Taller sobre la Vocación Fundamental del Ser Humano al Amor Verdadero (2011)

 

Dictado por: Rommel Andaluz Arrieche

Basado en los capítulos 1 y 3 del libro “Visión del Hombre. LA ENSEÑANZA DE JUAN PABLO II”, de Rafael Tomás Caldera.

 

A continuación, se presentan los mencionados capítulos.

 

CAPÍTULO 1: VISIÓN DEL HOMBRE

 

El dominio creciente del hombre sobre la naturaleza lo ha expuesto simultáneamente a mayores amenazas. Todo aumento de poder sobre las cosas, por virtud de la ciencia y de la técnica, es también un aumento de poder de unos hombres sobre los demás. Y el auge del poder no implica la garantía de su buen uso. Al contrario, trae consigo múltiples tentaciones. En todo caso, se han ampliado los límites de lo posible y el peso de la vida reposa en grado mayor sobre la conciencia.

 

“El hombre contemporáneo —dice Juan Pablo II— tiene pues miedo de que con el uso de los medios inventados por este tipo de civilización, cada individuo, lo mismo que los ambientes, las comunidades, las sociedades, las naciones, puede ser víctima del atropello de otros individuos, ambientes, sociedades. La historia de nuestro siglo ofrece abundantes ejemplos” (1).

 

El optimismo que dio a luz la civilización tecnológica ha traído, como la sombra de su cuerpo, una desesperanza, a veces abrumadora, disimulada con frecuencia bajo un sonriente hedonismo. Paradójicamente, el aumento del poderío humano ha engendrado en muchos el sentimiento de que la humanidad está en un proceso inexorable, dotado de una dialéctica propia, autónoma, que nos lleva a la catástrofe.

 

Y así, el hombre “vive cada vez más en el miedo” (2) a lo que pueda hacer el propio hombre.

 

1. La antropología del Concilio

 

Más que nunca, se hace necesario restituir la visión del pleno sentido de la vida humana. Devolver a la sabiduría su lugar en la sociedad de los hombres, para que el hombre pueda conocerse y orientar mejor el uso de los recursos que su trabajo le ha proporcionado.

 

De allí que, en un importante mensaje al mundo universitario, con ocasión de su visita a la América Central, el Papa Juan Pablo II, con plena valoración y pleno respeto por la condición de universitario, formulara la siguiente invitación: “En la plenitud de su justa autonomía y en medio de contextos jurídicos y civiles que no pueden ser los del pasado, las universidades pueden tener no poco interés en considerar con atención y más a fondo la riquísima antropología que el Concilio Vaticano II ha madurado y expresado para los tiempos modernos, en documentos inspiradores como la Constitución Gaudium et spes, que se presenta como una respuesta no sólo a las esperanzas, sino también a las angustias del hombre moderno, sediento, quizá como nunca en la historia, de liberación y de fraternidad” (3).

 

Por su nativo compromiso con la verdad, la universidad puede cumplir un relevante papel en la restauración del auténtico humanismo. Pero decir ‘universidad es decir también los hombres de pensamiento, los focos activos de cultura en cada país, todos aquellos que pueden contribuir a hacer presente la verdad en la sociedad de hoy.

 

“Solamente la antropología fundada sobre el amor m condicional del hombre y sobre el respeto de su destino trascendente —añadió— permitirá a las presentes generaciones superar las crueles divisiones y luchar contra las indignidades físicas, morales y espirituales que deshonran actualmente a la humanidad” (4), pesando gravemente sobre su futuro. Por ello, hablando de los signos de los tiempos, en una alocución a la Comisión Teológica Internacional, el Santo Padre insistía: “El primero de estos signos es la enorme necesidad de un estudio más atento de la misma doctrina del Concilio Vaticano II sobre este tema [los derechos y la dignidad de la persona humana], y de manera particular en la Constitución Pastoral Gaudium et spes” (5).

 

Intentemos pues un primer acercamiento a esta enseñanza sobre el hombre, siguiendo la guía del propio Juan Pablo II quien, fiel a su programa de “actuar la doctrina del gran Concilio” (6), la ha ido glosando y desarrollando en sus Encíclicas, en sus discursos y homilías por todo el mundo, en la catequesis de los miércoles en San Pedro, en las Exhortaciones Apostólicas post-sinodales y en algunos otros documentos de importancia, como su Carta Apostólica sobre el sufrimiento y su Carta a los jóvenes del mundo con motivo del Año Internacional de la Juventud.

 

Ante todo, hemos de fijar con algunas líneas maestras como una visión panorámica de la doctrina, que permita situar luego el análisis de sus capítulos principales y captar mejor su sentido.

 

En Cristo Jesús

 

La clave fundamental, primera en importancia, para comprender al hombre, se lee en la Gaudium et spes, número 22:

 

“En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.

 

Fiel a su amor por la humanidad, patente en la misma creación del mundo, Dios no abandona al hombre que se había separado de El por el pecado, en los albores de la historia. Su amor, sin el cual ninguna creatura podría subsistir (Cfr. Sab 11, 25), “no retrocede ante nada de lo que en El mismo exige la justicia” (7). Y nos envía un Redentor. Es una nueva revelación, más plena, del mismo amor divino: “y tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo” (8).

 

Así, Cristo, en su persona, en su acción, en todas sus palabras y en su sufrimiento, nos hace particularmente cercano a Dios. El Hijo Unigénito nos ha hecho conocer (Cfr. Jn 1, 18) a Quien la humanidad entera buscaba como “a tientas” (He 17, 27).

 

Tal es entonces el punto de partida: el hombre, que experimenta múltiples limitaciones”, pero “se siente ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior”; que, “más aún, débil y pecador, no es raro que haga lo que no quiere y que no haga lo que quisiera hacer” (9), es amado por Dios en Cristo.

 

Su destino está ligado a Cristo, por quien y en quien el hombre se une con Dios. Porque Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, “con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (10). Se ha hecho camino para que el Señor pueda ser alcanzado desde toda situación humana. Es el centro de la historia (11).

 

La revelación de Cristo y su acción salvífica comportan, pues, al mismo tiempo, una dimensión divina y una dimensión humana (12). Satisface a la justicia divina, restaura a la persona humana.

 

Por eso, “el hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe ‘apropiarse’ y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo” (13).

