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Autora: Carmen Ruiz Enríquez. Doctora en Derecho.

 

 

No basta con educar en valores. Estamos llamados a educar en virtudes, al estilo de Jesucristo.

 

La apelación continua a la educación en valores me deja habitualmente bastante perpleja. Ya entiendo que esta expresión, educación en valores, que se utiliza con frecuencia en los idearios de colegios e instituciones educativas católicas, en grupos de formación y catequesis, en los programas políticos, sociológicos, pastorales, no tiene un significado único. Pero en cualquier caso me parecía y me parece que “le falta algo a esto de educar en valores”, y que no es ése el ideal educativo más completo de los católicos. Después de haber releído documentos del Magisterio y de las ciencias de la educación, después de haber hablado con personas con experiencia en este precioso campo, me atrevo a replicar, con el deseo de remover las conciencias de padres y educadores, que nosotros hemos de proponernos algo más que educar en valores. Al estilo de Jesucristo, estamos llamados a educar en virtudes.

 

El arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, predica insistentemente en homilías, conferencias y visitas pastorales que los niños y jóvenes necesitan recibir de sus padres, educadores, catequistas, un testimonio claro de las virtudes a las que están llamados para desarrollar la vida nueva recibida en el Bautismo. No hay que tener miedo a proponerles y a vivir ante ellos la generosidad, la castidad, la humildad, la obediencia, el perdón, la sobriedad y la alegría. Hemos de atender este llamamiento de nuestro arzobispo. En su Carta desde la fe publicada en LA VERDAD el pasado 24 de abril, bajo el título de Educar, tarea urgente, nuestro arzobispo subraya que “es muy posible que las deficiencias actuales de la educación sean una de las cosas más negativas de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia”. Estas deficiencias se originan ya en la familia, crecen en la escuela, se amplían en la vida social y se consolidan con las debilidades y las omisiones de la educación religiosa... para los cristianos, Jesucristo es el educador principal e indispensable... punto de partida de la más depurada educación... nos ofrece por su Iglesia lo mejor de la conciencia humana, su conocimiento verdadero y definitivo de Dios, su manera de acoger y tratar a las personas, su forma de entender y valorar el mundo en las circunstancias más variadas de la vida... y la manera de hacerlo correctamente en libertad y justicia, amor y misericordia”.

 

Hemos de educar como educaba Cristo, trabajar y rezar pidiendo para los niños y para nosotros, sus educadores, la gracia de convertirnos en verdaderos hijos de Dios, semejantes a Jesucristo en sus sentimientos, pensamientos y actuaciones. Eso es la educación en virtudes.

 

Pero ¿cuál es el problema? ¿Qué diferencia hay entre educar en valores y educar en virtudes? No hablamos de expresiones, sino del fondo del problema educativo el problema es grave, creo, pues la diferencia es abismal.

 

Diferencia en el contenido

 

La educación de toda la vida en nuestros países católicos, esto es, la educación en virtudes, sabía con certeza cuáles eran las virtudes a enseñar, pues éstas estaban inscritas en la naturaleza humana, y reafirmadas en el Evangelio, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. En nuestro Catecismo, en los números 1803-1832, se explica cada una de ellas: la fe, esperanza y caridad; la fortaleza, justicia, prudencia y templanza. Las virtudes son los hábitos, los modos de actuar contrarios a los pecados, a los vicios: humildad, generosidad, diligencia, sobriedad, paciencia, castidad. Además, las virtudes son perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo, que llevan a su perfección estas virtudes, haciendo a la persona dócil para seguir los impulsos de la gracia.

 

Esto de los valores, en cambio, tiene más matices, es más relativo, pues los valores cambian o pueden cambiar en función de las culturas, las épocas, las condiciones de las personas a quienes se han de transmitir. No es sencillo decidir qué valores enseñar; en muchos casos los valores son sólo algunos aspectos de las virtudes, aparentemente al margen de ellas: la solidaridad o la tolerancia son aplicaciones de la caridad y de la generosidad; el optimismo y la alegría son frutos de la esperanza, de la fe; la responsabilidad y la laboriosidad son concreciones de la caridad, de la diligencia. Pero no se habla de las antiguas virtudes, sino de los nuevos valores. A fin de cuentas, consciente o inconscientemente, reina el relativismo llevado a la educación. Y lo peor de todo: la educación en valores no llega a producir buenos resultados; al contrario, vemos aumentar de año en año los problemas derivados de una educación defectuosa en jóvenes y adultos -alcoholismo, drogadicción, vandalismo, fracaso escolar, violencia doméstica, etc.-. Se “salvan” sólo aquellos que reciben en su familia, o en otros ámbitos educativos, una educación en virtudes sólidas que contrarresta la debilidad y relatividad de la educación en valores.

