Los 7 Sacramentos Instituidos por Cristo

Los 7 Sacramentos Instituidos por Cristo

Fuente: Virgendelpozo.org

 

Los 7 Sacramentos Instituidos por Cristo

 

Los sacramentos son ciertas acciones exteriores instituidas por Jesucristo que nos dan o nos aumentan la gracia santificante.

 

La palabra sacramento es una palabra del idioma griego en el que fue escrito el Nuevo Testamento y significa: Un plan secreto para conseguir un gran bien. Los sacramentos son planes secretos de Dios, que muchas veces no entendemos, con los cuales Él nos quiere conceder enormes favores.

 

¿Que condiciones se necesita para que algo sea sacramento?

 

Se necesitan tres condiciones:

 

1. Que haya sido instituido por Jesucristo

2. Que sea algo sensible

3. Que conceda al alma alguna gracia o favor especial de Dios

 

La gracia santificante se recibe en el Bautismo y aumenta principalmente por la recepción de los Sacramentos. Confiere la dignidad más alta a la que el hombre puede aspirar porque Dios le hace partícipe de su misma Vida Divina y de todos sus bienes.

 

Sus principales efectos son:

 

1. Borrar el pecado

2. Producir en el alma la Vida Sobrenatural

3. Comunicar a nuestros actos méritos sobrenaturales

 

Los 7 Sacramentos instituidos por Cristo son:

 

1. Bautismo

2. Confirmación

3. Penitencia o Confesión

4. Sagrada Eucaristía

5. Unción de Enfermos

6. Orden Sacerdotal

7. Matrimonio

 

1. El Sacramento del BAUTISMO

 

1. Borra el pecado original, nos da la fe y la vida divina, y nos hace hijos de Dios. La Santísima Trinidad toma posesión del alma y comienza a santificarnos.

2. Es necesario para la salvación.

3. Es el primero de los sacramentos porque es la puerta que abre el acceso a los demás sacramentos, y sin él no se puede recibir ningún otro

 

Efectos del Bautismo

 

1. Perdona el pecado original, y cualquier otro pecado, con las penas debidas por ellas.

2. Se nos dan las tres divinas personas junto con la gracia santificante.

3. Infunde la gracia santificante, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.

4. Imprime en el alma el carácter sacramental que nos hace cristianos para siempre.

5. Nos incorpora a la Iglesia.

 

Puede bautizar:

 

1. El obispo

2. El sacerdote

3. El diácono

4. En caso de necesidad puede hacerlo cualquier persona que tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia.

 

¿Cómo se bautiza?

 

Se bautiza derramando agua sobre la cabeza y diciendo: “Yo te Bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.

 

Signo externo del Bautismo es el agua natural.

 

El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende:

1. El perdón del pecado original y de todos los pecados personales;

2. El nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo.

3. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.

4. El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble, el carácter, que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado.

 

Los padrinos del Bautismo

 

Son las personas designadas por los padres de niño o por el bautizado, si es adulto, para hacer en su nombre la profesión de fe. Estos procuran que después el bautizado lleve una vida cristiana y cumpla fielmente las obligaciones del bautismo.

 

2. El Sacramento de la CONFIRMACIÓN

 

1. Es el sacramento que perfecciona la gracia bautismal, nos da la fortaleza de Dios para ser firmes en la fe y en el amor a Dios y al prójimo y nos hace soldados y apóstoles de Cristo.

2. Nos comprometemos como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con nuestras palabras y obras.

 

Los signos y el rito de la Confirmación:

 

1. En el rito de este sacramento el signo de la unción designa e imprime: El sello espiritual.

2. La Confirmación imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el “carácter” (cf DS 1609), que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (cf Lc 24, 48-49).

 

¿Cuándo se debe recibir la confirmación?

 

Se debe recibir la confirmación cuando se ha llegado al uso de razón, o antes, si hay peligro de muerte.

 

Los efectos de la Confirmación

 

De la celebración se deduce que el efecto del sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.

 

Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

 

1. Nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abbá, Padre” (Rm 8, 15).

2. Nos une más firmemente a Cristo.

3. Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.

4. Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia (cf LG 11).

5. Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (cf DS 1319; LG 11, 12).

 

¿Cómo se debe recibir la confirmación?

 

1. Se debe recibir la confirmación en estado de gracia y con la preparación conveniente.

2. La preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana.

 

¿Quién puede confirmar?

 

1. Puede confirmar el obispo, y en algunos casos especiales los sacerdotes delegados por el obispo.

2. Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero puede darle la Confirmación (cf CIC can. 883, 3). En efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más tierna edad, salga de este mundo sin haber sido perfeccionado por el Espíritu Santo con el don de la plenitud de Cristo.

 

¿Quién puede recibir este sacramento?

 

1. Todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir el sacramento de la Confirmación (cf CIC can. 889).

2. Puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, de ahí se sigue que “los fieles tienen la obligación de recibir este sacramento en tiempo oportuno” (CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la Eucaristía el sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la iniciación cristiana queda incompleta.

 

3. El Sacramento de la PENITENCIA O CONFESIÓN, que abarca:

 

3.1. El perdón de los pecados

 

Es un encuentro del bautizado pecador arrepentido que acude al Señor misericordioso para obtener de Él, el beneficio inmenso del perdón de sus pecados.

 

Con este medio divino:

 

Podemos, siempre, regresar a la casa del Padre y a su amor.

Combatimos y derrotamos al pecado y a su reino.

Nos purificamos cada vez más de nuestras culpas para ser Iglesia sin mancha, inmaculada y santa.

 

3.2. La conversión

 

Lo primero que tiene que hacer el cristiano es convertirse a Dios de todo corazón renunciando al pecado y a su imperio tenebroso y triste.

Si faltara el propósito de arrepentimiento y el propósito de convertirnos, nuestra reconciliación es rutinaria, superficial, hipócrita, semejante a los encuentros con Cristo de los escribas y fariseos.

 

3.3. La penitencia

 

Sin penitencia, no podemos pensar en una conversión eficaz y auténtica ya que si nos declaramos verdaderos seguidores de Cristo, necesariamente hemos de actuar en contra del pecado.

