación de las verdades de la fe más allá de su propio ámbito, o bien que se esté cayendo en un racionalismo cerrado a la existencia de verdades trascendentes. En muchas ocasiones, no es que el hombre sea realmente incapaz de conocer ciertas verdades sino que teme alcanzarlas y reconocerlas debido a las exigencias que éstas traen consigo.

 

Más adelante espero publicar otras consideraciones en torno a la fe y la razón, con la finalidad de profundizar acerca de las ideas expuestas en este artículo introductorio. Baste con lo dicho –por el momento– para abrir el apetito intelectual sobre este tema.

 

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