 

Se cumple en Él lo que había entrevisto y a lo que aspiraba la sabiduría antigua: alcanzar la plena dimensión de la humanidad en la búsqueda de Dios, fundamento del ser y medida trascendente, y en la tensión hacia Dios, bien supremo y fuente de vida inmortal (14).

 

Vista la primera clave hermenéutica de esta antropología integral, pasemos ahora a la consideración de la persona humana, de su valor y de cómo se concibe su realización a partir de la verdad que nos ha sido dada en Cristo.

 

2. La vocación fundamental

 

La primera gran tesis es ésta: la vocación del hombre es el amor. No la técnica ni la magistratura ni la ciencia ni las artes ni la economía ni la milicia. Sino, en todo eso y por encima de todo eso, el amor:

 

Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza (Cfr. Gén 1, 26 s.): llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.

 

Dios es amor (1 Jn 4, 8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión (Cfr. GS, 12). El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (15).

 

Es posible que al leer ese texto, experimentemos una sacudida de sorpresa. Estamos tan acostumbrados a pensar la realización del hombre en otros términos, por ejemplo, en términos del progreso de la ciencia o de la técnica, del desarrollo de la capacidad creativa de la persona; o en términos de éxito en la vida social; estamos tan habituados a pensar así, que si nos dicen simplemente que la vocación y la plenitud del hombre están en el amor, puede resultarnos sorprendente.

 

Pero, afirmada esta primera tesis, hay que pensar enseguida en cómo se integran con ella los otros datos que conocemos acerca del hombre o —si se prefiere— en cómo se despliega efectivamente esta vocación al amor en las dimensiones fundamentales de la existencia humana.

 

Por lo pronto, refiriéndose a la historia del pecado y de la salvación puede decirse que precisamente porque la vocación innata del hombre es el amor, su gran tentación es el desorden en el amor. Y que la gran disyuntiva que se presenta a cada uno en el tiempo de su vida es —como lo formuló San Agustín— o amarse a sí mismo hasta el desprecio de Dios o amar a Dios (y al prójimo) hasta el desprecio de sí mismo.

 

Porque, en uso de su libertad, que es atributo esencial de la persona, el hombre hace lo que quiere. Y quiere, en definitiva, lo que ama. De tal modo que, por una parte, lo que configura su vida —su personalidad— es el objeto de su amor y que, por la otra, el amor mismo viene a ser la realización de la libertad, su cumplimiento.

 

Darse y encontrarse

 

Pero, el amor es benigno, no busca el propio interés, es servicial (Cfr. 1 Cor 13, 4-7). El amor es efusivo, busca darse. El amor hace de la persona misma un don. Esta es una segunda tesis antropológica, que complementa la primera, precisando su sentido:

 

“El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (16).

 

Cristo se ha entregado por amor y para manifestar el amor del Padre (Cfr. fn 3, 16). Precisamente, por su amor —al Padre y al hombre, a quien ama con el amor del Padre— nos ha unido de nuevo a Dios. Y “Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y el servicio” (17), esto es, que el amor pleno actúa el don de la persona. Cristo nos enseña el amor esponsal (18).

 

Porque el amor no es un mero sentimiento de benevolencia, simpatía, agrado; ni una mera afirmación y adhesión a valores abstractos. El amor es una realidad personal, llamada a realizarse como unión de personas que mutuamente se dan y que buscan con su donación el bien de la persona amada. El amor, en su sentido pleno, se realiza como comunión de personas, a imagen de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, misterio de amor personal subsistente.

 

Sólo en el don sincero de sí se actúa el amor y encuentra el hombre la plenitud a la que es llamado por su mismo ser. El camino de la realización personal es el camino de este amor en el cual la persona se entrega completamente: completamente a Dios, sobre todas las cosas; completamente al cónyuge en la comunidad familiar. Entregarse a sí mismo para encontrarse a sí mismo. Porque el que se entrega como un don recibe al mismo tiempo en don la entrega de las otras personas, en su aceptación y en su efusión amorosa.

 

¿No hemos constatado en la experiencia cotidiana que el pecado, precisamente ese pecado que llamamos egoísmo, no reconoce ningún regalo, no se siente deudor de gratitud ante nadie, gratitud ni pequeña ni grande, porque le parece que a él todo lo es debido, que todo lo obtiene por sus merecimientos, por su talento, por su simpatía, por su belleza? Hay como una especie de cerrazón del hombre egoísta a ver que el sentido más hondo de su propia existencia, de la creación visible, de las personas todas, es el de ser dadas por el Creador como un don de amor que el hombre tiene que acoger en amor. En el sentido de la Nueva Alianza está el que podamos ver de nuevo al mundo como un don recibido de Dios, no como algo hostil o como simple material para nuestros proyectos de dominación. Por eso, cuando el hombre, penetrado por la fuerza del amor, no sólo se entrega sino también recibe todo como un don, entonces encuentra el sentido de su propia existencia.

 

Si aplicamos por un momento esta doctrina a uno de los aspectos que comporta —desarrollado por Juan Pablo II en su catequesis—, la relación entre el hombre y la mujer en el matrimonio, podrá verse hasta qué punto es exacta y profunda esta visión de la existencia. Cuando la mujer se da al hombre en el amor conyugal —o el hombre a la mujer—, se da enteramente, en su cuerpo y en su espíritu. Cuando es acogida, por eso, lo es como persona y en toda la verdad de su ser. Por tanto, tal como Dios la quiso desde el comienzo —como dice el texto citado de la Gaudium et spes: es amada por sí misma.

 

La mujer que es recibida en amor en el matrimonio, el hombre que es acogido en amor en el matrimonio, son amados por sí mismos. Por eso, allí, sin buscarse a sí mismos, entregándose, es cuando por vez primera empiezan a encontrarse a sí mismos. Ley paradójica del amor según la cual buscando darnos, dándonos efectivamente, hallamos nuestra plenitud. También ha aplicado el Papa esta doctrina a la comprensión de la misericordia entre los hombres. Misericordia es el amor que sale al paso de la debilidad humana y le pone remedio. Cada vez que alguien nos ayuda en nuestra ignorancia, en nuestra debilidad, en nuestra enfermedad, y remedia esa insuficiencia nuestra, ese amor es misericordia. Un amor que sabe sacar del mal un bien.

 

Mas no sólo en el hacer misericordia hay un don, sino también en recibirla. La persona que acoge la ayuda que el otro le proporciona con amor está al mismo tiempo permitiéndole que se realice en la realización de su importante servicio. Por ello, en la misericordia, tanto si se es sujeto activo o pasivo de la relación, se está cumpliendo la misma ley: la realización de la persona en el don del amor.