 

Haciendo penitencia padecemos con Cristo para expiar nuestros pecados y los pecados de los demás. Padecemos con Cristo para purificar el pecado y sus consecuencias en nuestra vida y la comunidad eclesial, y así edificar el reino de Dios entre los hombres.

 

Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio en contra del pecado, sin descanso, hasta la victoria plena y definitiva. También nuestra vida cristiana ha de estar llena, colmada de obras de penitencia, conversión que nos lleva a liberarnos y purificarnos del pecado.

 

Las formas fundamentales de penitencia señaladas por la Iglesia son:

 

– La oración,

– El ayuno,

– Obras de caridad,

– Fiel cumplimiento de las obligaciones cristianas según nuestro estado

– Aceptación de los dolores y dificultades de la vida,

– Formación y cultura religiosa. La instrucción religiosa es necesaria y provechosa.

 

3.4. La Confesión

 

Requiere disposición de convertirnos y hacer penitencia.

Es un acto religioso sincero y humilde confesar nuestros pecados reconociendo nuestra condición de pecadores y proclamando la justicia redentora de Dios.

Debemos manifestar en la confesión todos y cada uno de los pecados graves luego de examinar nuestra conciencia.

La confesión debe ser íntegra, clara, serena sin condicionarnos a falsa vergüenza o a escrúpulos inútiles.

Existe la obligación de confesarse por lo menos una vez al año, o si se está en peligro de muerte y para acercarse a la comunión cuando tenemos conciencia de haber cometido pecado grave desde la última confesión sacramental bien hecha.

Cuando conscientemente callamos un pecado grave, celebramos indignamente el sacramento de la reconciliación. Buscamos engañar a Dios que todo lo ve y todo lo sabe. Quien se confiesa así deberá confesar nuevamente todos sus pecados graves cometidos desde la última confesión bien hecha.

Un buen examen de conciencia es necesario para poder confesarnos.

 

3.5. El regreso a Dios

 

Con el pecado nos alejamos de Dios, huimos de Él para ir, lejos, a la búsqueda de una falsa libertad y de unas satisfacciones efímeras.

Regresar a Dios es regresar al Padre, a Jesucristo y al Espíritu Santo: Las tres divinas personas. Dios vuelve a entregarse a nosotros y nos pide únicamente que no volvamos a huir de El por el pecado.

 

3.6. El regreso a la comunidad eclesial

 

Pecando nos volvemos hijos infieles de la Iglesia, traicionamos a la comunidad eclesial, rompemos su solidaridad, despreciamos su vida que es la gracia, rechazamos su amor que es la divina caridad de Cristo, desechamos su fe y su esperanza.

 

Con el perdón y la paz con nuestros hermanos, nos incorporamos nuevamente a la comunidad eclesial:

 

A su vida de gracia.

A su participación a la Eucaristía.

A su actividad litúrgica.

A su caridad operante.

A su lucha en contra del mal.

A su continua renovación.

A su espera del Señor.

A su premio eterno.

 

Los 5 pasos para vivir bien el Sacramento de la Reconciliación, Penitencia o Confesión son:

 

1. Examen de conciencia previo, evaluando con profundidad si hemos vivido o no las exigencias de cada uno de los 10 mandamientos.

2. Dolor de corazón, es decir rechazar con todo nuestro ser los pecados que cometimos. No es indispensable que se experimenten sentimientos de dolor, basta con el rechazo sincero de nuestros pecados desde el punto de vista racional.

3. Propósito de enmienda o de cambio de conducta. Como consecuencia del punto 2, hemos de evitar las ocasiones de pecar y querer rectificar en lo que sea necesario en nuestra vida. Claro está que el deseo de cambio no nos cambia mágicamente, y además hemos de ser conscientes que somos pecadores.

4. Confesión de los pecados.

5. Cumplir la penitencia impuesta por el Sacerdote.

 

4. El Sacramento de la SAGRADA EUCARISTÍA

 

1. Es el Sacramento que contiene verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, con su Alma y Divinidad, bajo las apariencias de pan y vino.

2. La palabra Eucaristía significa: Sacrificio para dar gracias.

3. Es el más sublime de los sacramentos de donde manan y el que convergen todos los demás, centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana.

4. Jesucristo instituyó la Sagrada Eucaristía en la Última Cena cuando convirtió el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre y dio a los apóstoles el poder de hacer lo mismo.

5. Los que tienen el poder de convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo son los obispos y los sacerdotes, porque ellos reemplazan a los que Jesús dijo: “Haced esto en conmemoración mía” y lo hacen cuando celebran la Santa Misa, en el momento de la Consagración, al repetir las palabras de Jesús en la Última Cena.

6. En la Sagrada Comunión recibimos a Jesucristo Dios y hombre que está verdaderamente en la Hostia Consagrada. Dijo Jesús: “El pan que Yo daré es mi propio Cuerpo. El que come mi cuerpo tendrá vida eterna” (S. Juan 6).

7. Jesucristo instituyó la Sagrada Comunión para quedarse más cerca de nosotros, para aumentarnos su gracia, sus favores y su amistad y para ser Él mismo, el alimento de nuestra alma.

8. La Sagrada Comunión aumenta en nosotros el amor a Dios y al prójimo; nos perdona los pecados veniales y nos preserva de los mortales y es una señal segura de que resucitaremos para la Vida Eterna.

9. Para poder comulgar dignamente debemos estar en gracia de Dios, o sea sin pecado mortal en el alma. No haber comido desde una hora antes y acercarnos comulgar con respeto y devoción.

10. Los que están en pecado mortal deben confesarse para comulgar dignamente, pues no les basta en este caso hacer solamente un acto de contrición.

11. La presencia real de Cristo en la Eucaristía es uno de los principales dogmas de nuestra fe cristiana. Éste nos asegura que allí está, que el mismo Jesús, que nació de la Virgen María, que vivió oculto por 30 años que predicó y se preocupó de todos los hombres durante su vida pública, que murió en la Cruz y después de resucitar y ascender a los cielos está ahora a la diestra del Padre.

12. La transubstanciación se produce en el momento mismo en que el sacerdote pronuncia las palabras de Jesucristo. En ese momento se da el cambio dela substancia toda del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la substancia del vino en la sangre de Cristo.

