Luces entre las sombras: reflexiones en torno a fragmentos seleccionados del discurso de Pausanias en la obra El Banquete, de Platón

Por: Rommel Andaluz Arrieche | Abr 30, 2018

 

 

Por una sugerencia que me hicieron decidí realizar una breve disertación en torno a un fragmento de la obra El Banquete, de Platón. En particular, las citas que discutiré pertenecen al final del discurso de Pausanias. Antes de entrar de lleno en materia, quisiera hacer una breve introducción que sirva para ubicarte en el tema del que hablaremos y el contexto en que se enmarca: el tema a tratar es el amor, y su contexto es nada más y nada menos que la sociedad griega de los tiempos de Sócrates. Es decir, nos disponemos a comentar fragmentos de un discurso filosófico en el que se quiere hacer un elogio del dios Eros desde la perspectiva de quienes practicaban la homosexualidad y la pederastia considerándolas como formas de amor humano no sólo adecuadas a nuestra naturaleza, sino incluso como las más nobles y sublimes. El motivo por el que estas costumbres eran tan bien vistas se debía, al menos en parte, al hecho de que la mayoría de los griegos consideraba que la mujer no tenía la suficiente categoría intelectual como para ser la más digna pareja de un hombre. Y desde esta misma perspectiva, la pederastia era considerada como parte de una educación idónea.

 

Evidentemente, la práctica de la homosexualidad y la pederastia constituyen conductas sexuales desviadas, patológicas. Y aunque no pretendo dedicar la mayor parte de estas líneas a argumentar acerca de la valoración psicológica y moral de las mencionadas aberraciones, al menos te haré notar lo que quizá percibes claramente al respecto: la pretensión de establecer una pareja –en sentido conyugal, y no de simple amistad– constituida por personas del mismo sexo es contraria a la ordenación observada en la naturaleza y a las tendencias espontáneas de individuos racionales que se han desarrollado normalmente desde el punto de vista orgánico y psicológico. Valga este breve inciso para esclarecer lo que considero un sano enfoque de estos temas.

 

Dejando claras las consideraciones precedentes, quisiera pasar al análisis de un conjunto de valores universales que aplican adecuadamente al amor esponsal rectamente vivido, esto es, entre un hombre y una mujer. En este sentido, y debido a la presencia de los antivalores de fondo que están presentes en el texto a utilizar, he considerado que este breve ensayo viene a ser un esfuerzo sincero por descubrir las luces contenidas en un discurso en el que existen también grandes sombras. Pienso que este intento se enmarca dentro de una apertura y libertad de espíritu que busca con deseo la verdad donde se encuentre, sabiéndola depurar de los errores que la rodean cuando ése es el caso. El modo en que realizaremos el análisis será bastante sencillo, pues citaremos textualmente algunos fragmentos y los comentaremos luego. Y aquí vamos.

 

Donde simplemente se dice que es bueno conceder sus favores a quien nos ama, esta indulgencia es una prueba de grosería.

 

Ciertamente, no siempre es bueno y conveniente corresponder a una persona que nos manifieste amor. No me refiero al amor de amistad, o al amor filial, sino al amor esponsal. En efecto, si una persona casada se encontrara con que alguien distinto de su cónyuge le promete un amor esponsal, no sería lícito ni conveniente corresponder a dicho amor. Más aún, esta indulgencia sería una grosería, pues so pretexto de corresponder a una persona que le promete amor, para no causarle tristeza, haría una tremenda injusticia a su cónyuge al faltar al amor que le debe; la misma injusticia ocurriría si el motivo de la correspondencia fuera una ilusión o enamoramiento, aunque se le quisiera calificar de “muy sincero y bueno”. Por ello, afirmaciones del tipo: en el amor se vale todo o el amor lo justifica todo, encierran un tremendo engaño y han sido ocasión para que muchos se aventuren a actuar de forma insensata, cayendo en errores que conducen a profundos desengaños y desilusiones luego de descubrir que han hecho un daño, quizá irreparable, a personas que realmente aman, todo por haberse dejado llevar por un entusiasmo pasajero.

 

Hay otra especie de servidumbre voluntaria, que no puede nunca ser reprendida y es aquella en la que el hombre se compromete en vista de la virtud.

 

Cuando una persona se somete al querer de otra porque le falta criterio propio para tomar las riendas de su vida, incurre en una forma de esclavitud respecto al otro, una servidumbre voluntaria que es digna de reprensión. Sin embargo, cuando no es la falta de personalidad lo que conduce al sometimiento de la propia voluntad al querer ajeno, sino más bien el deseo de agradar a otro que sabemos nos quiere bien y está empeñado –al igual que nosotros– en vivir las virtudes, que son hábitos operativos buenos, entonces se convierte en un verdadero ejercicio de la libertad. En efecto, el amor esponsal, bien sea en sus inicios (enamoramiento y/o noviazgo) o una vez establecido como tal (matrimonio), conduce a una polarización de los que se aman, pero no en el sentido de una dependencia enfermiza regida por la personal incapacidad de cada uno a decidir con su propio criterio, sino por una particular fuerza de voluntad que lleva a supeditar el propio querer a un bien más alto: agradar a la persona amada siempre que se trate de acciones moralmente buenas.