 

Al ver ahora el hondo significado de estas tesis antropológicas fundamentales, ¿no comenzamos a penetrar mejor en el mensaje de salvación? Porque “la dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre” (19).

 

La vocación fundamental e innata del hombre es el amor y el hombre tiene la posibilidad efectiva de realizar esta vocación porque —en Cristo Jesús— Dios ha dado de nuevo al amor su fuerza original en el corazón del hombre. Somos capaces de amar. Somos capaces de realizarnos en la plena realidad del don personal en el amor.

 

3. Las dimensiones de la vocación

 

¿Cómo se realiza la vocación del hombre al amor? Conocemos el sentido esencial de la respuesta: en Cristo Jesús, por quien el amor recobra su virtud originaria y se hace capaz del pleno don de sí —amor esponsal— y en quien todo lo humano recto recobra su orientación a Dios. Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre…” (20).

 

Ahora bien, como la ha expresado el Concilio Vaticano n en la Constitución Lumen Gentium (21), la participación en Cristo comporta una participación específica en la triple misión o triple oficio (tria munera) profético, sacerdotal y real de Cristo. Esta es una segunda clave hermenéutica de la antropología del Concilio.

 

La vocación del hombre al amor se despliega entonces en una triple dimensión —profética, real, sacerdotal—, dada por una triple dirección en su actividad: hacia sus semejantes, de comunicación, en la dimensión del oficio profético; hacia abajo, de dominio de las cosas, en la dimensión del oficio real o regio; hacia lo alto, de ofrecimiento y mediación, en la dimensión del oficio sacerdotal.

 

En estas dimensiones expresadas en la doctrina sobre la triple misión de Cristo “arraiga la problemática del hombre” (22). A la dimensión profética pertenece la relación del hombre con la verdad; a la dimensión regia, su trabajo; a la sacerdotal, el sacrificio y, en particular, el misterio de su sufrimiento. Todo ello será objeto de tratamiento detallado en los capítulos siguientes. Veamos ahora brevemente el sentido de la problemática del hombre en relación con cada uno de estos tres oficios, para lograr la visión de conjunto.

 

Y primero, el oficio profético.

 

Dar testimonio de la verdad

 

“Tiene razón el hombre —dice la Gaudium et spes—, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material” (23). El hombre trasciende el universo material, al cual en cierta forma contiene v dentro de sí por la inteligencia. Por ello es superior al conjunto de las cosas. Lo cual quiere decir también que la realización del hombre no está entre las cosas; que la ley de toda civilización verdaderamente digna de ese nombre es que las cosas estén sometidas a las personas y no las personas a las cosas. Una civilización del ser, no del tener.

 

Por otra parte, ello señala que el hombre pertenece a la verdad. “La verdad —dice el Papa en su Carta a los jóvenes—, es la luz de la inteligencia humana. Si desde la juventud la inteligencia humana intenta conocer la realidad en sus distintas dimensiones, esto lo hace con el fin de poseer la verdad: para vivir de la verdad. Tal es la estructura del espíritu humano. El hambre de verdad constituye su aspiración y expresión fundamental” (24).

 

Precisamente, Cristo, que vino para dar testimonio de la verdad (Jn 18, 37), que es la Verdad misma (Jn 14, 6), lo ha puesto particularmente de relieve. Continúa el texto de la Carta: “Cristo dice: ‘Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’ (Jn 8, 32). De las palabras contenidas en el Evangelio, éstas ciertamente están entre las más importantes. Se refieren, en efecto, al hombre en su totalidad. Explican el fundamento sobre el que se edifica desde dentro, en la dimensión del espíritu humano, la dignidad y la grandeza propias del hombre” (25).

 

La existencia humana ha de realizarse en la verdad, lealmente buscada, contemplada en el corazón, aceptada con gozo como el mayor tesoro del espíritu humano, atestiguada con palabras y con obras ante los hombres” (26). De tal modo que puede decirse que, a imagen de Cristo, “cada hombre nace en el mundo para dar testimonio de la verdad según su vocación particular” (27).

 

Dominar la tierra

 

Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene” (28), se lee en la Gaudium et spes, en el capítulo sobre la actividad humana en el mundo”.

 

Superior a las cosas por su inteligencia, el hombre puede dominarlas, esto es, orientarlas a propósitos humanos para lograr para sí mejores condiciones de vida e instaurar una civilización en la cual se cultive cada vez más la humanidad del hombre.

 

La pertenencia del hombre a la verdad asegura el fundamento de su participación en la función real de Cristo.

 

Ello tiene ya una primera manifestación en el conocimiento que el hombre adquiere de su superioridad sobre las cosas. Y que, por tanto, no adore a las fuerzas de la naturaleza, sino sólo al Dios verdadero, “en espíritu y verdad” (Jn 4, 24). Y se manifiesta de modo particular en la realidad cotidiana de su trabajo, en el cual “no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo” (29). Pero esto será objeto de amplio desarrollo más adelante, en capítulo aparte, siguiendo la encíclica Laborem exercens de Juan Pablo II.

 

Mas “si la finalidad del trabajo (…) permanece siempre el hombre mismo” (30), la finalidad del hombre es Dios. La actividad humana alcanza su coronamiento y plenitud en la dimensión del oficio sacerdotal, en el cual todo hombre —en Cristo— es hacia Dios.

 

Ser hacia Dios

 

El hombre, en efecto, no sólo trasciende el mundo de las cosas y lo domina por su inteligencia, ordenada al conocimiento de la verdad, sino que trasciende también el tiempo y la muerte.

 

Tocamos aquí uno de los lugares mayores de toda antropología, cuyo sentido depende en definitiva de la respuesta que pueda darse al interrogante sobre la muerte: ¿se agota la vida humana, y su sentido, en un más acá de la muerte? ¿Tiene el hombre un destino más allá de la muerte?

 

Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de la miseria terrestre (…) Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte” (31).

 

Porque el destino del hombre está en la unión con Dios —al cual pertenece doblemente, por creación y por redención—, más allá de la presente vida en el tiempo, hay desde ahora en la existencia una dimensión vertical, ascendente, en la que cada una de nuestras acciones se refiere a Dios y cada momento del tiempo adquiere consistencia. Es la dimensión en la cual participamos del oficio sacerdotal de Cristo.

