Acerca de la amistad, sus formas y la posibilidad de mudanza entre ellas

Por: Rommel Andaluz Arrieche | Mar 28, 2018

 

 

Las líneas que siguen corresponden a una disertación filosófica que escribí hace unos 14 años y no había publicado jamás. En aquel entonces, lo único que hice fue compartirlo (impreso) con unas pocas personas. Pienso que será de provecho para ustedes, estimados lectores de este blog. Espero que lo disfruten.

 

El hombre es un ser social por naturaleza. Por ello, su buena relación con los demás constituye uno de los aspectos más importantes de su existencia. En este sentido, la amistad se presenta ante nuestros ojos como la cosa más necesaria en la vida. Sin amigos nadie escogería vivir, aunque tuviese todos los bienes restantes [1].

 

Si bien toda persona tiene un concepto intuitivo de la amistad, conviene definirla claramente antes de proseguir nuestra investigación en torno a ella. En primer lugar, debemos afirmar que la amistad es una forma de amor, pero no todo amor indica amistad, sino el amor que entraña benevolencia, es decir, cuando apreciamos a alguien de tal manera que deseamos para él el bien [2]. Además, ese amor debe ser mutuo, pues cuando la benevolencia es correspondida, es ya amistad [3]; y también manifiesto, ya que deben descubrirse los sentimientos de benevolencia que les animan recíprocamente y el deseo que tienen del bien del otro [4]. Si no se dieran estas condiciones, nos limitaríamos a decir que una de esas personas es benévola respecto a la otra o que entre ellas existe mutua disposición benévola, pero no que son amigas.

 

Como hemos dicho que la amistad es una forma de amor, convendría preguntarnos acerca de su objeto, es decir, qué puede ser amado. A este respecto, Aristóteles afirma: evidentemente no todo es amado, sino sólo lo amable, y esto es lo bueno, lo placentero o lo útil [5]. Existen, por tanto, tres motivos por los cuales se ama [6], y también tres tipos de amistad, pues sobre la base de cada uno de éstos puede haber mutua y reconocida afección, y los que se aman recíprocamente se desean mutuamente los bienes que corresponden al fundamento de su amistad [7].

 

Si nos fijamos con detenimiento, notaremos que Aristóteles jerarquiza lo que es amable: en primer lugar, lo bueno; luego lo placentero; y por último, lo útil. Veamos, pues, si tal jerarquía está justificada: como quiera que lo útil no parece ser sino aquello por donde nos viene un bien o un placer, resulta que sólo el bien y el placer son amables como fines [8]. Por otra parte, aunque el placer puede ser amado como fin, no es lo que podríamos llamar un fin último, es decir, aquel que es buscado por sí mismo como término del movimiento de nuestra voluntad. Dicho de otra manera, es un fin intermedio ante el cual al preguntarnos: ¿por qué busco este fin?, nos damos cuenta que la respuesta no recae sobre ese mismo bien sino sobre otro, y así sucesivamente hasta dar con uno que es amable por sí mismo, que en este caso es la misma persona que desea ese placer, pues lo quiere para sí porque se ama y ella es amable por sí misma en virtud de su dignidad. Y como en aquello que amamos por sí mismo encontramos el término a nuestras preguntas sobre la motivación de nuestro movimiento, decimos que se trata de un fin último, y esto sólo se corresponde con lo bueno. Viendo, pues, justificada la jerarquía aristotélica de lo amable, pasemos al estudio de las formas de amistad que corresponde a cada caso, comenzando por lo útil, siguiendo con lo placentero y culminando con lo bueno.

 

En la amistad fundamentada en lo útil las relaciones interpersonales adoptan una dimensión meramente funcional, pues su amor consiste en la prestación y recepción de servicios, trabajos, favores, etc.; pero no unos cualesquiera, sino aquellos en los que ambas personas tienen mutuo y reconocido interés por considerarlos útiles pues, como ya dijimos, se desean mutuamente los bienes que corresponden al fundamento de su amistad [9]. Como se puede notar, estos amigos no se aman por sí mismos sino por el provecho que derivan el uno del otro. Por esta razón, estas amistades no son estables, ya que su duración depende de que siga existiendo interés por el mismo beneficio o utilidad, y esto es cosa sujeta a un continuo cambio en la vida. Así, en cuanto estas personas apetezcan otros beneficios cesará el motivo de su amor y, con él, la amistad.

 

En las amistades utilitarias es posible distinguir distintos grados de perfección, ya que mientras más noble sea el beneficio que se desean y proporcionan mutuamente los amigos, tanto mejor será esa amistad. Así, por ejemplo, no pueden considerarse iguales una amistad utilitaria entre compañeros de estudio que se ayudan en distintas materias, que aquella que se da entre ladrones que se reparten el botín de un robo en el que fueron cómplices.