 

Diferencia en los medios

 

La educación en valores no necesita a Dios para nada. Puede ser adoptada por colegios católicos, budistas o musulmanes, por la UNESCO y la UNICEF, por educadores ateos, por familias integradas o desestructuradas, por programas políticos de todos los partidos, de ultraderecha, democristianos, socialistas, ecologistas. Cierto es que en los idearios de los colegios católicos los valores suelen referirse a los valores evangélicos, a Cristo, a la Iglesia. Pero en sí misma, la expresión educación en valores proviene más bien de un sincretismo ateo o panteísta, que, por otra parte, encuentra muy difícil aplicación, como vemos por sus frutos.

 

En cambio la educación en virtudes tiene en cuenta la primacía de la gracia, la libertad del hombre, su verdad antropológica de criatura dependiente de Dios, caída y redimida por Cristo. Y los medios para lograr educar en virtudes a niños, jóvenes y adultos son los de siempre: oración, sacramentos, ejercicio de virtudes. La sinergia de la gracia de Dios y la libertad del hombre. Estos medios sí han producido frutos buenos: los santos son la prueba de que la educación en virtudes funciona. Que se lo digan a los pueblos evangelizados por Fray Juan de Zumárraga o por San Francisco Javier, a los discípulos de San Juan de Ávila o de Santa Micaela del Santísimo Sacramento, a los alumnos de San Juan Bosco o de Santa Edith Stein, a los feligreses del San Juan María Vianney o de San Pío X.

 

En realidad, a mi juicio, muchos de los educadores que hablan de educar en valores en realidad están a favor de la educación en virtudes. Pero ¿por qué no lo dicen?, ¿por qué se apuntan a la moda de la educación en valores? No se trata sólo del desarrollo humano de los valores que hoy estén en boga. Aspiramos el desarrollo del hombre nuevo nacido en el bautismo, hasta la plenitud de las virtudes cristianas. Santo Tomás afirma que la educación cristiana es la “promoción y conducción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud”.

 

Esa es la cuestión de fondo, entender y aceptar que en la obra educativa se busca la formación en virtudes. Sólo de ese modo, niños, jóvenes y adultos encontrarán facilidad para llevar una vida moralmente buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos que le impiden la consecución del bien. (Cf. Antonio Amado, La educación cristiana, Ed. Balmes, Barcelona 1999, pp. 100 y siguientes).

 

Juan Pablo II, en el discurso sobre la educación católica de 30 de mayo de 1998 que reproducía el dossier de LA VERDAD al que antes me refería, explicaba que “como otras instituciones educativas, las escuelas católicas transmiten conocimientos y promueven el desarrollo humano de sus estudiantes. Sin embargo, como subraya el Concilio, la escuela católica hace algo más. Su nota característica es crear un ámbito de comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y amor, ayudar a los adolescentes a que, al mismo tiempo que se desarrolla su propia persona, crezcan según la nueva criatura en que por el bautismo se han convertido... cada disciplina no presenta sólo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar y verdades por descubrir”.

 

De aquí la identificación expresa que, con esperanza y alegría, vemos en algunos idearios de instituciones católicas. Esta identificación supone, a mi modo de ver, que tanto el conocimiento de estos valores-virtudes, como su adquisición, van a ser llevados a cabo contando con los medios precisos para ello: la lectura del evangelio y la recepción de la gracia de Dios por la práctica de los sacramentos, el ejemplo de padres y maestros y el conocimiento de los ejemplos de los santos, el estímulo y la corrección con la verdad y la caridad por delante, el cuidado de cada persona y la perseverancia en este objetivo de formar niños, jóvenes y adultos católicos. Un ejemplo:

 

“Educar en valores es educar en virtudes. El valor es lo que se descubre como valioso y pide simplemente ser descubierto y contemplado. Sin embargo, la virtud exige su realización por parte del sujeto. No basta contemplarlo: hay que conseguirlo. La frase educar en valores esquiva la tarea más dura. El término virtud expresa con claridad el sentido educativo, dinámico, de esas realidades valiosas, es decir, la necesidad de intervenir activamente para que se produzcan en nosotros... para que esta transmisión de valores-virtudes cale en el alumnado, antes tiene que asimilarla el profesorado y en primer lugar los padres... el proyecto educativo señala los siguientes: orden, sinceridad, decoro, libertad, trabajo bien hecho, fortaleza, generosidad, hábitos cívico-sociales, respeto, tolerancia, solidaridad, educación sexual, religiosidad, alegría” (Ideario Colegio Irabia, III).