 

El sentido del sacerdocio es el ofrecimiento del mundo y del hombre a Dios. En sentido pleno, la participación en la única e irreversible devolución del hombre y del mundo al Padre, que El, Hijo eterno y al mismo tiempo verdadero hombre, hizo de una vez para siempre” (32), consumando su sacrificio en el Calvario. Este es el fundamento de todo sacerdocio cristiano. También del sacerdocio común de los fieles quienes, unidos a la acción sacerdotal de Cristo, pueden referir todas sus actividades cotidianas a Dios, como ofrenda agradable.

 

Es la cima de la existencia humana, donde el hombre alcanza, “mediante la tensión hacia Dios”, la plena dimensión de su humanidad (33). El hombre es un ser en camino, llamado a la unión con Dios. El sacerdocio es la dimensión de eternidad de la existencia humana.

 

De allí el lugar irremplazable de la oración, “elemento constitutivo de la existencia humana en el mundo, que es ‘ser hacia Dios ” (34). Elevar la mente a Dios, abrir el corazón y la conciencia ante Aquel que nos conoce mejor que nosotros mismos, hablar con El (35). La oración que “al mismo tiempo es una especie de ‘ser en las dimensiones de Dios’, un ‘sumergirse’ —humilde, pero valientemente— en las profundidades del pensamiento de Dios, de su misterio, de sus designios” (36). La oración que “es, finalmente, en cierto modo, un ‘tocar’ la fuente misma del poder divino: la voluntad y la gracia” (37).

 

Y junto a la oración, el sacrificio. El don de sí en el sufrimiento está unido con el sacrificio propio, con su entrega al Padre” (38), consumada “sobre el altar de la Cruz”. En la dimensión del oficio sacerdotal, se rescata el sufrimiento humano que encuentra sentido en la tensión de amor hacia Dios y, purificándola, afianza el valor de la existencia.

 

Triple misión —Profética, Real, Sacerdotal— de Nuestro Señor Jesucristo. Triple dimensión de la existencia humana, según las direcciones en las cuales el hombre despliega su actividad y actúa su vocación al amor. Todo ello permite hablar, por último, de una civilización renovada.

 

Renovar la civilización

 

Las claves hermenéuticas y las tesis antropológicas examinadas permiten comprender y juzgar los procesos de civilización, para preservar su originario sentido de afirmación del hombre.

 

Así, la libertad, la educación, el trabajo y la vida familiar, la ciencia, las artes, la técnica, la vida económica, la política, las relaciones entre las comunidades y los pueblos. Todo resulta iluminado por esta verdad sobre el hombre que el Concilio ha expresado de nuevo para nuestra época y de la cual Juan Pablo II es portavoz elocuente e infatigable.

 

Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. (39). Vocación al amor personal, que se despliega en la triple dimensión del ámbito de la participación en Cristo, donde todo lo humano es aclarado, restaurado, elevado.

 

Pero es necesario completar esa tarea, asimilando efectivamente la antropología del Concilio, para poder renovar la civilización entera. Porque “no se trata aquí solamente de dar una respuesta abstracta a la pregunta: quién es el hombre; sino que se trata de todo el dinamismo de la vida y de la civilización” (40).

 

Es una tarea ingente, que reclama el concurso de muchas inteligencias y de muchas voluntades. Que reclama lucidez, empeño, generosidad.

 

Pero es, al mismo tiempo, vina tarea imprescindible. En medio de las dificultades del tiempo presente, cuando un materialismo práctico hace que el hombre se pierda entre las cosas, obra de sus manos, y se sienta amenazado en su existencia y cada vez más manipulado en su conducta, se requiere una afirmación nítida, vigorosa, concreta, vital de la dignidad y el valor de la persona.

 

Ha de hacerse patente de nuevo ante muchos la revelación —en Cristo— del amor divino “fuente última del sentido de todo lo existente” (41), que asegure el valor del hombre: “¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha ‘merecido tener tan grande Redentor’, si ‘Dios ha dado a su hijo’ a fin de que él, el hombre, ‘no muera sino que tenga la vida eterna’ (Cfr. Jn 3, 16)!” (42).

 

Junto con “ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre” (43), que deriva de la contemplación del amor de Dios en Cristo, se afianza el convencimiento acerca del auténtico sentido del progreso. Se ve con claridad que “el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” y que “cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos” (44) que puedan realizar.

 

Advierte el Papa, sin embargo, que “esta doctrina ore el problema del progreso y del desarrollo —tema dominante en la mentalidad moderna— puede ser en tendida únicamente como fruto de una comprobada espiritualidad del trabajo humano, y sólo en base a tal espiritualidad ella puede realizarse y ser puesta en práctica” (45).

 

Se trata de introducir un principio de vida, no unas .ideas, que renovando las mentalidades y los corazones, “-nueve también la civilización. Para que la vida social entera, lejos de ser obstáculo o amenaza, ayude en verdad a cada hombre a alcanzar su madurez en el amor. A pesar de las limitaciones y de las deficiencias.

 

Sólo el Espíritu da vida (Cfr. Jn 6, 63) y renueva la faz de la tierra. En Él está “la respuesta a todos los materialismos’ de nuestra época” (46).

 

A través de la historia y por medio del amor y la solidaridad en la tierra se prepara en definitiva lo que será verdaderamente una civilización del amor, el Reino mesiánico. Cuando el hombre nuevo, después de la muerte y de la resurrección, entre en la tierra nueva que Dios le tiene preparada y pueda vivir en plenitud.

 

 

CAPÍTULO 3: LIBERTAD, MADUREZ Y AMOR NUPCIAL

 

“En su infinita misericordia —dijo Juan Pablo II en Montalbán—, el Padre Eterno ‘nos ha bendecido con toda clase de bendiciones’ por el misterio de la Encarnación, en la persona de Jesucristo, el Hijo del Hombre que se hace niño, que viene al mundo como un recién nacido en el seno de una Familia. De esta manera, toda familia humana, a ejemplo de la Sagrada Familia de Belén y Nazaret, está llamada por Dios a ser santa e inmaculada en Cristo Jesús (Cfr. Ef 1, 4)”. Añadiendo enseguida: “Mas para que la santidad de la familia sea preservada, la Iglesia ha de continuar predicando la verdad sobre el matrimonio cristiano y la familia, inscrita por Dios en el corazón del hombre y revelada en Cristo en toda su profundidad” (1).