 

Llamo hombre vicioso al amante popular que ama el cuerpo más bien que el alma, porque su amor no puede tener duración, puesto que ama una cosa que no dura.

 

Comprometerse sobre la base de la virtud implica un empeño serio por buscar el bien en nuestro obrar. Pero… ¿es que acaso esta búsqueda de la virtud no pasa necesariamente por el reconocimiento de la supremacía de los bienes espirituales sobre los materiales y físicos? Evidentemente que sí; y no se trata –en lo absoluto– de una concepción maniquea sino más bien de una sana psicología que sabe dar a cada cosa su importancia. A la luz de estas consideraciones resulta claro que quienes basan su amor en el atractivo físico aman de manera imperfecta, y además efímera, pues la belleza física suele disminuir con el paso del tiempo. Ciertamente el atractivo físico ejerce una profunda influencia en nuestra apreciación inicial de una persona, pero luego debería quedar en un segundo plano, dejando paso a la valoración de lo más importante: la interioridad de la persona.

 

Es preciso amar con preferencia a los más generosos y más virtuosos, aunque sean menos bellos que los demás.

 

De acuerdo a lo que venimos diciendo, se tiene que es mejor amar a quienes son personas íntegras, que se empeñan por vivir las virtudes, antes que a aquellos que no luchan por adquirirlas. Nótese que he puesto como condición la lucha por vivir las virtudes y no su posesión, porque el problema no es tener vicios y defectos sino pactar con ellos. Todos tenemos defectos, pero sólo los que luchan contra ellos mejoran.

 

Por tanto, a los que se esfuerzan por adquirir virtudes hay que preferirlos antes que a los demás, incluso si físicamente son menos atractivos. No digo esto en sentido peyorativo hacia quienes no se empeñan en ser virtuosos, sino en el justo reconocimiento de un bien mayor en quienes tratan de practicar las virtudes respecto de aquellos que no lo hacen, sin olvidar que quienes no se esfuerzan por crecer en virtudes son también personas que tienen igual dignidad que las demás, y en muchas ocasiones viven así no por malicia sino por ignorancia, pues quizá nadie les ha dicho que deben mejorar o no les han enseñado cómo hacerlo.

 

Ninguno… de sus amigos dejaría de impedir que se envileciera… y se esforzarían por corregirlo.

 

Si uno notara que alguien a quien trata con frecuencia, o un amigo o aquella persona con quien deseamos formar una familia o con quien ya la tenemos, no se conduce con rectitud ni se esfuerza por adquirir las virtudes, es deber nuestro corregirlo [1]; pero no de cualquier modo, sino tomándolo a solas y señalándole con respeto y cariño aquello en lo que está obrando mal y sugerirle al menos uno de los posibles modos de enmendarse en ese punto. Es entonces cuando realmente amamos a esa persona, porque por una parte soportamos con paciencia sus defectos, pero por otra la ayudamos a superarlos.

 

Quizá alguno pregunte: ¿y cómo hacer entonces para evitar caer en la manipulación de las demás personas o ser manipulados por ellas? Le respondo que, para evitarlo, uno debe empezar por examinarse bien en cuanto a la motivación que tiene para corregir; ver si lo hace simplemente porque aquello le molesta a uno o porque objetivamente constituye algo que le hace mal al otro, con independencia de nuestro gusto personal. Además, será bueno también revisar la propia conducta a fondo, porque con frecuencia tenemos los mismos defectos que vemos en los demás; si ése fuera el caso debe igualmente hacerse la corrección, pero poniendo también empeño en corregir la propia conducta, siguiendo así el consejo de San Agustín: procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros [2].

 

Y en cuanto a las correcciones que los demás nos hagan, lo mejor es acogerlas con agradecimiento y examinar luego con calma, sin el apasionamiento y desconcierto momentáneos que siguen a toda corrección, para ver con sinceridad aquello que nos han dicho y proponernos puntos concretos de mejora.

 

El amante de un alma bella permanece fiel toda la vida, porque lo que ama es durable.

 

En efecto, cuando amamos a alguien por lo que es y no sólo por lo que tiene o por sus características físicas, somos capaces de permanecer fieles a ese amor. Un ejemplo que considero útil para ilustrar esto es el amor que tenemos a nuestros hermanos o a nuestros padres. A decir verdad, no nos importa mucho el que sean bien parecidos o feos, gordos o flacos, simplemente los amamos en sí mismos, por lo que son. Aunque el amor filial o fraterno no es exactamente igual al amor esponsal el ejemplo sigue siendo válido, pues cuando se ama al cónyuge en la integridad de su persona, dando más importancia a su interioridad, su pensamiento, sus principios y valores, entonces se es capaz de perseverar en el amor, aunque pasen los años y los caracteres físicos se marchiten.