 

En el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios. Educar en valores es muy difícil, porque se apoya básicamente en las capacidades intelectuales y volitivas del niño-joven-adulto dejados solos. Sin Dios, en definitiva. Pero es que sin Dios no hay modo de conocer y practicar esos valores. ¿Por qué voy yo a ser solidario con quienes poseen menos riquezas que yo? Sólo seré solidario-caritativo con ellos si les reconozco como hermanos e hijos del mismo Padre y por ello cultivo la caridad y la paciencia. ¿Y cómo voy a ser ordenado en casa y responsable en el colegio si no soy advertido y ayudado a superar el egoísmo y la pereza? ¿Y cómo se consigue esto sin la gracia que me llega del sacramento de la Penitencia, de oración en que pida a Dios que me dé un corazón manso y humilde como el suyo, del trabajo de padres, maestros, educadores que me escuchen, me hagan pensar, me exijan con paciencia y perseverancia, me presenten a Jesucristo, la Virgen María y los santos como modelos de vida? Con Dios, iluminados por la fe y movidos por la caridad, es posible. Educar en virtudes es mucho más sencillo, pues es educar según la naturaleza verdadera del hombre, y con la gracia de Dios, y “para Dios nada hay imposible”.

 

Con Dios o sin Dios

 

Déjenme terminar el tema con un tercer artículo. En el segundo dejé escrito: “en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios”. Parece duro, pero así es. Sólo así llegamos al fondo del tema. Normalmente quienes hoy hablan de “educar en valores” no mencionan a Dios, ni a Cristo Salvador, ni al pecado original, que trae al hombre tan atontado y debilitado, ni a la necesidad de la gracia para poder conocer los verdaderos valores y, más aún, para poder vivirlos. Pero todo eso no es más que la manifestación actual de la vieja y perpetua herejía del pelagianismo, del voluntarismo puro y duro, del naturalismo, de la herejía que más daña hoy al pueblo cristiano. Aunque por la educación se llegue a transmitir el conocimiento de los verdaderos valores, cosa harto dudosa, ¿con eso ya está hecho todo? ¿Cómo podrá el niño, el joven, el adulto vivir esos valores sin la gracia de Cristo, es decir, sin las virtudes?

 

Desde luego, no parece otra cosa que un voluntarismo ciego predicar los valores morales que enseñó Cristo, como la verdad, la libertad, la justicia, la solidaridad, la paz, sin afirmar que Cristo Salvador es el único que hace posible vivir por su Espíritu Santo éstos y todos los demás valores. Pues bien, ¡al menos los católicos vinculemos siempre valores y virtudes!

 

Los cristianos hemos de afirmar, como lo hicieron los apóstoles, como lo han hecho todos los santos, que Cristo mismo es la verdad (Jn 14,6), de modo que sin Él lo más que podemos hacer es perdernos en los errores que el Padre de la mentira extiende como puede, en todas las épocas de la historia, y en todos los lugares del mundo. Los cristianos tenemos que reiterar una y otra vez que sólo Cristo nos da la libertad (Gál 5,1) y la justicia que procede de Dios (Flp 3,9). Los cristianos creemos y debemos anunciar aquí y ahora que la solidaridad, el respeto y la colaboración sólo son realidades cuando recibimos de Cristo el don de la caridad, el Espíritu Santo (Rm 5,5). Los cristianos hemos de saber y proclamar que solamente Cristo es nuestra paz (Ef 2,14) (Cf. José María Iraburu, Sacralidad y secularización, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1996, pp. 35-36).

 

El beato Papa Juan XXIII lo expresaba con gran sencillez: “Cristo radiante siempre en el centro de la historia y de la vida. Los hombres están con Él y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin Él o contra Él y deliberadamente contra su Iglesia, con la consiguiente confusión y aspereza en las relaciones humanas y con persistentes peligros de guerras fratricidas” (Discurso apertura Concilio Vaticano II, 11-10-1962).

 

En estos dos siglos pasados hemos conocido los desastres humanos y sociales derivados de los sucesivos regímenes fundamentados en el voluntarismo, empeñados en conseguir personas y sociedades perfectas sin apoyarse en Dios -liberalismo, comunismo, fascismo, nazismo-. Pablo VI acudía a la gran fuerza de persuasión que es la experiencia: “por sus frutos los conoceréis”, reclamando que los proyectos personales, familiares, políticos y sociales necesitan a Cristo Salvador: “sin Mí no podéis hacer nada”.