 

El designio salvador —santificador— de Dios, manifestado en la Encarnación, comporta por eso mismo la santificación de la familia. Pero, para alcanzar y preservar esta santidad de la familia es condición necesaria recordar, comunicar, la verdad sobre el matrimonio y la familia, doblemente expresada (2): inscrita en el corazón humano desde el principio; revelada en la palabra de Cristo cuando llegó la plenitud de los tiempos (Gál 4, 4).

 

Por la comunicación de esta verdad, se restaura la visión original que el hombre tuvo, perdida por el pecado, en la cual aparecía con claridad ante sus ojos que su destino era de amor y de donación mutua y a Dios. Recordar, entonces, la verdad acerca de la familia nos hará libres (Cfr. Jn 8, 32) para poder hacer de la vida de familia un camino de santidad, esto es, de unión con Dios.

 

¿Cuál es esta verdad acerca de la familia, que está inscrita en nuestros corazones y que nos permitirá alcanzar la libertad del amor?

 

“El punto de partida de la doctrina eclesial en este campo —continúa el Papa— está en el concepto del amor conyugal entendido en toda su verdad. Se trata del amor en cuanto comunión interpersonal de los cónyuges, que se entregan mutuamente en cuerpo y alma. Este amor interpersonal auténtico, base de toda la vida conyugal y familiar (Cfr. GS, 48), es el que vosotros, queridos esposos, habéis de custodiar e incrementar” (3).

 

Nos toca pues volver los ojos a la realidad del amor interpersonal, para penetrarnos de su verdad, que está en el núcleo del ser y el valor de la familia. Por lo tanto, en el núcleo de lo que la familia está llamada a ser: su vocación.

 

En la exposición del tema veremos, primero, la vocación del hombre al amor; segundo, la relación entre el matrimonio y la virginidad, donde se manifiesta la libertad del don; tercero, la familia como inmunidad de personas, con su servicio a la vida y al desarrollo de la sociedad.

 

1. Vocación del hombre al amor

 

El hombre —escribe el Papa en su encíclica sobre El Redentor del hombre— no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, 5: no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y o hace propio, si no participa en él vivamente” (4).

 

Ese párrafo articula una profunda experiencia, recoge lo que la historia de la humanidad testimonia acerca de la plenitud humana. Si el hombre no descubre en su vida el amor, como posibilidad que le es dada; si no se descubre amado y, a la vez, capaz de amar ve que su vida carece de sentido. Porque se siente irrelevante, sin valor, de sobra en el universo. Si no experimenta el amor y lo hace propio, si no participa en él, siente que su vida puede ser funcionalizada, usada como instrumento para algún propósito que nada tiene que ver con su propia realización.

 

Al mismo tiempo, se ve allí cómo se revela, en los momentos de la experiencia, la naturaleza misma del hombre, la ley inscrita en su corazón desde el principio: su vocación al amor. “Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza (Cfr. Gén 1, 26s): llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor (1 Jn 4, 8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión (Cfr. GS, 12). El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (5).

 

La verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro — capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece de sentido.

 

Por ello, al hablar de la madurez humana, dirá Juan Pablo II: “Humanidad madura significa pleno uso del don de la libertad, que hemos obtenido del Creador, en el momento en que El ha llamado a la existencia al hombre hecho a su imagen y semejanza”. ¿Y cuál es —preguntamos— el pleno uso del don de la libertad, recibido del Creador? —”Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio. Para tal ‘libertad nos ha liberado Cristo’ (Gal 5,1; 13) y nos libera siempre” (6).

 

Vemos de este modo la íntima trabazón entre esas nociones —realidades— humanas fundamentales: libertad, madurez, amor, que el mensaje de Cristo pone de manifiesto. El hombre es libre. Es decir, es un sujeto, y no simplemente objeto, entre las cosas de la creación visible. El hombre se autodetermina, labra su vida. Por ello, responde por sus acciones y, a través de sus acciones, responde con lo que él mismo va llegando a ser por su autodeterminación.

 

Esta capacidad de autodeterminarse, sin embargo, es libertad y no sólo libre albedrío cuando el hombre decide en virtud de una percepción íntima de los valores. Esto es, cuando decide escogiendo lo que ve como bueno en sí mismo. Cuando sus ojos se abren a la captación del bien —no simplemente a lo útil o lo placentero— y responde al bien con el homenaje de su amor. En ese momento no sólo escoge, prefiere, sino que escoge con pleno dominio de sí. El valor lo invita, no lo presiona. En toda otra situación, su escogencia puede estar más o menos condicionada por el medio, más o menos dictada por la necesidad. En este sentido, el amor resulta —desde el punto de vista antropológico— la apertura de la libertad. Sólo es verdaderamente libre quien ama.

 

El pleno uso de la libertad será entonces no simplemente decidir sobre nuestra conducta, ejecutar algunas acciones, hacer algún bien a los demás, sino aquel acto en el cual el amor alcanza su plenitud, el punto en el cual la persona se da a sí misma por amor.

 

Estamos invitados a amar al prójimo por el mandamiento de la caridad. Amamos, incluso con un amor espontáneo, a nuestros familiares, a nuestros allegados y compatriotas. Pero no en todos esos casos o, mejor, propiamente en ninguno de esos casos comunicamos verdaderamente todo el bien de la persona en un acto de amor. Sólo en el amor nupcial se entrega la persona totalmente en un acto de amor.

 

Por eso, cuando la persona se entrega en espíritu de amor nupcial es cuando ejerce enteramente la libertad y cuando alcanza la plena madurez personal.

 

El conocimiento de esta realidad, por otra parte, ha de tener una aplicación inmediata en la educación de los hijos que es, sobre todo, un educar para la madurez humana. Educar verdaderamente a un hijo es prepararlo para el ejercicio de la libertad. Prepararlo para que sea capaz de entregarse a sí mismo por amor. Sin ello, toda otra instrucción no alcanzaría el nivel del verdadero destino humano. La educación moral es así el meollo de la educación de una persona humana. Una educación moral que, sin limitarse a la transmisión de preceptos más o menos externos, conduce a la persona al umbral de su conciencia y de su libertad.

 

2. Matrimonio y virginidad

 

Para penetrar más hondamente en el significado de este don de la persona, es preciso ver que puede llevarse a cabo tanto en el matrimonio como en la virginidad:

 

La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concreción de la verdad más profunda del hombre, de su ‘ser imagen de Dios” (7).