 

5. El Sacramento de la UNCIÓN DE ENFERMOS

 

1. Es el sacramento que “tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez” (Catecismo, n. 1527).

2. Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Marcos (cfr. Mc. 6, 13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor (Catecismo, n. 1511).

3. La unción de los enfermos, “con la que la Iglesia encomienda a los fieles gravemente enfermos al Señor doliente y glorificado, para que los alivie y salve, se administra ungiéndolos con óleo, y diciendo las palabras prescritas en los libros litúrgicos” (CIC, c. 998).

 

5.1. La Materia

 

La materia remota es el aceite de oliva bendecido por el obispo en la Misa Crismal del Jueves Santo (cfr. CIC, c. 1000).

 

En caso necesario, es materia apta cualquier otro aceite vegetal, sobre todo porque en algunas regiones falta o es difícil de conseguir el aceite de oliva.

 

Aunque el obispo es quien habitualmente bendice el óleo que se emplea en la unción, pueden también hacerlo los que jurídicamente se equiparan a él, o en caso de necesidad cualquier presbítero, pero dentro de la celebración del Sacramento (cfr. CIC, c. 999 & 1).

 

La materia próxima es la unción con el óleo santo.

 

Están previstas por las normas litúrgicas unciones en la frente y en las manos, y por tanto, estas unciones son las exigidas para la licitud.

 

En caso de necesidad, para la validez basta una sola unción en la frente o en otra parte del cuerpo.

 

El Catecismo Romano señala razones de conveniencia sobre el uso del aceite en este sacramento:

 

“así como el aceite sirve mucho para aplacar los dolores del cuerpo, así también la virtud de este sacramento disminuye la tristeza y el dolor del alma. El aceite además restituye la salud, causa dulce sensación y sirve como de alimento a la luz; y, por otra parte, es muy a propósito para reparar las fuerzas del cuerpo fatigado. Todo lo cual da a entender los efectos que se producen en el enfermo por virtud divina cuando se administra este sacramento” (p. 2, cap. 6, n. 5).

 

5.2. La Forma

 

La forma del sacramento son las siguientes palabras, prescritas por el ritual y pronunciadas por el sacerdote: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad” (cfr. Catecismo, n. 1513).

 

Estas palabras determinan el sentido de lo que se hace para que, junto con la unción, se expresa el significado del rito, se realice el signo sacramental y se produzca la gracia.

 

5.3. Efectos del Sacramento

 

Enseña Santo Tomás de Aquino que la unción de los enfermos es “como una inmediata preparación para la entrada en la gloria” (S. Th., III, q. 65, a. 1, ad. 4).

 

El enfermo, abandonado a sus solas fuerzas, estaría tentado a desesperar; pero, en ese momento supremo, viene Cristo, Él mismo, a reconfortar a sus fieles con su omnipotencia redentora y con la proximidad de su presencia. Él ha instituido, para la hora de los últimos combates, un sacramento especial para acabar en nosotros su obra de purificación, para sostener a los ‘suyos’ hasta el fin, para arrancarlos de la influencia invisible del demonio e introducirlos sin tardanza en la casa del Padre. La unción es el sacramento de la partida. Allí está el sacerdote, in persona Christi, a la cabecera del enfermo para perdonarle sus faltas y conducir su alma al paraíso.

 

Los efectos que produce este sacramento son:

 

5.3.1 Aumento de gracia santificante;

5.3.2 Gracia sacramental específica;

5.3.3 La salud corporal, cuando conviene a la salvación del alma;

5.3.4 El perdón de los pecados veniales y la desaparición de las reliquias del pecado.

5.3.5 Secundariamente, puede producir el efecto de remitir los pecados mortales.

 

5.3.1 Aumento de gracia santificante

 

Como todo sacramento de vivos, la unción de enfermos produce un incremento de la gracia santificante en el alma del que lo recibe. Como veremos después (cfr. 6.4.5), secundariamente o por accidente, puede causar la infusión de la gracia al alma en pecado mortal.

 

5.3.2 Concesión de la gracia sacramental

 

La gracia sacramental específica de la unción de los enfermos es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez.

 

Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (Catecismo, n. 1520).

 

5.3.3 La salud corporal, cuando conviene a la salvación del alma

 

La gracia sacramental propia de la unción tiene como efecto la curación, si esta conviene a la salud del cuerpo. “Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios” (Catecismo, n. 1520).

 

La unción de los enfermos no produce la salud corporal en virtud de las propiedades naturales de su materia, sino por el poder de Dios, que actúa de modo razonable; y como un agente dotado de inteligencia nunca induce un efecto secundario sino en cuanto ordenado al efecto principal, de ahí que no siempre se consiga la salud del cuerpo, sino sólo cuando conviene para la salud espiritual (S. Th., Supp., q. 30, a. 2).

 

También por este motivo no se debe esperar el último momento para administrar este sacramento, porque equivaldría a poner un óbice a este aspecto de su eficacia, ya que los sacramentos no existen para causar milagros.

 

5.3.4 El perdón de los pecados veniales y la remisión de las penas del Purgatorio.

 

Ambas cosas son obstáculos para la inmediata entrada del alma en el cielo; aunque este efecto depende de la debida disposición, es decir, del sincero dolor por los pecados veniales.

 

La indulgencia plenaria, que suele acompañar al sacramento, perdona la pena temporal (cfr. 5.9).

 

5.3.5 Indirectamente puede perdonar los pecados mortales

 

La unción de los enfermos es un sacramento de vivos y, por tanto, no ha sido instituido para devolver al alma la gracia perdida. Su finalidad no es, pues, perdonar los pecados mortales, para lo que ya está el sacramento de la penitencia. Sin embargo, si no es posible recibir la confesión y la persona está arrepentida, aunque sólo sea con contrición imperfecta, la unción también perdona los pecados mortales:

 

– Así lo enseña el Magisterio de la Iglesia (cfr. Concilio de Trento, Dz. 909);

– Así lo insinúan la Sagrada Escritura (cfr. el texto ya citado de Sant. 5, 16, donde la expresión griega amartía traducido como pecados, se usa habitualmente en la Escritura para designar los pecados graves) y la Tradición, atestiguada por diversos textos de los Padres.