 

“Sería suficiente una simple reflexión sobre la experiencia histórica de ayer y de hoy para convenceros de que las virtudes humanas desarrolladas sin el carisma cristiano pueden degenerar en los vicios que las contradicen. El hombre que se hace gigante sin la animación espiritual, cristiana, se derrumba por su propio peso. Carece de la fuerza moral que le hace hombre de verdad, carece de la capacidad de juzgar acerca de la jerarquía de valores, carece de razones trascendentales que motiven de modo estable estas virtudes y carece, en definitiva, de la verdadera conciencia de sí mismo, de la vida, de sus porqués y de su destino (Discurso de Navidad, 1969).

 

Un ejemplo real, de entre tantos “experimentos”, lo encontramos en el ambicioso programa Living Values, an educational program, propuesto por la UNICEF y la UNESCO, y que ofrece en: http://www.livingvalues.net material para padres, maestros y otros formadores, en todos los continentes. Este programa para Vivir los Valores, en principio, parece responder a unos propósitos buenos: proporcionar “principios guía y herramientas para el desarrollo integral de la persona, reconociendo su dimensión física, intelectual, emocional y espiritual”, “una educación mundial basada en los valores, tanto en los países en vías de desarrollo como en los desarrollados”. Pero es imposible que logren tan anhelados deseos, pese a todos los medios humanos que a su alcance pongan, sin Dios.

 

Para educar en la caridad y en todas las virtudes-valores surgen y perseveran iniciativas que utilizan también todos los medios de comunicación puestos a nuestro alcance por el Señor.

 

Vuelvo al punto de partida: “en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios”. ¿Qué puede hacer realmente el hombre sin Cristo Salvador? ¿Cómo puede superar la miseria del pecado que, desde que nace, marca su alma y su cuerpo?

 

Recordemos aquella meditación de Ovidio, poeta latino del siglo I, que le llevaba a un callejón sin salida conocida: “video meliora, proboque, sed deteriora sequor” (Metamorfosis VII, 19). Veo lo mejor, conozco los valores, los apruebo, pero luego hago lo peor. ¿Puede el hombre, en esas condiciones, que son perennes y universales, salvarse a sí mismo? ¿Hay salvación sin Dios?

 

Esa misma experiencia humana verdadera, expresada por el pagano Ovidio, la hallamos en el Apóstol judío San Pablo: “no sé lo que hago: el bien que aprecio no lo hago, y hago el mal que aborrezco... Es el pecado que mora en mí“ (Cf. Rom 7,15-17) (Nota: confieso humildemente que no conozco los textos de Ovidio. El que he citado aparece en el comentario de Rom 7 en BAC 211, pg. 240).

 

Esta verdad es lo que no puede olvidar ningún programa que pretenda educar, educar para la convivencia, educar en armonía interior, educar en valores o educar en virtudes. No se olvide nunca que existe el pecado original, y que para conseguir que en la vida personal, familiar y social reinen estos valores-virtudes se ha de contar con Cristo salvador. No se olvide nunca, ni intelectual ni prácticamente, lo que afirmaba el Vaticano II: “el hombre debe combatir continuamente contra los poderes de las tinieblas, para adherirse al bien, y sólo con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (Cf. Gaudium et Spes 37,2).

 

O lo que Juan Pablo II afirmaba con rotundidad: “El hombre, creado para la libertad, lleva dentro de sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico, en cuanto ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del mal. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres. Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que hace imposible el mal, que puede construir el paraíso en este mundo, el hombre trata de suplantar a Dios. Gracias al sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del Reino de Dios ha sido conquistada de una vez para siempre; sin embargo, la condición cristiana exige la lucha contra las tentaciones y las fuerzas del mal” (Cf. Centessimus Annus, 25).

 

Ciertamente nuestra sociedad sufre muchos males -guerras fratricidas, injusticia social, fracaso escolar, familias rotas, violencia en las calles y en las casas, corrupción política o judicial-. Pero no podrá superar esos males terribles si no se vuelve a predicar en todos los ámbitos educativos la necesidad de las virtudes, la existencia del pecado original, y sobre todo la presencia salvadora junto a nosotros de Jesucristo, "camino, verdad y vida".

 

Artículo tomado y adaptado de Catholic.net. El original puede ser visto aquí. Copyright © Catholic.net Inc.

 

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