 

El pleno uso del don de la libertad, que tiene lugar cuando la persona se comunica enteramente por amor, se lleva a cabo en dos formas básicas que, a pesar de su aparente diferencia, son análogas en su fundamento. La entrega en amor nupcial del hombre a la mujer y de la mujer al hombre, tal como el Creador los entregó el uno al otro en el Jardín del Edén; la entrega de una persona humana a Dios, en espíritu de amor nupcial, en la virginidad y el celibato por el Reino de los cielos. En ambos casos, hay un don de sí completo, irrevocable, libre.

 

En ambos casos, también, el don se apoya en el designio del Creador que, al crear al hombre a imagen suya, misterio de comunión personal, lo ha llamado al amor interpersonal. Por eso, así como la sexualidad “se realiza de modo verdaderamente humano, solamente ruando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte” (8) y este don total está referido al Bien total que convalida el valor de la persona (9); así la entrega completa por caridad de la vida de un hombre por la vida de otro —como Maximiliano Kolbe en el campo de concentración— pasa por la consagración del amor a Dios, donde el amor fraterno alcanza su sentido irrevocable.

 

La virginidad, por otra parte, pone de relieve la grandeza y el valor del matrimonio. A este propósito, el Papa trae a colación un texto de S. Juan Crisóstomo, que al mismo tiempo nos hace ver la constancia de la tradición cristiana a este respecto: “En efecto, dice acertadamente San Juan Crisóstomo: ‘Quien condena el matrimonio, priva también la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece un bien solamente en comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aún que bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado superlativo'” (10).

 

Sobre todo, la virginidad y el celibato confirman la grandeza del matrimonio al poner de manifiesto la plena libertad del don. Lo cual es de suma importancia para la santidad de la vida matrimonial. “Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer, por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación —la de renunciar al matrimonio por el Reino de los cielos—, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aún más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado esponsalicio” (11).

 

La realidad de la entrega a Dios en la virginidad subraya la plena libertad del don de amor entre los cónyuges. La unión conyugal no es entonces fruto de la concupiscencia, caso en el cual no sería plena realización del don de la libertad, ni conducente a la humanidad madura, ni medio para unirse con Dios. Es precisamente porque la entrega en libertad está en el núcleo mismo del amor conyugal, que el matrimonio puede ser promesa del bien humano y camino de santidad. Pero, que este don libre está en las capacidades del hombre, lo muestra de modo inequívoco el poder darse a Dios por entero, renunciando al matrimonio. El hombre es verdaderamente capaz de amar y capaz de superar por amor toda concupiscencia.

 

Por lo demás, la virginidad tiene su valor propio e indubitable, el valor de la entrega plena de amor a Dios. Es por ello fuente de fecundidad espiritual: de Dios procede toda paternidad “en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15). Además, recuerda a toda la comunidad de los creyentes el sentido escatológico — definitivo— de nuestra vida: “testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscar como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia, durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios” (12).

 

No deja de poner de relieve el Papa, finalmente, que el mejor servicio que puede prestar a los casados quien es llamado al celibato es vivir enteramente su celibato, sin atenuación: “Los esposos cristianos tienen pues el derecho de esperar de las personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la muerte” (13). Como el mejor servicio que puede prestar a todos el casado es vivir integralmente su amor nupcial, abierto a la fecundidad.

 

En resumen, “mediante la fidelidad de cada uno de los cristianos a la vocación”, la Iglesia sirve a la humanidad entera transmitiendo y haciendo concreta en la vida humana la verdad sobre la libertad y el amor (14), la verdad esencial sobre la persona humana.

 

3. Una comunidad de personas

 

“Pero Dios —nos recuerda el Concilio— no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gén 1, 27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas” (15). Por tanto, de acuerdo con el designio creador de Dios, el hombre no puede alcanzar su propia plenitud solo y aislado. Ha de llegar a la comunión con otras personas. Y, en primer término, en .a familia, en la cual el hombre viene a la existencia.

 

La familia es definida pues como “íntima comunidad de vida y de amor”, que se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable (16). Tiene “la misión de custodiar, reveiar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (17). Sus cometidos son: (i) la formación de una comunidad de personas; (ii) el servicio a la vida, participando (iii) en el desarrollo de la sociedad y (iv) en la vida y la misión de la Iglesia (18).

 

Intima comunidad de vida y de amor”, comunidad de personas. No cualquier unión o cuerpo social en el cual algunas personas se integran para conseguir un determinado interés o un determinado bien, sino aquella en la cual el fundamento mismo de la unión es ese bien que son las personas. Donde, por así decirlo, el objeto de la sociedad son las personas mismas; su finalidad, la unión íntima de las personas.

 

Se funda, pues, sobre el bien que es la persona y la plenitud que comporta la unión personal. Supone la comunidad de naturaleza, anterior a la comunicación personal; pero se hace efectiva por la donación mutua, con un don que actúa el que la persona de cada uno sea un bien para el otro. Que, por lo tanto, realiza un ámbito en el cual acoger ese bien que es la persona del otro significa, al mismo tiempo, la afirmación plena del otro como persona. Un ámbito en el cual la persona, al darse, se hallará (19).

 

¿Qué quiere decir esto en lo concreto? Por lo pronto, si lo valorado en el amor conyugal es precisamente la persona del otro, que se da por amor, éste, lejos de convertirse en objeto en su darse, es siempre recibido como una persona. Es decir, valorado completamente como persona y no como objeto para satisfacción propia en el plano de la concupiscencia o de la utilidad. Es acogido tal como al principio, cuando Dios los creó, cuando dio la mujer al hombre por compañera y el hombre la recibió como carne de su carne, semejante a él en humanidad.

 

Es importante ver todo el alcance de lo afirmado. El hombre —hemos dicho— se autodetermina. En ejercicio de su libertad, va llegando a ser plenamente hombre, alcanzando su madurez. Actuarse, sin embargo, es simultáneamente efundirse, darse: actuar la propia capacidad de hacer. De tal modo que alcanzar la plenitud implica también la máxima efusión, la donación plena. Para ello se requiere, sin embargo, que tal donación pueda ser recibida, acogida. El hombre no goza de inmanencia perfecta porque no puede recibir totalmente su propia acción. Ha de ser acogido por otra persona.