 

Se puede, por tanto, decir que la unción es primariamente un sacramento de vivos, pero que consecuentemente, por su específica razón de ser, es también un sacramento de muertos.

 

Si más adelante se supera la imposibilidad de acudir a la confesión, el enfermo está obligado a confesar íntegramente los pecados.

 

5.4. Necesidad de recibir este Sacramento

 

Este sacramento no es necesario por sí mismo para la salvación del alma, pero a nadie le es lícito desdeñar su recepción, y por tanto ha de procurarse con esmero y diligencia que los enfermos lo reciban cuando están en plenitud de sus facultades mentales.

 

Esta obligación se considera leve ya que no hay ninguna indicación en contrario en la Sagrada Escritura, en la Tradición o en el derecho de la Iglesia; sin embargo, si se rechazara con peligro de escándalo o con desprecio se puede llegar a cometer un pecado grave.

 

Es obligación de todo cristiano prepararse del mejor modo para la muerte, y los que rodean a un enfermo tienen el deber -que es grave- de darle a conocer su situación peligrosa y de sugerirle la conveniencia de recibir el sacramento. Ha de administrarse en un momento prudente: Ni demasiado pronto, ni demasiado tarde, obrando con sentido común y caridad cristiana.

 

El temor a asustar, que puede proceder de una visión poco cristiana de la muerte, se demuestra además infundado, porque la experiencia hace ver que los únicos que se asustan son los que rodean al enfermo, el cual recibe con gran serenidad la noticia y que con el auxilio del sacramento, obtiene una mayor paz.

 

El cristiano debe recordar, y hacer ver a los demás, que “en la unción de los enfermos… asistimos a una amorosa preparación para el viaje, que terminar en la casa del Padre” (Mons. José María Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 80).

 

De lo anterior se sigue que no debe aguardarse al último momento para recibir la unción:

 

1) Porque en la inminencia de la muerte las facultades están debilitadas, y no se obtiene el mismo fruto, pues faltan las disposiciones ex opere operantis que aumentan la eficacia del sacramento: El Ordo Unctionis Infirmorum insiste que no se retrase para que el enfermo con plena fe y devoción de espíritu pueda robustecerse con la fuerza del sacramento en plena lucidez (n. 13; cfr. n. 27).

 

2) Porque la curación corporal no se hace por milagro, sino que el fortalecimiento del espíritu estimula el proceso corporal de curación o Dios favorece tal proceso mediante una ayuda especial. Por tanto, el estado del enfermo ha de ser tal que aún sea posible la curación naturalmente (SCHMAUS, M., Teología dogmática, VI, p. 655). El Catecismo Mayor de San Pío X dice que no ha de aguardarse a que el enfermo está desahuciado (n. 812).

 

Por último, “a los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares”.

 

Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré‚ el último día’ (Jn. 6, 54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Catecismo, n. 1524).

 

5.5. Reiteración del Sacramento

 

La unción de los enfermos no imprime carácter, y por lo tanto puede repetirse, teniendo en cuenta lo siguiente:

 

Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de una nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava (Catecismo, n. 1515).

 

5.6. Ministro del Sacramento de la UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

 

“Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la unción de los enfermos” (CIC, c. 1003).

 

Consta así tanto por las palabras de la Epístola de Santiago, como por las definiciones que citan e interpretan este texto de los Concilios de Florencia (Dz. 700) y de Trento (Dz. 910 y 919).

 

Ordinariamente son los sacerdotes con cura de almas quienes tienen la obligación y el derecho de administrarlo a los fieles que tienen encomendados.

 

Sin embargo, por una causa razonable cualquier otro sacerdote puede dar la unción, con el consentimiento al menos presunto del sacerdote que tiene la cura de esa alma.

 

Para facilitar la administración del sacramento, todo sacerdote puede llevar consigo el óleo bendito.

 

5.7. Sujeto del Sacramento de la UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

 

“Se puede administrar la unción de los enfermos al fiel que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez” (CIC, c. 1004 & 1; Catecismo, n. 1514).

 

Ha habido una cierta evolución en la praxis de este sacramento, porque ahora basta que un fiel comience a estar en peligro, no que está a punto de morir. La Constitución Sacram Unctionem Infirmorum del 30-XII-1972 dice que este sacramento “se confiere a los que sufren una enfermedad peligrosa”.

 

Para juzgar la gravedad de la enfermedad, basta con tener un dictamen prudente y probable de peligro de muerte, aunque no sea necesariamente inminente el desenlace.

 

Las condiciones que ha de reunir el sujeto son:

 

1.- Estar bautizado,

2.- Haber llegado al uso de razón,

3.- Tener intención de recibirlo, y

4.- Peligro de muerte por enfermedad o vejez.

 

1) Quien vaya a recibir el sacramento, como en el caso de todos los demás, debe estar bautizado

 

Si se hubiera bautizado en aquel momento, podría recibir inmediatamente la unción pues de esa manera se recibe un aumento de gracia que es muy necesaria para resistir a las posibles tentaciones.

 

2) También es necesario que el sujeto tenga uso de razón y, por eso, capacidad de cometer pecado personal

 

No se ha de Administrar a los niños menores de 7 años, pues este sacramento se ordena a robustecer al enfermo frente a las tentaciones de desesperanza por los pecados pasados, haciendo desaparecer las reliquias de ellos. Al infante, el bautismo le es suficiente para que alcance la vida eterna.

 

En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, se le debe administrar el sacramento (cfr. CIC, c. 1005).

 

3) Para recibirlo válidamente, es necesario en el sujeto la intención. Si se trata de un enfermo que carece ya del uso de razón, se le debe administrar si, cuando estaba en posesión de sus facultades, lo pidió al menos de manera implícita (cfr. CIC, c. 1006)

 

Aunque ordinariamente es necesaria la intención habitual, es decir, la que se ha tenido una vez y no ha sido retractada, en estos casos basta la intención habitual implícita, es decir, la que se incluye en la práctica de la vida cristiana; por tanto, esta intención debe siempre presumirse en cualquier bautizado católico, mientras no se demuestre lo contrario.

 

En cambio, no se le debe administrar el sacramento a quienes persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto, o a quienes rechazaron explícitamente el sacramento antes de perder la conciencia (cfr. CIC, c. 1007). Si alguno de estos elementos es dudoso, debe administrársele sub conditione.