 

Por esta razón es tan importante que el enamoramiento y el noviazgo sean periodos de intensa amistad, en el que la sinceridad, el sacrificio desinteresado por el otro y el respeto mutuo constituyan los cimientos de la relación, de modo que los enamorados y los novios lleguen a conocerse a fondo y amarse por lo que son realmente y no por otros motivos.

 

Es bello amar cuando la causa es la virtud.

 

La calidad de una relación amorosa (amistad, enamoramiento, noviazgo, matrimonio, etc.) depende del motivo en el que se funda dicha relación. De acuerdo con Aristóteles, sólo se ama por cualquiera de los siguientes motivos: lo bueno, lo placentero o lo útil [3]. Evidentemente, tanto el amor motivado por el placer como por la utilidad son efímeros y dignos de poca estima, pues en esos casos amamos a la otra persona no por lo que es sino por el gusto que nos proporciona o los bienes materiales que obtenemos de ella. En cambio, cuando se ama al otro por su bondad lo amamos en sí mismo, íntegramente, y este amor es de gran valía. Como es lógico, amar a alguien por su bondad es amar teniendo como causa la virtud. Por tanto, este amor es el más noble y excelso, y también el más seguro y firme de todos, pues su fundamento –la virtud– es estable [4].

 

El amor… es bello si se observan las reglas de la honestidad; y es feo si no se tienen en cuenta estas reglas.

 

Decir que alguna acción es bella equivale a decir que es buena; por otra parte, la palabra honestidad es sinónima de castidad o pureza. Así pues, la frase citada no hace sino revelarnos una gran verdad: sólo el amor humano vivido limpiamente, con pureza de corazón y de obras, es bueno. Por el contrario, aquellas relaciones presididas por la búsqueda del placer carecen de la bondad exigida por el amor mismo. En efecto, el verdadero amor consiste sobre todo en la entrega generosa de sí mismo [5], no en la búsqueda egoísta de compensaciones y placeres. Quien ama realmente desea el bien del otro por encima del propio bien, muestra de ello lo dan por excelencia las madres –como bien hizo notar Aristóteles [6]–, quienes gustosamente se sacrifican por sus hijos.

 

Es mejor amar a la vista de todo el mundo que amar en secreto.

 

Como consecuencia lógica de un amor limpio y fundamentado en la virtud, nos sentimos orgullosos de dar a conocer el amor que tenemos a otras personas, siempre con el debido respeto, discreción y modestia. Y ¿quién no reconocerá que cuando se actúa mal se siente vergüenza y no se desea que se conozcan los hechos? Cuando el “amor” que profesamos a otra persona debe permanecer oculto, hay algo allí que no está bien. En ese caso convendrá examinarse a fondo acerca de los motivos por los que se está actuando de ese modo. No se trata de que tengamos que revelar nuestros sentimientos a cualquiera y andar pregonando por doquier que estamos enamorados de una determinada persona, pero si incluso ante nuestros amigos y familiares sentimos la necesidad de ocultar nuestro amor a alguien, entonces hay que revisar el asunto seriamente.

 

[El amor crea] grandes corazones o amistades y relaciones vigorosas.

 

Hemos comentado algunas características que deben tener los amantes y el modo en que debe vivirse el amor humano, bien sea en la amistad, el enamoramiento, el noviazgo o el matrimonio. Pero aún cabría preguntarnos: ¿qué consecuencias traería amar de ese modo? ¿Cuáles son los frutos de los amores rectos, bien vividos? Ante estas cuestiones debemos responder que cada quien cosecha aquello que ha sembrado. Por tanto, quienes se esfuerzan por vivir las virtudes y amar sacrificadamente a los demás con olvido propio se hacen magnánimos, esto es, de corazón grande, capaces de amar a todos, también a aquellos que nos hayan hecho algún mal. Quienes viven así han entendido que el amor es la vocación fundamental del ser humano y, por ello, valoran profundamente su familia, su matrimonio, sus amistades y sus demás relaciones interpersonales; y cuando son ofendidas saben dar la mejor respuesta: el perdón, pues el odio y el rencor destruyen; el amor, en cambio, vivifica.

 

Que el Señor y la Santísima Virgen nos bendigan y acompañen siempre. Amén.

 

Bibliografía

 

[1] Cfr. Evangelio según San Mateo, 18, 15.

[2] San Agustín, Comentarios sobre los Salmos, 30, 2, 7.

[3] Aristóteles, Etica Nicomaquea, Libro VIII, Cap. II.

[4] Op. cit., Cap. III.

[5] Cfr. Rafael T. Caldera, Visión del Hombre. La Enseñanza de Juan Pablo II, Ediciones Centauro. Avila Arte, S. A. (1986). Segunda Edición, pp. 18-20.

[6] Cfr. Aristóteles, op. cit., Cap. VIII.

 

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