 

Es por tanto ley de la plenitud humana que sólo dándose podrá el hombre realizarse. Al mismo tiempo, para poder darse completamente —en cuerpo y en espíritu— ha de ser acogido por una persona: “varón y hembra los creó” (Gén 1, 27). De tal manera que, aun implicando su acto más íntimo y personal de querer, con el dominio de sí que comporta, el hombre recibe su propia plenitud como un don. “La realidad estupenda del amor conyugal se manifiesta precisamente en la comunión en el amor” (20), que trascendiendo el yo y el tú, funda un nosotros en el cual se rescatan y completan, sin perderse, el yo y el tú. La familia es una comunidad de personas. El ámbito donde, en el tiempo y en preparación de la unión plena de amor con Dios en su Reino, puede ir llevándose a cabo esta donación y esta acogida, este actuarse y ser planificado, este perderse por amor y hallarse amado.

 

Pero, a esta íntima efusión de la persona se opone en el corazón humano la triple concupiscencia señalada por San Juan (Cfr. 1 Jn 2, 16). Concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la vida, que tienden a hacer prevalecer el amor de sí hasta el desprecio de Dios y del prójimo. Hace falta, por tanto, una lucha concreta para vencer el egoísmo, en particular en dos aspectos principales: para no reducir nunca el cónyuge a objeto de satisfacción propia; para renovar el corazón de modo que el vínculo se mantenga indisoluble, como lo quiso Dios desde el principio y como —por eso mismo— está inscrito en la esencia del amor nupcial.

 

No reducir a objeto al propio cónyuge

 

En una de sus catequesis de los miércoles, enseñando sobre el adulterio (21), Juan Pablo II lanzó unas frases que algunos tomaron como pretexto para escándalo. Comentando el pasaje del Sermón de la Montaña en el cual Cristo dice que quien mira con mal deseo a una mujer ya adulteró con ella en su corazón (Mt 5, 28), el Papa añadió: incluso a la propia mujer.

 

Lo que se quiso decir, en forma muy clara, está presente en la verdad del amor personal: en ningún estado de causa es posible reducir al propio cónyuge —a ninguna persona humana— a objeto de satisfacción. Mirarlo con mal deseo es mirarlo simplemente como objeto sexual. Esa mirada no corresponde a la dignidad humana de quien así mira o es así mirado, menos aún a la de un hijo de Dios. Esto no quiere decir, en cambio, que en la vida concreta del amor conyugal no intervenga también el deseo, en esa síntesis concreta que es el acto humano personal. El deseo y su satisfacción, el placer, entran dentro de la arquitectura del acto de amor y se subordinan al amor. Pero no se puede separar el placer del amor, para buscar entonces solamente el placer, irrespetando la persona y la libertad del otro cónyuge, aunque no fuese sino en el propio corazón.

 

Una aplicación al pudor con referencia al vestido puede contribuir a aclarar más el punto. ¿Qué es un vestido impúdico o uno conforme al pudor? Ciertamente, como se suele decir, no es una simple cuestión de metros de tela. La diferencia crucial está en saber qué es lo que el vestido subraya. El vestido que esa persona lleva puesto, ¿qué induce a ver? Si nos disimula su carácter de persona, presentándola sobre todo como objeto de interés sexual, ese vestido es impúdico, tenga los metros de tela que tenga.

 

Renovar el corazón

 

Por otra parte, para que el vínculo matrimonial se mantenga indisoluble es necesario renovar el corazón en Cristo:

 

“Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: El quiere y da la indisolubilidad del matrimonio con fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.

 

“Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un ‘corazón nuevo’: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la ‘dureza de corazón’ (Cfr. Mt 19, 8), sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne” (22).

 

Por la gracia de Cristo, mediante los sacramentos, es posible renovar el corazón de tal manera que, conforme a su esencia, el amor conyugal no se vea envejecido, desgastado por la oposición de aquella triple concupiscencia que —en el tiempo— nunca acaba de ser desterrada del todo de la vida humana.

 

Servicio a la vida

 

Ahora bien, esta “íntima comunidad de vida y de amor”, que comienza con el matrimonio, está destinada a prolongarse en los hijos. Porque la grandeza interior del amor conyugal se manifiesta en que está llamado a colaborar con el amor creador de Dios.

 

¡Qué importante es contemplar siempre de nuevo esta verdad del amor conyugal, para que resplandezca ante nuestros ojos y luego, a través de nosotros, ante la sociedad entera! La verdad plena del amor humano, llamado a ser una participación en el poder creador de Dios, en el amor creador de Dios.

 

Por eso, cuando se piensa en la paternidad, que ha de ejercerse —dice el Papa— de modo plenamente responsable (23), hay que ver todo lo que ello significa. Decir paternidad responsable es lo mismo que decir paternidad libre, esto es, por amor y con pleno amor.

Es decir también: con generosidad, porque lo primero que ha de plantearse el que se interroga sobre el ejercicio de la paternidad es si está o no respondiendo con pleno amor al Padre, a Dios Creador, y al don del amor. Con pleno amor, un amor que sabe bien que el valor de cada persona que viene a este mundo es un valor de eternidad. Por lo tanto, un amor que se muestra generosamente y no permite que ningún acto conyugal esté cerrado a las fuentes de la vida. Un amor sin contracepción.

 

Por lo demás, la contracepción conduce fácilmente a transformar las relaciones conyugales en una objetivación mutua, en una mutua sociedad de satisfacción de la concupiscencia (si no lo es desde el primer momento), llevando con ello al fracaso del amor. No es infrecuente que cuando la actitud en el matrimonio es la de cerrar esa potencialidad que tiene el acto conyugal a la vida, degenere la cualidad de la relación conyugal y se produzca la ruptura del vínculo. Porque para que la relación sexual se mantenga integrada al amor, que le confiere su pleno sentido humano, ha de ser parte de la donación total de la persona, en toda la verdad de su ser. ¿No habría quizás que buscar ahí el principio del fracaso de tantos matrimonios jóvenes, como vemos actualmente a nuestro alrededor?

 

Eso no quiere decir, sin embargo, que la paternidad no sea responsable también tomando en cuenta los hijos que puedan recibirse. Dice Juan Pablo II: “realizarse en modo plenamente responsable, para decidir así incluso el número de hijos y su distanciamiento” (24), manteniendo de todos modos cada acto conyugal abierto a la posibilidad de la vida.