 

4) No hace falta, como ya dijimos, que el peligro de muerte sea grave y cierto, basta que comience. En cambio sí hace falta que ese peligro se deba a enfermedad o vejez. Podemos precisar un poco más esta idea:

 

Puede darse la santa unción a un enfermo que va a ser operado, con tal de que una enfermedad grave sea la causa de la intervención quirúrgica; también a los ancianos, cuyas fuerzas se debilitan seriamente, aunque no padezcan una enfermedad grave; e igualmente a los niños, a condición de que comprendan el significado del sacramento.

 

No es sujeto del sacramento el hombre sano, aunque esté en inminente peligro de muerte por causa externa, por ejemplo, el soldado antes de entrar en batalla.

 

La razón de lo anterior la clarifica Santo Tomás de Aquino: Aunque haya quien esté en peligro de muerte sin enfermedad (…) este sacramento sólo se ha de administrar al enfermo, puesto que se administra como una medicina corporal, la cual corresponde únicamente a quien está corporalmente enfermo, pues es conveniente observar la significación del sacramento (C.G., 4, q. 73). Vale la pena recordar aquí que la ‘significación’ de cada sacramento es de institución divina, y como tal, inalterable (ver 1.1.1.B).

 

Si se duda que el enfermo aún viva, o ha sido muy reciente su fallecimiento, se le debe administrar de cualquier modo la unción.

 

En estos casos se confiere ‘bajo condición’, que se expresar en los términos ‘Si vives…’

 

Es praxis comúnmente admitida conferir este sacramento hasta dos horas después de la muerte aparentemente sobrevenida.

 

6. El Sacramento del ORDEN SACERDOTAL

 

1. El Orden Sacerdotal es un sacramento que, por la imposición de las manos del Obispo, y sus palabras, hace sacerdotes a los hombres bautizados, y les da poder para perdonar los pecados y convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

2. El sacramento del orden lo reciben aquellos que se sienten llamados por Dios a ser sacerdotes para dedicarse a la salvación eterna de sus hermanos los hombres. Esta ocupación es la más grande de la Tierra, pues los frutos de sus trabajos no acaban en este mundo, sino que son eternos.

3. La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor. La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica. La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres. La Iglesia quiere a sus sacerdotes célibes para que puedan dedicarse completamente al bien de las almas, sin las limitaciones, en tiempo y preocupaciones, que supone sacar adelante una familia.

 

El Sacerdocio Cristiano

 

En el Nuevo Testamento, según la enseñanza católica, los obispos y sacerdotes son los únicos autorizados para ejercer el sacerdocio; los primeros lo ejercen a plenitud (summus sacerdos s. primi ordinis), mientras que los presbíteros son simples sacerdotes (simplex sacerdos s. secundi ordinis). El diácono, por otra parte, es un simple asistente del sacerdote, sin ninguna facultad sacerdotal.

 

El Carácter Sacramental del Presbiterado

 

El Concilio de Trento decretó (Sess. XXIII, can. iii, en Denzinger, n. 963): “Si alguno dijere que el orden o la sagrada ordenación no es real y verdaderamente un sacramento instituido por Cristo Nuestro Señor… sea anatema”. Aunque el sínodo definió únicamente la existencia del Sacramento del Orden Sagrado, sin decidir si todos los demás órdenes, o sólo algunos, corresponden a esta definición, se admite que la ordenación sacerdotal posee, aún con mayor certeza que las ordenaciones episcopal y diaconal, la dignidad de un sacramento (cf. Benedicto XIV, “De syn. dioces.”, VIII, ix, 2). Los tres aspectos esenciales de un sacramento: Los signos externos, la gracia interior y el haber sido instituida por Cristo, son todas condiciones presentes en la ordenación sacerdotal.

 

Las Facultades Oficiales del Sacerdote

 

Las facultades oficiales del sacerdote están estrechamente relacionadas con el carácter sacramental, impreso indeleblemente en su alma. Junto con este carácter se confiere no sólo la facultad de celebrar al Sacrificio de la Misa y la facultad (virtual) de perdonar los pecados, sino también la autoridad para administrar la unción de los enfermos y, como ministro regular, el solemne bautismo. Sólo por virtud de una facultad extraordinaria, recibida del Papa, puede un sacerdote administrar el Sacramento de la Confirmación.

 

Si bien el conferir los tres órdenes sacramentales del episcopado, el presbiterado y el diaconado corresponden exclusivamente al obispo, el Papa puede delegar a un sacerdote la administración de los cuatro órdenes menores, e inclusive del subdiaconado. Pertenece también a las funciones sacerdotales la facultad de administrar las bendiciones eclesiásticas y sacramentales, en general, en la medida en que no estén reservadas al Papa o a los obispos. Al predicar la Palabra de Dios, el sacerdote participa en la función docente de la Iglesia, aunque siempre como subordinado del obispo y únicamente dentro del ámbito del deber que le haya sido asignado por éste como pastor, cura, etc.

 

Por último, el sacerdote puede participar en la tarea pastoral, en la medida en que el obispo se la encomiende, con una función eclesiástica definida que abarca una jurisdicción más o menos extensa, indispensable sobre todo, para la absolución válida de los pecados de los penitentes. Algunos privilegios honorarios externos como por ejemplo, aquellos conferidos a los sacerdotes cardenales, prelados, conciliares eclesiásticos, etc., no incrementan la dignidad intrínseca del sacerdocio.

 

El “Sacramento del Orden”

 

Los sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia. En ellos Cristo está presente para santificarnos por medio de la Iglesia.

 

El sacerdocio es una vocación que choca con la mentalidad del mundo porque requiere renunciar a sí mismo por el Reino.

 

¿Porqué “sacerdotes”?

 

Definición: El “Sacerdote” es un mediador autorizado para ofrecer sacrificios a Dios en reconocimiento de Su dominio supremo y en expiación por los pecados.

 

Muchas religiones paganas tienen sacerdotes que ofrecen sacrificios según sus conceptos de la divinidad. Pero Dios se reveló a Israel como el Único Dios verdadero y prohibió la idolatría en el Primer Mandamiento. Los sacerdotes de Israel debían ofrecer sacrificio sólo a Dios.

