Reflexiones sobre los valores morales y cristianos – Parte 4 de 10

Fuente: Catholic.net

 

 

Capítulo 4: Los valores y su clasificación

 

Hemos de administrar la vida sabiamente en el cumplimiento de la misión que Dios nos ha dado y por ello la hemos de construir sobre la roca de sólidos valores. Hoy se habla mucho, y con razón, de vacío de valores, pero muchas veces no se llega a comprender que en el fondo ese vacío proviene del vacío de Dios. Cuando el hombre pierde a Dios, cuando lo desconoce como valor supremo, tampoco alcanza a realizar los valores que no son sino bienes particulares que sólo tienen consistencia en relación a Él. El sentido de la vida y la misión encuadran así el tema de los valores en cuanto que éstos son bienes parciales que encuentran en Dios, bien supremo, su punto de referencia y su fundamento final.

 

Podríamos definir los valores como los diversos bienes objetivos a los que el hombre aspira y que lo perfeccionan como tal.

 

Aunque sin detenerme ahora a fondo, puesto que ello iría mucho más allá del propósito de esta conversación epistolar con ustedes, quisiera hacer una breve referencia al debate en curso entre los moralistas y pensadores católicos sobre la conveniencia del uso del término valor. En efecto, no son pocos los que aseguran que el término valor es ajeno a la gran tradición cristiana y que su uso implica la aceptación implícita de una ética relativista. En su lugar propugnan el retorno al uso generalizado del término virtud.

 

Es cierto que el abandono de un término como el de virtud, tan arraigado en la gran tradición filosófica y teológica de la Iglesia, sería lamentable y que debemos promover con fuerza su renovado uso. Pero ello no implica dejar de lado el uso, también legitimo, del término valor, si por él entendemos, como lo hacemos nosotros, un bien objetivo que la persona no crea por sí misma, sino que más bien reconoce o descubre en la realidad.

 

El término valor así entendido evita el peligro del relativismo y al mismo tiempo se recupera el uso de una palabra que, si bien como tantas otras de tipo ético, puede ser manipulada, sin embargo, ha penetrado ya profundamente en la cultura contemporánea.

 

El mismo Santo Padre, en diversas encíclicas y discursos, ha mostrado cómo es posible dar a dicho término un sentido apropiado, revindicando de este modo el uso del término valor dentro del ámbito de la ética cristiana.

 

Los valores se refieren a todas las dimensiones humanas: a la esfera sensitiva y biológica, a la esfera económica y social, a la esfera propiamente espiritual, y a la esfera moral y religiosa. Dado que estas dimensiones, aun siendo todas ellas partes integrantes y constitutivas del hombre, no lo son del mismo modo, sino que hay en ellas un orden, es posible clasificar los valores, jerarquizándolos según su importancia.

 

En el nivel inferior, se encuentran los valores materiales, dones del Creador que hay que recibir con corazón agradecido. El Padre sabe que de todas esos bienes tenemos necesidad (cf. Mt 6. 32). Pero existe el riesgo de afanarse con exceso por obtenerlos, como si de ellos dependiera exclusivamente la felicidad. Cristo amonestó con claridad a los suyos sobre este peligro y en una sociedad como la nuestra que tiende al consumismo, siempre es útil escuchar la amonestación evangélica al hombre que se dedicó a acumular bienes sin pensar en la salvación de su alma: «Necio, esta noche te será pedida el alma. Y todo aquello que has acumulado, ¿para quién será? Así será de quien acumula tesoros para sí y no se enriquece ante Dios» (Lc 12, 20-21). Apreciando en su justa medida estos valores, hemos sin embargo de recordar que la felicidad no proviene del poseer más cosas, sino de la bondad del corazón, de una conciencia en paz consigo mismo, con los demás y con Dios. Otro valor fundamental es el de la vida humana desde su concepción hasta su muerte.

 

La vida tiene un carácter sagrado, y sólo Dios, que la ha dado, detenta el derecho absoluto sobre ella. Hay que defender la vida en los momentos en que resulta más desprotegida:

 

la vida inocente que se desarrolla en el seno materno, y la vida que se apaga por una enfermedad grave o de modo natural. La Iglesia ha empeñado toda su fuerza moral y espiritual en la defensa del valor de la vida humana, combatiendo enérgicamente el aborto y la eutanasia como crímenes abominables contra la humanidad. Sé que muchos de los participantes en este encuentro están comprometidos de persona en la lucha en favor de la vida. Los animo a seguir con espíritu firme en esta batalla para que las autoridades civiles y la sociedad entera reconozcan este valor fundamental, que es al mismo tiempo un derecho inalienable de la persona humana, cuya negación es un signo de barbarie y de pérdida del sentido de la sacralidad y de la dignidad del ser humano. Pero recuerden que el cambio que se pueda producir en la legislación, siempre ha de ir precedido y será consecuencia del cambio del corazón y de la conciencia de los hombres. Los valores biológicos y psicológicos se refieren a la perfección del cuerpo y de la mente. Un valor humano indudable es el cuidado prudente de la propia salud corporal.