Cobra entonces toda su importancia práctica la virtud de la continencia. El Santo Padre ha insistido en que cuando se habla de continencia periódica no debe entenderse un mero procedimiento. No se trata de tomarlo en un sentido funcional, pensando entonces que el “método del ritmo”, en cualquiera de sus versiones —esto es, el recurso a la continencia periódica— es simple y llanamente un método menos eficiente o más engorroso para obtener el mismo propósito de evitar el hijo. Planteado así, habríamos destruido la verdad del amor conyugal. Al contrario, se nos recuerda que el recurso al ritmo en el matrimonio para espaciar la generación, cuando haya razones graves, bien sopesadas en conciencia y presupuesta la generosidad ya mencionada, supone la virtud de la continencia, es decir, un amor que se hace cargo de lo que es posible en aquella situación conyugal y que colabora, dominando el propio impulso para acogerse a los ritmos de la naturaleza. Que, por tanto, es virtud y no procedimiento; y que si no es virtud ni es digno de la persona ni contribuye a la perfección del amor.

 

Es muy importante recordar, llegados a este punto, que el rechazo a los hijos —como el aborto y la eutanasia— pertenece a una verdadera anti-life mentality, una mentalidad en contra de la vida, penetrada de miedo ante el futuro de la humanidad. Pero es más importante todavía recordar que “la razón última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los puede vencer” (25).

 

Para poder vivir la virtud de la continencia, como para hacer frente a las dificultades que surjan en la vida conyugal, hace falta pues que esa virtud esté enraizada en el sacramento del matrimonio y en el amor de Dios que se realiza en el sacramento. En definitiva, “toda virtud humana es una forma de amor” (26) y deriva de Aquel que es Amor (1 Jn 4, 8).

 

Paternidad, maternidad plenamente responsables, sabiendo que los hijos están llamados a ser hijos de Dios por el bautismo. Que no engendramos seres para la muerte, sino creaturas para la eternidad, destinadas también a participar en el amor creador de Dios y a tener una eternidad gozosa.

 

Antes hemos visto que la educación de los hijos ha de ser una educación para la libertad, una preparación para esa humanidad madura que se alcanza en el pleno uso de la libertad en el don de sí por amor. Ahora vemos que también han de ser educados para la eternidad, esto es, para vivir plenamente en el tiempo y alcanzar la vida eterna.

 

Por ello, “los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene’ (GS, 35)” (27). Además, “los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de cada uno, sino también y más aún del sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados” (28). De esta manera, instruidos en la fe, podrán seguir a su Maestro y Señor en el amor al prójimo y hacerse merecedores de la vida eterna.

 

La familia se hace pues comunidad con los hijos, un lugar donde se encuentran las distintas generaciones. Aquel lugar en la sociedad en el cual puede reafirmarse el valor de la persona. Es en el seno de la familia donde valemos por lo que somos, no por nuestra profesión, nuestro talento, nuestro atractivo. Es en la familia donde somos acogidos a pesar de la enfermedad, la invalidez, la vejez. De esta manera, afirmando en lo concreto el valor incondicional de la persona humana, la familia presta un gran servicio a toda la sociedad, a la humanidad entera. Un servicio en el cual es insubstituible.

 

Pero para mantener la unión hace falta generosidad: “La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación” (29).

 

Son cuatro cosas distintas, cuatro cosas necesarias. Comprensión, para saber entender que los demás son diferentes, a pesar de pertenecer a la misma familia. Comprensión también para acoger siempre la manifestación del otro: tener tiempo para permitir a los demás que manifiesten su interioridad, sabiendo que alguien los escucha con un oído atento y amoroso. Tolerancia, porque a pesar de querernos tanto en el seno de la familia, todos tenemos defectos que nunca acabamos de superar por completo. Perdón, porque a pesar de la buena voluntad nos ofendemos muchas veces, en pequeñeces y en cosas no tan pequeñas. Y no sólo perdón, unilateral, sino reconciliación: ir al encuentro de la otra persona antes de que pase mucho tiempo, para barrer del medio todo lo que haya podido levantarse como obstáculo entre los dos y restablecer la concordia, la armonía de los corazones.

 

Para lograr esto —nos recuerda la misma Exhortación apostólica— es bueno que sepamos acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación y al sacramento de la unidad. En la Confesión y en la Eucaristía es donde encontraremos la fuerza para ejercer ese gran espíritu de sacrificio en la vida cotidiana. Cristo restituye al amor su fuerza creadora en el interior del hombre (30).

 

Si algo ha destacado Juan Pablo II, con su palabra y con sus acciones, es el gran mensaje del cristianismo: que la vocación del hombre es el amor; que el amor no es una posibilidad meramente ideal, sino que Cristo se ha encarnado y muerto por nosotros, para hacer posible que amemos en verdad y para que en verdad vayamos creciendo en el amor en el tiempo de nuestra vida.

 

A lo largo de estas consideraciones, se ha ido dibujando también el término, la meta: la verdad sobre el amor conyugal, esto es, su pleno ser y su valor. No sólo la “identidad” de la familia, lo que “es”, sino también su “misión”, lo que puede y debe “hacer” (31).

 

La familia es “íntima comunidad de vida y de amor”. Está llamada a realizar la plenitud del amor humano. La familia se arraiga en el sacramento del matrimonio. Se hace así camino de santificación, por el cual el hombre va a la plena unión de amor con Dios. Pero, es aún camino. No hemos llegado al término, al cumplimiento que tendrá lugar en el Reino de Dios (32). Cuando se recuerda pues la verdad sobre el matrimonio es para contemplar de nuevo su gran valor y ser movidos a amar verdaderamente. Esto forma parte del modo en el cual el amor se hace realidad vigente en los corazones humanos.

 

A modo de conclusión, volvamos a las palabras del Santo Padre en Montalbán:

 

“La realidad estupenda del amor conyugal se manifiesta precisamente en la comunión en el amor. Comunión de los esposos entre sí y de los padres con los hijos. Estos íntimos vínculos que hacen de la familia un hogar, una casa, donde la fusión de los corazones está garantizada por Dios: ‘Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los obreros’ (Sal 126, 3). Queridos esposos y esposas, venidos de Caracas y de toda Venezuela: vuestra misión en la sociedad y en la Iglesia es sublime. Sed creadores de verdaderos hogares, de familias unidas y educadas en la fe”.

 

Artículos que podrían interesarte:

Subir ▲