 

A diferencia del profeta que comunica el mensaje de Dios a los hombres, el sacerdote es mediador de los hombres ante Dios.

 

Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hebreos 5, 1).

 

Sobre el Sacerdote y Su Misión:

 

Su Santidad, Juan Pablo II

 

El sacerdote debe presentarse, ante todo, como un «hombre de fe» porque él, en virtud de su misión, debe comunicarla a través del anuncio de la Palabra. No podrá predicar el Evangelio de forma convincente si él mismo no ha asimilado profundamente su mensaje. Él da testimonio de la fe con su forma de actuar y con toda su vida. Hombre de fe, el sacerdote es también «hombre de lo sagrado», testigo del Invisible, portavoz de Dios revelado en Jesucristo.

 

El sacerdote debe ser reconocido como un hombre de Dios, un hombre de oración, al que se ve rezar, al que se oye rezar. El sacerdote, por tanto, debe alimentar en sí mismo una vida espiritual de calidad, inspirada en el don del propio sacerdocio ministerial. Su oración, su forma de compartir, sus esfuerzos en la vida, están inspirados por su actividad apostólica que se alimenta de toda una vida vivida con Dios. Hombre de fe, hombre de lo sagrado, el sacerdote es también un «hombre de comunión».

 

Es él quien reúne al Pueblo de Dios y refuerza la unión que hay entre sus miembros por medio de la Eucaristía; él es el animador de la caridad fraterna entre todos. Actúa con sus hermanos en el sacerdocio. Colabora con su propio obispo. Se esfuerza en acrecentar los lazos de unión entre los miembros del presbiterio.

 

Sobre esta base de relaciones tan ricas y tan profundas, el celibato adquiere un significado nuevo: No es ya una condición del sacerdocio, sino el camino de una verdadera fecundidad, de una auténtica paternidad espiritual, porque el sacerdote entrega su vida para que los frutos del Espíritu maduren en el Pueblo de Dios. «Ven y sígueme», sé mi testigo, da todo tu amor a Dios y a tus hermanos, y estarás al servicio del Pueblo de Dios.

 

Un pueblo sacerdotal, profético y real (Catecismo Romano)

 

783 Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido “Sacerdote, Profeta y Rey”. Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas (cf. RH 18-21).

 

784 Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: “Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo `un reino de sacerdotes para Dios, su Padre’. Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10).

 

785 “El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo”. Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe que es el de todo el pueblo, laicos y jerarquía, cuando “se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre” (LG 12) y profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo.

 

786 El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo”. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo “venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28). Para el cristiano, “servir es reinar” (LG 36), particularmente “en los pobres y en los que sufren” donde descubre “la imagen de su Fundador pobre y sufriente” (LG 8). El pueblo de Dios realiza su “dignidad regia” viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

 

De todos los que han nacido de nuevo en Cristo, el signo de la cruz hace reyes, la unción del Espíritu Santo los consagra como sacerdotes, a fin de que, puesto aparte el servicio particular de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y que usan de su razón se reconozcan miembros de esta raza de reyes y participantes de la función sacerdotal. ¿Qué hay, en efecto, más regio para un alma que gobernar su cuerpo en la sumisión a Dios? Y ¿qué hay más sacerdotal que consagrar a Dios una conciencia pura y ofrecer en el altar de su corazón las víctimas sin mancha de la piedad? (San León Magno, serm. 4, 1).

 

Los obispos sucesores de los apóstoles

 

861 “Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminarán y consolidarán la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio” (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).

 

862 “Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser elegido para siempre por el orden sagrado de los obispos”. Por eso, la Iglesia enseña que “por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió” (LG 20).

 

¿Por qué el celibato?

 

La Iglesia siempre ha tenido el celibato en muy alta estima ya que Jesucristo fue célibe. El es modelo de la perfección humana. Hay quienes objetan pensando que nosotros no podemos imitarlo. Se equivocan. La verdad es que Jesucristo, siendo Dios, asumió verdaderamente la naturaleza humana siendo igual que nosotros en todo menos en el pecado. Él nos da la gracia para vivir, siendo hombres, su amor sobrenatural. Jesús dice “Quien pueda entender que entienda”.

 

Jesucristo claramente recomendó el celibato como entrega radical de amor por el Reino de los Cielos:

 

Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda -Mateo 19, 12.

 

Del libro de San Alfonso María de Ligorio:

 

La Dignidad y Santidad Sacerdotal

 

Capítulo III

De la Santidad que ha de tener el Sacerdote

I. Cuál debe ser la santidad del sacerdote por razón de su dignidad.

 

Grande es la dignidad de los sacerdotes, pero no menor la obligación que sobre ellos pesan. Los sacerdotes suben a gran altura, pero se impone que a ella vayan y estén sostenidos por extraordinaria virtud; de otro modo, en lugar de recompensa se les reservará gran castigo, como opina San Lorenzo Justiniano (…). San Pedro Crisólogo dice a su vez que el sacerdocio es un honor y es también una carga que lleva consigo gran cuenta y responsabilidad por las obras que conviene a su dignidad (…).

 

II. Castigos del pecado del sacerdote

 

Consideremos ahora el castigo reservado al sacerdote pecador, castigo que ha de ser proporcionado a la gravedad de su pecado. Mandará lo azoten en su presencia con golpes de número proporcionado a su culpabilidad [Deut 25, 2], dice el Señor en el Deuteronomio. San Juan Crisóstomo tiene ya por condenado al sacerdote que durante el sacerdocio comete un solo pecado mortal: “Si pecas siendo hombre particular, tu castigo será menor, pero si pecas siendo sacerdote estás perdido”. Y a la verdad que son por boca de Jeremías contra los sacerdotes pecadores: Porque incluso el profeta y el sacerdote se han hecho impíos; hasta en mi propia casa he descubierto su maldad, declara Yahveh. Por esto su camino será para ellos resbaladero en tinieblas: Serán empujados y caerán en él [Jer. 23, 11-12]. ¿Qué esperanza de vida daríais, sobre un terreno resbaladizo, sin luz para ver donde pone el pie mientras, de vez en cuando, le dieran fuertes empujones para hacerlo despeñar? Tal es el desgraciado estado en que se halla el sacerdote que comete un pecado mortal. Resbaladero en tinieblas: El sacerdote, al pecar pierde la luz y queda ciego: Mejor les fuera, dice San Pedro, no haber conocido el camino de la justicia que, después de haberlo conocido, volverse atrás de la ley santa a ellos enseñada [2 Petr. 2, 21]. Más le valdría al sacerdote que peca ser un sencillo aldeano ignorante que no entendiese de letras. Porque después de tantos sermones oídos y de tantos directores, y de tantas luces recibidas de Dios, el desgraciado, al pecar y hollar bajo sus plantas todas las gracias de Dios recibidas, merece que la luz que le ilustró no sirva más que para cegarlo y perderlo en la propia ruina. Dice San Juan Crisóstomo que “a mayor conocimiento corresponde mayor castigo, añade que por eso el sacerdote las mismas faltas que sus ovejas no recibirá el mismo castigo, sino mucho más duro” (…).

