La madurez humana y el ejercicio profesional

Por: Rommel Andaluz Arrieche | Ene 04, 2018

 

 

Hacia el año 2002, una amiga estaba cursando una maestría bastante rica en contenidos humanísticos. Con ocasión de las materias que cursaba, solíamos intercambiar opiniones sobre temas filosóficos de interés común, vía correo electrónico. En una oportunidad me pidió que le hiciera algún comentario sobre la madurez humana y el ejercicio profesional. La respuesta que le di fue la siguiente:

 

En un correo anterior me hablabas de la valentía, virtud aneja a la fortaleza. En esta ocasión, a modo de introducción al tema que nos ocupa quisiera hacer un breve comentario acerca de otra virtud aneja a la fortaleza: la paciencia, la cual considero una de las más difíciles de practicar.

 

Toda persona ha de esforzarse en adquirir y crecer en las virtudes a lo largo de la vida, pero hay que reconocer que la paciencia es –por así decirlo- una virtud propia de personas mayores. Quizá el término “mayores” debería sustituirse por “maduras”, pero vamos, es más frecuente que las personas mayores sean maduras a que lo sean los jóvenes.

 

Ahora bien, ¿por qué es tan difícil practicar la paciencia? La respuesta a esta pregunta no es sencilla. Por ello, me limitaré sólo a esbozarla. Vamos a ver, la fortaleza es la virtud cardinal mediante la cual arrostramos las dificultades y peligros asociados a práctica de un bien arduo, venciendo el temor que nos causa el esfuerzo por su búsqueda; y también, nos hace resistir los males y adversidades que padecemos sin desanimarnos.

 

Si te fijas con detenimiento, notarás que es más fácil arrostrar un peligro o dificultad que has previsto –como ocurre con la valentía–, que soportar con entereza y buen ánimo los males o situaciones exigentes que se nos presentan inesperadamente; y esto es lo propio de la paciencia, ¿lo ves? Por eso la considero más difícil de practicar. Es claro que sobrellevar dificultades requiere un particular señorío de sí mismo que no es fácil de adquirir, sino que es fruto de una verdadera madurez humana, de lo que podríamos llamar una «vida cuajada». Pienso que así se entienden aquellas palabras de Nuestro Señor: con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas (Lc 21, 19). Claro, quien es paciente es señor de sí mismo, es decir posee su alma. Basten estas breves consideraciones introductorias en torno a la paciencia y pasemos a hablar de la madurez profesional.

 

Pues bien, siguiendo el hilo de los párrafos precedentes explicitaré una de las frases que usé: «vida cuajada». Esta expresión hace referencia a un proceder –en este caso, en el ejercicio profesional– en la cual se han ido asentando conocimientos y experiencias que van dejando poso en el alma y que, casi sin saber cómo, se entrelazan hasta formar un verdadero tramado, esto es, fraguan, cuajan. De esta manera nos hacemos capaces de ver las mismas realidades de siempre en nuestro trabajo desde muchas perspectivas, alcanzando así una visión más profunda de nuestra profesión. Entonces también descubrimos qué aspectos nos gustan más de ella y en cuáles tenemos más destreza; con ello discernimos más finamente aquello a lo que debemos dedicarnos de manera especial en nuestra tarea, el ámbito específico en el que debemos desarrollarnos.

 

Como es lógico, la madurez de la que venimos hablando no se limita únicamente a la acumulación de experiencias laborales y de conocimientos científicos y técnicos altamente especializados, que debemos esforzarnos siempre en adquirir al mayor nivel que podamos, sino que también se refiere a un aumento efectivo de nuestra cultura general, pues es esta última la que posibilita esa fragua, ya que asegura la integración de los conocimientos que se tienen, dando como resultado una perspectiva muy superior a del que sólo domina la ciencia a la que se dedica. No en vano dice Aristóteles que cada cual juzga acertadamente de lo que conoce, y de estas cosas es buen juez. Pero así como cada asunto especial demanda una instrucción adecuada, juzgar en conjunto sólo puede hacerlo quien posea una cultura general (Etica Nicomaquea, Libro I, Cap. III). A veces la madurez trae consigo cambios de rumbo en el ámbito profesional, otras veces reafirmación en el que ya se venía andando. Lo importante es que el camino que sigamos sea fruto de un actuar consciente, no de la simple inercia.

 

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Espero que estas breves consideraciones te sean de utilidad, amigo lector.

 

Que el Señor y la Santísima Virgen María te bendigan y acompañen siempre. Amén.

 

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