 

Las amistades basadas en lo placentero tienen como principio unitivo el agrado que sienten tales amigos al estar el uno con el otro. De manera similar a las amistades por utilidad, estas amistades son también pasajeras, ya que su estabilidad depende de los gustos y apetencias de cada uno; y todos hemos experimentado que nuestros gustos cambian con el tiempo. También en las amistades por placer, se da que unas sean mejores que otras, según sea más noble o vil el placer en que se fundamenten.

 

Hasta ahora hemos tratado formas de amistad que son, en suma, amistades por accidente, porque no se quiere a la persona amada por lo que ella es, sino en cuanto proporciona beneficio o placer, según sea el caso [10]. Y como lo que pareciera corresponder a toda persona –en virtud de su dignidad– es ser amada por sí misma, estaremos de acuerdo en decir que las amistades basadas en lo útil o en lo placentero son imperfectas. A continuación, analicemos un poco más a fondo las implicaciones de ese no amar al otro por lo que es.

 

Cuando no se ama al otro por sí mismo, sino en función de un bien que nos reporta estamos subvalorándolo, rebajándolo, ya que en nuestro interior despojamos a esa persona de su dignidad para considerarlo simplemente un objeto, una cosa que se toma o se deja a conveniencia. Para usar un término elocuente, aunque no apegado a la Real Academia, podríamos decir que al tratar a una persona de esa manera la cosificamos, actuando de manera impropia a lo que corresponde a su valor intrínseco. Por otro lado, cuando no amamos a nuestros amigos por ellos mismos sino como cosas, en realidad nos estamos amando a nosotros mismos, ya que la afección que tenemos por las cosas está en función de nosotros, no de ellas. Así, por ejemplo, cuanto sentimos afección por un animal, un carro o una casa, lo hacemos porque pensamos en nosotros, en nuestro bien, y no porque les deseemos el bien a ellos. Quizá alguien objete que estas realidades no pueden corresponder a nuestra afección y, en cambio, nuestros semejantes sí. De acuerdo, pero si en nuestro interior hemos privado a estas personas de su dignidad, que es lo que los hace semejantes a nosotros y les confiere un valor intrínseco absoluto, ya no hay igualdad de condición y, por tanto, los demás sólo pueden servir para proporcionarnos un beneficio o un placer.

 

Otro aspecto a resaltar en lo referente a ese amarnos a nosotros mismos es que esto resulta contrario a amistad, pues lo propio de ella es el amor a otro, es decir salir de uno mismo, trascenderse. A excepción del amor a sí mismo, las demás formas de amor son trascendentes, de modo que las amistades imperfectas son tales justamente porque quienes son amigos de esa manera no se han trascendido.

 

Antes de comenzar a hablar de la amistad basada en lo bueno, convendría preguntarnos qué es lo bueno para el hombre, o mejor qué es un hombre bueno. Ya antes definimos lo bueno como aquello que es amable por sí mismo. Bien, pero… ¿Cómo entender el significado de esto respecto al hombre? Pudiera entenderse como aquello que lo dirige a su perfección, a su plena realización y, por tanto, al adecuado despliegue de sus facultades conforme a su naturaleza [11]. En este sentido, pareciera que un hombre sólo es bueno si practica las virtudes, si es virtuoso, ya que éstas son hábitos operativos dirigidos al bien. Nótese que he dicho “hábitos”, es decir costumbres, no sólo actos aislados dirigidos al bien, porque alguien que no sea virtuoso o incluso que sea vicioso (los vicios son hábitos operativos malos) puede en algún momento realizar un acto particular que sea bueno, e.g. un ladrón que en un momento dado devuelva voluntariamente lo que ha robado. En ese caso la persona no tiene el hábito de actuar bien, sino que ha realizado un acto bueno. En cambio, el hombre virtuoso actúa bien repetidamente, día tras día, aunque también tenga la posibilidad de realizar un acto aislado que sea malo, e.g. una persona que sea puntual pero que un día llegue tarde a su trabajo por descuido. En este caso diremos que la persona actuó mal pero sigue siendo virtuosa, a menos que consistentemente comience a actuar de ese modo hasta que se haga un hábito en él; lo mismo aplica para el vicioso, pues por los mismos medios nace y se estraga toda virtud [12].