 

Lo que No se publica

Lo que los medios de comunicación callan…

 

Asistimos – entre desconcertados e impávidos – a una de las campañas más fuertes contra la Iglesia de los últimos años. Los medios de comunicación – que normalmente promueven “valores” anticristianos – han centrado su atención en un puñado de sacerdotes que (no a todos se les ha comprobado) han cometido faltas sumamente graves. De esa manera se pretende desacreditar a la Iglesia para restarle la enorme autoridad moral que ésta tiene. Pero ¿cuál es la verdad que los medios callan?

 

En el año 2000 murieron, por el hecho de ser cristianos, de manera violenta al menos:

 

18 sacerdotes (4 diocesanos, 10 religiosos, 1 Fidei donum, 3 desconocidos)

1 religioso 7 religiosas (de 6 congregaciones) 3 seminaristas

1 miembro de Instituto laical

1 enfermera voluntaria laica.

 

En el año 2001 murieron, por el hecho de ser cristianos, de manera violenta al menos:

 

25 sacerdotes 3 religiosas 1 seminarista 1 laica consagrada 1 voluntario laico

 

En el año 2002 murieron, por el hecho de ser cristianos, de manera violenta al menos:

 

Murieron asesinados al menos 25 sacerdotes, religiosos y misioneros laicos.

Un Arzobispo (Monseñor Duarte) ha sido asesinado por oponerse a la violencia y narcotráfico en su país (Colombia).

Otros sacerdotes han sido amenazados de muerte por la misma razón.

Mas de 40 Franciscanos se han negado a dejar la Basílica de la Natividad, en Belén, pues ello implicaría la profanación de ese santuario del cristianismo y la muerte de más de 200 palestinos atrincherados en esa iglesia – convento.

En Belén mismo, 13 sacerdotes salesianos distribuyen gratuitamente pan a la hambrienta población Palestina (la mayoría musulmanes).

 

En el año 2003 murieron, por el hecho de ser cristianos, de manera violenta al menos:

 

Al menos 29 sacerdotes, religiosos y laicos misioneros asesinados. La mayoría murieron en África, en áreas de guerra civil. En segundo lugar, el continente americano. En Colombia mataron en 2003 a 5 sacerdotes y una mujer laica.

 

Referencias Bíblicas:

 

■ La imposición de las manos en la ordenación (Hechos 13, 2-2).

■ Los primeros diáconos ordenados por los Apóstoles (Hechos 6, 1-6.)

■ San Pablo manda a ordenar presbíteros. S. Pablo dice a Tito: “El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené” (Tt 1, 5).

■ El episcopado “si alguno aspira al cargo de obispo, desea una noble función” (1 Tm 3, 1)

■ Timoteo es pastor por imposición de las manos. 2 Tm 1, 6: San Pablo dice a su discípulo Timoteo: “Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos”

 

¿Mujeres Sacerdotes?

 

El tema de mujeres “sacerdotisas” se ha convertido en plataforma para los que pretenden crear una iglesia nueva, según criterios humanos. El Papa Juan Pablo II en su definitivo documento Ordinatio Sacerdotalis zanja la cuestión:

 

“Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (O.S. #4).

 

No es entonces que la Iglesia haya impuesto una ley, sino al contrario. La Iglesia se declara sin autoridad para actuar por encima de lo establecido por Cristo.

 

Un año después, el 25 de octubre, la Congregación para la Doctrina de la Fe en su respuesta a una consulta del episcopado estadounidense, señalaba que esta enseñanza ha sido considerada “infalible por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia”. “Infalible”, quiere decir que la Iglesia la presenta como verdad segura sin error.

 

El Papa ampliamente explica la verdadera dignidad de la mujer y su magnífico lugar en la Iglesia en su Carta a las Mujeres.

 

“Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo” (Mulieris dignitatem).

 

7. Sacramento del MATRIMONIO

 

El matrimonio, camino de santidad

Por Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal

 

La indisolubilidad del matrimonio, la fidelidad y el amor a los hijos, son cosas queridas por Dios, para que el hombre y la mujer unidos por el sacramento, alcancen la santidad.

 

I. Se encontraba Jesús en Judea, en la otra orilla del Jordán, rodeado de una gran multitud, que escuchaba atentamente sus enseñanzas. Entonces -leemos en el Evangelio de la Misa – se acercaron unos fariseos y para tentarle, para enfrentarlo con la Ley de Moisés, le preguntaron si es lícito al marido repudiar a su mujer. Moisés había permitido el divorcio condescendiendo con la dureza del antiguo pueblo. La condición de la mujer era entonces ignominiosa y prácticamente podía ser dejada a un lado por cualquier causa, siguiendo ligada al marido. Moisés estableció que el marido diera a la mujer despedida una carta de repudio, testificando que la despedía; así quedaba libre para casarse con quien quisiera. Los Profetas ya censuraron el divorcio a la vuelta del exilio.

 

Jesús declara en esta ocasión la indisolubilidad original del matrimonio, según lo instituyera Dios en el principio de la creación. Para ello, cita expresamente las palabras del Génesis que se leen en la Primera lectura. Pero en el principio de la creación los hizo Dios varón y hembra; por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. De este modo, el Señor declara la unidad y la indisolubilidad del matrimonio tal y como había sido establecido en el principio. Resultó tan novedosa esta doctrina para los mismos discípulos que, una vez en casa, volvieron a preguntarle. Y el Maestro confirmó más expresamente lo que ya había enseñado. Y les dijo: Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio. Difícilmente se puede hablar con más nitidez. Sus palabras están llenas de una claridad deslumbradora. ¿Cómo es posible que un cristiano pueda cuestionar estas propiedades naturales del matrimonio y siga proclamando que imita y acompaña a Cristo?