 

El cuerpo es un gran don que Dios nos ha dado y no lo podemos menospreciar. También es importante para el hombre la higiene mental, buscando una vida equilibrada, en donde no falte el ejercicio corporal, y se favorezca la sana psicología, siguiendo aquel ideal clásico de mens sana in corpore sano.

 

Los valores de la inteligencia (la claridad y profundidad de pensamiento, la penetración intelectual, la fuerza rigurosa en la argumentación lógica, la búsqueda sincera de la verdad, etc.) perfeccionan al hombre en cuanto ser dotado de razón. Los valores de la voluntad (la fuerza y solidez de carácter, el dominio de las pasiones e instintos, la constancia en las determinaciones y propósitos, la energía en la decisión, etc.) juegan un papel determinante en la construcción del hombre maduro y responsable. Los valores estéticos o artísticos nos ayudan a captar la belleza o a producirla por medio de obras de arte.

 

Siguiendo la ascensión en esta escala se encuentran los valores morales. El valor moral perfecciona al hombre no en una de sus facultades solamente, sino a la persona como tal. Es aquél que tiene que ver directamente con la bondad o la maldad de los actos humanos. El valor moral está estrechamente relacionado con la virtud, término, como hemos dicho, usado por la gran tradición cristiana y que conserva en la actualidad toda su validez. Sin embargo hay una pequeña diferencia de matices entre virtudes y valores.

 

La virtud es un hábito por el cual el hombre orienta su comportamiento de modo constante y fiel hacia la realización del bien. Mientras que los valores son los bienes objetivos hacia los que tiende el hombre virtuoso.

 

Por ello se puede decir que quien practica la virtud busca y realiza en su vida los valores morales.

 

Los valores morales abarcan una amplia gama de actitudes que regulan el comportamiento de la persona en relación a sí misma: la responsabilidad, la laboriosidad, la autenticidad y la coherencia de vida, la sinceridad, etc. o en relación a los demás: la amistad, la amabilidad, la comprensión, la paciencia, la capacidad de trato y de relaciones humanas, la caballerosidad, la gratitud, los buenos modales, la nobleza y fidelidad a la palabra dada, la compasión, la gratitud, el perdón, la magnanimidad, la hospitalidad y la acogida, la nobleza de carácter, la búsqueda del bien común, la responsabilidad social, la justicia, la solidaridad, etc.

 

Una importancia especial asumen en nuestro tiempo los valores familiares, porque la familia es ante todo escuela de las valores más genuinos y auténticos. Hablamos de la familia fundada sobre la alianza matrimonial, una e indisoluble, del varón y de la mujer, que se abre con gratitud al don de los hijos, como el fruto más precioso del don sincero de sí que hacen los esposos. La familia así entendida constituye una verdadera comunión de personas, cuyo principio interior, su fuerza permanente y su última meta es el amor. Este es el único modelo de familia cristiana. Los otros modelos, que por desgracia quieren tratar de imponerse con creciente fuerza en una sociedad permisivista como la actual, no son conformes a la ley natural ni a la evangélica. Por ello la Iglesia los ha reprobado siempre con el máximo vigor.

 

Dentro de la familia, el ser humano recibe la vida como un don que le es dado en modo gratuito, aprende a amar y a ser amado, a comprender y ser comprendido, a ayudar y ser ayudado. La relación de amor y de amistad que se instaura entre los esposos, y entre estos con los hijos va creando todo un clima propicio para el desarrollo de la personalidad, para la madurez humana y cristiana. Por eso, Juan Pablo II afirma en la encíclica Familiaris Consortio que la familia es «un bien precioso» para la humanidad y para la Iglesia (n. 3), cuya gran tarea es la de custodiar, revelar y comunicar el amor. La familia está esencialmente orientada hacia el amor recíproco de las personas, hacia el don sincero de sí mismos, superando los egoísmos y los puntos de vista personales.

 

Por ello se la define como «comunión de personas»; una comunión que es indisoluble en el amor esponsal, que se sostiene en la mutua fidelidad conyugal y que está puesta al servicio de la vida según los designios de Dios. Por desgracia, los numerosos ataques de que es objeto la institución familiar en nuestros días han causado la disgregación de muchas familias con los sufrimientos morales tan profundos que ello implica para sus miembros. Se han propuesto nuevos modelos sustitutivos de la familia o incluso algunos han llegado a augurar su desaparición. Es preciso, hoy más que nunca, defender la unidad y la belleza de la familia, como un valor precioso para la sociedad y para los individuos. La defensa de la familia se ha de hacer ante todo a través del testimonio de familias unidas, en donde se viva la auténtica comunión, se aprecien los auténticos valores humanos y cristianos, los esposos se amen sacrificada y fielmente, y todos los miembros se nutran de un mismo amor. De este modo las familias serán escuelas vivas de valores donde se forjen los hombres y cristianos maduros del mañana. Todo lo que se haga en favor de las familias será poco, pues ellas son las columnas que fundamentan esa civilización del amor de la que hablaba el Papa Pablo VI. Finalmente en la cúspide de la escala de valores encontramos los valores religiosos que conciernen y regulan las relaciones del hombre con Dios, el fundamento de todos los demás valores.

 

Artículo tomado y adaptado de Catholic.net. El original puede ser visto aquí. Copyright © Catholic.net Inc.

 

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