 

Aclarado lo referente a la necesidad de la práctica de las virtudes para ser buenos, decimos que la amistad perfecta es la de los hombres de bien y semejantes en virtud, porque éstos se desean igualmente el bien por ser ellos buenos, y son buenos en sí mismos (…). Por ser ellos quienes son, observan esta disposición, y no por accidente [13]. Es decir, que como la virtud está asociada a la rectitud en el actuar, se sigue que quienes son virtuosos actúen rectamente buscando y reconociendo el bien que está presente en los demás y considerando a las personas como bienes absolutos; de modo que no actúan así por accidente, por casualidad, sino porque éste es su modo habitual de proceder. Esta condición de: fundamentar la amistad en lo bueno, desearle bienes al amado y amarlo por sí mismo, es justamente lo que constituye la perfección de estas amistades. En efecto, los que desean el bien a sus amigos por su propio respecto, son los amigos por excelencia [14], y ya hemos dicho que esto sólo se da recíprocamente entre hombres buenos. Nótese que en estas amistades, a diferencia de las que son imperfectas, se está tratando al otro conforme a su dignidad, se le valora por lo que es y no por otra cosa; aquí los que aman se trascienden, ya que su amor está dirigido al otro y no a ellos mismos.

 

Dado que las condiciones morales necesarias en quienes establecen una amistad perfecta son exigentes, hay que reconocer que tales amistades son, por supuesto, escasas, porque tales hombres son pocos. Hace falta, además, tiempo y trato [15], pues es necesario que cada uno se muestre al otro amable y haya ganado su confianza [16]; que hayan adquirido experiencia mutua y alcanzado familiaridad, lo cual es sobremanera difícil [17]. No descartamos la posibilidad de que puedan generarse este tipo de amistades en un tiempo breve, pero para ello es absolutamente necesario que ambas personas sean dignas de amor y que lo sepan [18]. Si bien las amistades perfectas no abundan son, en cambio, duraderas y estables, capaces de superar los múltiples obstáculos y dificultades que ordinariamente ponen a prueba cualquier relación interpersonal, pues se apoyan en la virtud y la virtud es algo estable [19].

 

Una vez conocidos los principales rasgos de las distintas formas de amistad, nos preguntamos si cada una de ellas surge como tal desde un principio o si más bien tienen un período de gestación en el que comienzan siendo imperfectas y luego se definen, quedando imperfectas unas, tornándose perfectas otras. Esta pregunta viene muy al caso, pues la amistad se asemeja más a un hábito en el amar que a un acto aislado de amor [20]. En efecto, nadie diría que por haberse comportado uno de manera amigable con otro es ya su amigo; antes es necesario que tales actos se repitan hasta convertirse en hábito y que sea correspondido.

 

Puesto que lo bueno y lo útil se presentan como placenteros [21] y la naturaleza parece sobre todo huir de lo que causa dolor y tender a lo que da placer [22], hay razones para creer que los primeros pasos en cualquier amistad están guiados generalmente por el placer, de modo que siempre o casi siempre la amistades se inician siendo imperfectas, o al menos así son sus primeros actos. En efecto, el beneficio que alguien nos proporciona o el gusto que experimentamos al tratarlo son cosas que percibimos rápidamente. No en vano se ha dicho que es posible agradar a muchos por utilidad y por placer, pues las gentes de esta especie son muchas, y poco tiempo piden estos servicios [23]. Además, esto no constituye una forma de amor trascendente sino más bien un continuar amándonos a nosotros mismos, cosa que nos es muy habitual. En cambio, darnos cuenta de la bondad de otra persona es cosa que requiere más tiempo, pues al ser las virtudes hábitos es necesario ver a alguien repetir actos buenos para constatar su virtud. Recordemos, además, que amar a una persona virtuosa por su bondad implica necesariamente reconocerla digna de amor y salir de nosotros mismos, trascendernos; y esto no nos resulta fácil por no sernos habitual.

 

Llegados a este punto nos interrogamos: si todas las amistades comienzan siendo imperfectas, ¿por qué al madurar la relación unas se establecen como imperfectas mientras que otras se tornan perfectas? De acuerdo con lo expuesto hasta ahora, es lógico pensar que al profundizar el trato y conocimiento mutuos cada cual expresará los sentimientos e intenciones que le animan y su calidad moral, que está en relación directa con sus virtudes o vicios, según sea el caso. Y así, quienes se muestren movidos a ser amigos sólo por el placer o la utilidad establecerán las amistades correspondientes, que como hemos dicho son imperfectas. En cambio, si los que iniciaron amistad son virtuosos llegarán a amarse por sí mismos, pues son buenos, y la amistad que empezó siendo imperfecta se tornará perfecta.