 

Siguiendo al Maestro, la Iglesia reafirma con seguridad y firmeza «la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza (Ef 5, 25).

 

»Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Dios quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia». Ese vínculo, que sólo la muerte puede desatar, es imagen del que existe entre Cristo y su Cuerpo Místico.

 

La dignidad del matrimonio y su estabilidad, por su trascendencia en las familias, en los hijos, en la misma sociedad, es uno de los temas que más importa defender, y ayudar a que muchos lo comprendan. La salud moral de los pueblos -se ha repetido muchas veces- está ligada al buen estado del matrimonio. Cuando éste se corrompe bien podemos afirmar que la sociedad está enferma, quizá gravemente enferma. De aquí la urgencia que todos tenemos de rezar y velar por las familias. Los mismos escándalos que, desgraciadamente, se producen y se divulgan, pueden ser ocasión para dar buena doctrina y ahogar el mal en abundancia de bien. «Hay dos puntos capitales en la vida de los pueblos: las leyes sobre el matrimonio y las leyes sobre la enseñanza; y ahí, los hijos de Dios tienen que estar firmes luchar bien y con nobleza, por amor a todas las criaturas».

 

II. Al elevar Jesucristo el matrimonio a la dignidad de sacramento, introdujo en el mundo algo completamente nuevo. La transformación que obró en la institución meramente natural fue de tal importancia que la convirtió -como el agua en las bodas de Caná- en algo hasta ese momento insospechado. He aquí que hago todas las cosas nuevas, dice el Señor. Desde entonces, desde el nacimiento del matrimonio cristiano, éste sobrepasa el orden de las cosas naturales y se introduce en el orden de las cosas divinas. El matrimonio natural entre no cristianos está también lleno de grandeza y de dignidad, «pero el ideal propuesto por Cristo a los casados está infinitamente por encima de una meta de perfección humana y respecto del matrimonio natural se presenta como algo rigurosamente nuevo. Efectivamente: a través del matrimonio es la misma vida divina la que se comunica a los esposos, la que los sostiene en su obra de perfeccionamiento mutuo y la que tiene que animar, desde el momento del Bautismo, el alma de los hijos».

 

Quienes se casan inician juntos una vida nueva que han de andar en compañía de Dios. El Señor mismo los ha llamado para que vayan a Él por este camino, pues el matrimonio «es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo (Ef 5, 32) (… ), signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra».

 

El Papa Juan Pablo I, hablando de la grandeza del matrimonio a un grupo de recién casados, les contaba una pequeña anécdota ocurrida en Francia. En el siglo pasado, un profesor insigne que enseñaba en la Sorbona, Federico Ozanam, era un hombre de prestigio y un buen católico. Lacordaire, su amigo, solía decir del profesor de la Sorbona: «¡Este hombre es tan bueno y tan estupendo que se ordenará como sacerdote, incluso llegará a ser un buen obispo!». Pero Ozanam contrajo matrimonio. Entonces, Lacordaire, algo molesto, exclamó: «¡Pobre Ozanam! ¡También él ha caído en la trampa!». Estas palabras llegaron hasta el Papa Pío IX, quien dijo con buen humor a Lacordaire cuando éste le visitó unos años mas tarde: «Yo siempre he oído decir que Jesús instituyó siete sacramentos: ahora viene usted, me revuelve las cartas en la mesa, y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, Padre, el matrimonio no es una trampa, ¡es un gran sacramento!». No olvidemos que lo primero que quiso santificar el Mesías fue un hogar. Y es precisamente en las familias alegres, generosas, que viven con sobriedad cristiana, donde nacen las vocaciones para la entrega plena a Dios en la virginidad o el celibato, que constituyen la corona de la Iglesia y la alegría de Dios en el mundo.

 

Estas vocaciones son un don que Dios otorga muchas veces a los padres que lo piden de corazón y con constancia; brillará en sus manos con un fulgor especial cuando un día se presenten ante Él y den cuenta de los bienes que les fueron dados para su custodia y administración.

 

III. Dios preparó cuidadosamente la familia en la que iba a nacer su Hijo: José, de la casa y familia de David, que haría el oficio de padre en la tierra, al igual que María, su Madre virginal. Quiso el Señor reflejar en su propia familia el modo en que habrían de nacer y crecer sus hijos: en el seno de una familia establemente constituida y rodeados de su protección y cariño.

 

Toda familia, que es «la célula vital de la sociedad» y en cierto modo de la misma Iglesia, tiene una entidad sagrada y merece la veneración y solicitud de sus miembros, de la sociedad civil y de la Iglesia entera. Santo Tomás llega a comparar la misión de los padres a la de los sacerdotes, pues mientras éstos contribuyen al crecimiento sobrenatural del Pueblo de Dios mediante la administración de los sacramentos, la familia cristiana provee a la vez a la vida corporal y a la espiritual, «lo que se realiza en el sacramento del matrimonio, en el que el hombre y la mujer se unen para engendrar la prole y educarla en el culto a Dios». Mediante la colaboración generosa de los padres, Dios mismo «aumenta y enriquece su propia familia» multiplicando los miembros de su Iglesia y la gloria que de Ella recibe.

 

La familia tal y como Dios la ha querido es el lugar idóneo para que, con el amor y el buen ejemplo de los padres, de los hermanos y de los demás componentes del ámbito familiar, sea una verdadera «escuela de virtudes» donde los hijos se formen para ser buenos ciudadanos y buenos hijos de Dios. Es en medio de la familia que vive de cara a Dios donde cada uno encontrará su propia vocación, a la que el Señor le llama. «Admira la bondad de nuestro Padre Dios: ¿no te llena de gozo la certeza de que tu hogar, tu familia, tu país, que amas con locura, son materia de santidad?».

 

Artículo publicado en Virgendelpozo.org. El original puede ser visto aquí. Copyright © Virgendelpozo.org

 

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