 

Hay un caso particular de amistad imperfecta que debe considerarse con detenimiento: aquella que se da entre un hombre virtuoso y otro que no lo es. Antes de comenzar el análisis recordemos algunas ideas de las que echaremos mano: 1) los hombres virtuosos actúan rectamente dirigiéndose al bien de modo habitual, mientras que quienes no son virtuosos no acostumbran hacerlo; 2) por su calidad moral, sólo los hombres virtuosos pueden ser amados en cuanto buenos; 3) quien no practica las virtudes puede ser amado por utilidad o por placer; igualmente el hombre virtuoso, pues éste es agradable y útil juntamente [24]; y 4) lo que corresponde a toda persona, virtuosa o no, es ser amada por sí misma, por tener dignidad.

 

En la medida en que un hombre virtuoso y uno que no lo es comienzan a ser amigos se descubren mutuamente, mostrándose cada cual como es. Acostumbrado el hombre virtuoso a actuar con rectitud buscando el bien, se dará cuenta que su amigo no puede ser amado por sí mismo en cuanto bueno, ya que no lo es. Sin embargo, lo amará por sí mismo en cuanto persona, ya que esto es lo que corresponde a su dignidad, y valorará más esto que el placer o utilidad en el que se fundamenta tal amistad. Por el contrario, el hombre que no es virtuoso no se percatará plenamente de la bondad moral de su amigo, o bien no lo amará por tal motivo, ni tampoco por su dignidad, sino más bien porque le resulta útil o placentero, que es la base de su amistad. Así, pues, vemos que estas amistades son imperfectas porque los amigos no se aman recíprocamente por sí mismos.

 

Hasta ahora hemos estudiado la amistad, sus formas y el proceso de maduración que conlleva al establecimiento de una de éstas, pero falta aún tratar acerca de la posibilidad de que una amistad ya establecida como imperfecta se torne perfecta con el tiempo o viceversa. De acuerdo con lo dicho hasta ahora, pareciera que el núcleo de este problema radica en la calidad moral de tales amigos. En efecto, si dos personas establecen una amistad imperfecta es porque ninguna o sólo una de ellas es virtuosa. En cualquiera de los casos, es claro que para que se pueda tornar perfecta la amistad es necesario que ambas practiquen las virtudes. Si ninguna de ellas lo hace, pareciera que el camino es más difícil, pues serán dos las voluntades que deberán ejercitarse por tiempo prolongado hasta habituarse a reconocer el bien acertadamente y practicarlo. Si una de ellas fuera virtuosa, probablemente suscite en la otra el deseo de búsqueda del bien y le ayude a reconocerlo y ponerlo por obra. Esto también tomará su tiempo, pues no se alcanzan las virtudes en un abrir y cerrar de ojos, pero será más fácil por contar con el impulso, colaboración y experiencia de quien ya las vive. En cualquier caso, se trata de un progresivo ennoblecimiento de los amigos que dará abundantes y hermosos frutos con una amistad perfecta.

 

¿Y qué decir de las amistades perfectas? Éstas, ciertamente, pueden también mudarse, tornándose imperfectas. Aquí también es necesario un cambio profundo en los amigos o al menos en uno de ellos. Queda claro que en este caso la transformación moral es de más a menos, pues se trata de un envilecimiento, una corrupción progresiva de las costumbres que culmina en el abandono de la práctica de las virtudes, actuando mal repetidas veces hasta viciarse la voluntad. Con ello el resultado sería la degradación del amor entre los amigos, que ya no podrían amarse por sí mismos en cuanto buenos sino que tendrían que conformarse con amarse por utilidad o por placer, pues la amistad perfecta sólo permanece mientras ellos son buenos [25], no si se corrompen. Y con esto damos por terminada la investigación que nos propusimos.

 

Que el Señor y la Santísima Virgen nos bendigan y acompañen siempre. Amén.

 

Bibliografía

 

[1] Aristóteles, Etica Nicomaquea, Libro VIII, Cap. I.

[2] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica 2-2, q. 23, a. 1.

[3] Aristóteles, op. cit., Libro VIII, Cap. II.

[4] Op. cit.

[5] Op. cit.

[6] Op. cit.

[7] Op. cit, Cap. III.

[8] Op. cit, Cap. II.

[9] Op. cit, Cap. III.

[10] Op. cit.

[11] Op. cit, Libro II, Cap. VI.

[12] Op. cit, Cap. I.

[13] Op. cit, Libro VIII, Cap. III.

[14] Op. cit.

[15] Op. cit.

[16] Op. cit.

[17] Op. cit, Cap. VI.

[18] Op. cit, Cap. III.

[19] Op. cit.

[20] Op. cit, Cap. V.

[21] Op. cit, Libro II, Cap. III.

[22] Op. cit, Libro VIII, Cap. V.

[23] Op. cit, Cap. VI.

[24] Op. cit, Libro VIII, Cap. VI.

[25] Op. cit, Cap. III.

 

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